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Posts Tagged ‘Peret’

Artículo publicado por Wadi As Información en el número especial cultural de 2015

¡Alegría! Con esta palabra empieza Peret su “Canta y sé feliz”, canción cuyo título resume lo que sus estrofas desgranan, esto es, su idea de lo que debe ser vivir, y que bien podría contener también en sus rimas “pues vete a la feria”, ya que ésta es una ocasión inmejorable para soltarse un poquito y dejarse llevar por el ánimo festivo de estos días de asueto.

¡Alegría! Y alborozo en las casas donde hay niños pequeños, que acogen con ilusión cualquier plan que se salga de lo normal, ya sea ir a los talleres infantiles o a los inflables, o mercarse uno de esos globos grandes. Y lleno de orgullo confiesa sentirse el pregonero por haber sido elegido para inaugurar las fiestas, así como los galardonados con los Premios Tótem al ver reconocida su labor por y para Guadix. Histriónicos son los cabezudos; hilarantes, las carocas. ¡Qué distinto luce todo cuando encienden las bombillas del alumbrado especial, los farolillos de las casetas, la iluminación llamativa de las atracciones! ¡Alegría!

Que sí, mujer, que ya bastante hay que aguantar durante el año como pa’ no distraerse echando un ratico feria. Que no, hombre, que no, que por un trozo de morcilla, una zapatilla de jamón o un trago de vino no se te va a disparar ni el colesterol ni la tensión ni na’ de na’. Que estamos vivos, ¡caramba!, que no es poco, y que de vez en cuando hay que reparar en ello y festejarlo y darle una alegría al cuerpo y un descanso al alma.

No es cuestión de hacerse el gracioso ni de fingir euforia ni de cumplir con la obligación de tener que pasárselo bien. Oye, que si la feria no te gusta ni una miaja,  pues na’,  ya ‘ta. Pero, digo yo, que igual podríamos aparcar el cenizo por unos días y echarnos por lo alto, además del mantón bordao, unas gotitas de energía positiva. Lo suyo sería aprovechar el subidón festivo para prolongar en el tiempo esta inyección de optimismo y que tuviéramos ese ánimo de feria todo el año. Que los disgustos ya vienen solos como pa’ amargarse motu proprio. Nooooooo sirve de na’, como dice también Peret en la rumbilla a la que me refiero.

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Agarrémonos, pues, a los momentos de felicidad de la vida. Ahora se nos presenta la feria, ¡exprimámosla! Hoy me ha dado por ver el vaso medio lleno y sólo se me ocurren cosas buenas cuando pienso en la feria. ¡Qué le voy a hacer!

La feria son los ratos con la pandilla, ya se lleve o no “uniforme”, a saber, camisetas, sombreros, pañuelos al cuello que la diferencien de otras. La feria es el júbilo con el que tu hijo celebra la propina que le da la abuela para los caballicos, el vigor con el que salta en las colchonetas, la satisfacción que refleja su cara cuando sostiene un algodón de azúcar más grande que él. La feria es el entusiasmo con el que los mayores relatan aquellos tiempos en los que pisar el ferial era todo un acontecimiento, pues era algo limitado a un par de noches a lo sumo y, por tanto, se vivían con tal intensidad que los recuerdos que de ellas tienen son tan nítidos, nos hablan de ello con tanto sentimiento que casi podemos tocar el caballo de cartón que ponían a la entrada del parque pa’ que los niños se subieran en él y se hicieran “la foto” de la feria, que casi creemos tener enfrente esos enseres de cobre colorao pillados en las sábanas de lienzo moreno con las que se montaban los chambaos de los antiguos bodegones.

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La feria es la tranquilidad de que sigue habiendo cosas que no cambian de una feria pa’ otra: sigue habiendo pública de las fiestas para recibirla y castillo de fuegos artificiales para despedirla, se siguen vendiendo turrones y frutas escarchadas en puestecillos de dulcería tradicional y programando certámenes de pintura, competiciones deportivas, funciones teatrales, conciertos.

La feria es el desenfado de las charangas. La feria son las sonrisas que nos dejan en el rostro las carocas y su tragicómico humor. La feria son las risas mientras ves cómo el chistoso del grupo vuelve a errar el tiro al palillo, mismo que ya ha intentado, con igual mal tino, impresionar a la concurrencia golpeando el guante de boxeo. La feria es la expectación ante las papeletas de la tómbola y la dicha del ganador de la cafetera, del peluche. La feria es el regocijo de ver en torno a la mesa de los churros reunida a la familia dispersa durante el resto del año por esos mundos de Dios. La feria es la salud que se desea para que el año que viene estemos los mismos –o más-. Carcajadas a granel. Volantes a discreción. Bromas a demanda. Todo esto es la feria. Bueno, esto y lo que tú quieras. Porque la feria no es sólo lo que programa el Ayuntamiento ni lo que proponen los caseteros o los feriantes. La feria la hace uno a su medida; la chispa que prende la fiesta va a cuenta nuestra. No nos engañemos. Por muy diversas actividades que haya, si no ponemos de nuestra parte, no hay tutía. Tampoco hay que devanarse mucho los sesos. Para algunos la feria se reducirá a correrse la juerga padre. A otros les valdrá con echarse un baile en la verbena o con darse un paseíco por el ferial saliendo cenados de casa. Para algunos la feria consistirá en alternar del primer al último día. Para otros la feria habrá merecido la pena por tan sólo una mirada, una canción, un instante. Pero para unos y otros la feria se ofrece como uno de esos respiros que necesitamos intercalar en la batalla diaria. Tenemos que sacarle lustre a la vida y darnos de vez en cuando estos homenajes para cuerpo y alma. Con buena disposición, la diversión está asegurada.

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Hay que contagiarse de la energía de los críos, para los que nunca son suficientes los viajes en los cacharros. Con humor y filosofía nos tenemos que tomar las esperas a la caza del camarero –sobre todo cuando las casetas están a tope- o del columpio libre en la atracción que sea que esté de moda. Con emoción nos arrodillaremos cuando el Cascamorras tremole la bandera en el puente del Río Verde durante el acto de despedida antes de partir rumbo a Baza. Con ganas cogeremos la feria, ¡di que sí!, aunque al final también haya ganas de que se pase y Guadix vuelva a su rutina.

¡Venga, hombre, que sí, que ya te tengo casi convencido! Venga, encerremos la malafollá bajo siete llaves y vayamos directos a la feria. Venga, estrujemos el presente y, si lo hacemos en compañía, mejor que mejor: disfrutemos del pinchito tomado junto al vecino, con el cartoncillo de bingo jugado a pachas con el colega, del pollo compartido con el primo, del cucurucho de papafritas a medias con el abuelo, del vino –con barquillo- bebido con el cuñao.

¡Venga, mujer, que sí, que ya te tengo casi convencida! Es inevitable acordarse de aquellas ferias vividas junto a quienes ya no están con nosotros. Pero la nostalgia no tiene por qué empañar el espíritu festivo. Los recuerdos no tienen por qué dejar un poso triste.

¡Venga, accitanas, accitanos! Colguemos por un rato el cartel de “cerrado por disfrute” y vámonos pa’ la feria. ¡Alegría!

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