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Posts Tagged ‘perros’

Artículo publicado en Wadi As en su edición del 27 de junio de 2015

Escribo estas líneas con mi perra Mati en mi regazo. No es cosa sencilla teclear mientras sostengo una bulldog de trece kilos sobre mis piernas, pero ambas salimos beneficiadas de tenernos cerca en este preciso –y precioso- momento. Yo, porque acariciar su lomo me relaja y estar descansada mentalmente me ayuda a poner en orden las ideas que hoy quiero compartir. Ella, porque anda tristona y, cuando esto pasa, lo que mejor le sienta es recibir cariño extra. Sí, los perros también se deprimen. Y es que son muy como nosotros, al menos en cuanto a esto de las emociones. Y digo más, son en muchas ocasiones dignos maestros de los que mucho se aprende. Los que tenemos perros bien sabemos que estos cuatro patas son mejores que muchos bípedos que se hacen llamar personas. De nobleza, lealtad y falta de rencor están sobrados. Pisadles por error el rabo, que no os echarán la boca. Ponedles mala cara tras alguna de sus trastadas, que más pronto que tarde sus ojos se tornarán brillantes, como a punto de  llorar. Tardad en regresar a casa que, lejos de pediros cuentas y reprocharos vuestra larga ausencia, os harán un recibimiento de categoría, como si no os hubieran visto en años.

Cuán intenso es el vínculo que nos une a ellos. Tal, que es lógico y normal que nos horrorice leer noticias como la que nos llega desde el sur de China, donde no encuentran mejor manera de festejar la entrada del verano que comiendo carne de perro hasta hartarse. Por lo visto son tantísimos los ejemplares que se zampan, que las granjas donde los crían no son suficientes y recurren incluso a sacrificar perros callejeros o secuestrar aquellos que viven con familias. Se me antoja verdad que se llevan a mi Matildilla o a mi Yoda, mi otro perro, un carlino donjuán sin parangón entre los de su raza. Las imágenes que acompañan el texto son espeluznantes. Sobrecoge una en especial en la que se ven perros despellejados apilados junto a grandes calderos. No puedo evitar abrazar fuerte a mi perrilla. Ella, encantada con el mimo recibido, se me apega aún más, vuelve la cabecita y me mira como diciendo, “qué estará pensando ésta que me achucha con tanto afán”. Pobre… mejor que no lo sepa, mejor que viva feliz en la ignorancia. Pero esto, que causa estupor sea uno mascotero o no, no ha sido lo único recogido en la prensa semanal que ha desatado mi fervor protector para con los perros. Resulta que hay quien ha intentado ahogar unos cachorros en alquitrán. Resulta que hay quien ha transportado heroína en perritos. Y resulta –este es el “resulta” más inquietante, porque es el más generalizado- que tanto perreras municipales como asociaciones están desbordadas por el aumento de abandonos de mascotas y por el parón que han sufrido las adopciones de esos animales, debido a la crisis.

Si queremos que este asunto deje de ser tema recurrente en las páginas de verano, pues es la estación estival una de las épocas del año en que más mascotas son abandonadas, los que somos perreros y/o gateros podemos ser de gran ayuda, por ejemplo, disuadiendo a aquellos amigos y conocidos que dicen van a comprarse o a regalar un perrico o un gatico pero que no lo tienen muy claro. Nos basta con mirar a nuestras mascotas a los ojos para esgrimir ese “ellos no lo harían” definitivo con el que terminar de convencer a los indecisos de que aborten su plan, de que van a tomar una decisión de la que seguro se arrepentirían en un futuro, y explicarles bien claro que, pasado el entusiasmo inicial, llega el día a día y éste no es siempre sencillo. Un perro no es un peluche. Precisa unos cuidados y comporta unas responsabilidades. Tener mascota condiciona la elección del destino de vacaciones y hasta de los muebles del salón, supone un gasto considerable en veterinarios y productos especializados y altera el ritmo y funcionamiento de la casa –en esto entra lo de los paseos diarios a los perros-. Quienes ejercemos como mascoteros practicantes, que nos ponemos más fácilmente en la piel de nuestros pequeños peludos, bien podemos hacer campaña por una tenencia responsable.

"Nos basta con mirar a nuestras mascotas a los ojos para esgrimir ese “ellos no lo harían” definitivo con el que terminar de convencer a los indecisos de que aborten su plan"

“Nos basta con mirar a nuestras mascotas a los ojos para esgrimir ese “ellos no lo harían” definitivo con el que terminar de convencer a los indecisos de que aborten su plan”

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Publicado en Wadi As en su edición del 6 de julio de 2012

 

Con el verano llegan los incendios, por desgracia. Y el calorín, los mosquitos y las medusicas que gafan los pocos días de descanso playero que el bolsillo más afortunado puede pagar. Acuden al paso, más bien, lo impiden, los atascos ya da igual a las puertas de qué ciudad; pues se espera que tales concentraciones de tráfico se registren a la entrada y salida de las metrópolis o en zonas costeras masificadas, pero van tan lenticas las obras en las carreteras, van tan rapidicos algunos coches -que, con sus continuos cambios de carril, entorpecen la conducción-, que hasta para acceder a la más remota villa uno se las ve y se las desea. Pero hay también otros hechos, muy propios de estas fechas, que no por no obtener grandes titulares en prensa, dejan de merecer importancia. Para muchos los perros, esos peluches animados dispuestos 24-horas a agradar al dueño, sobran en verano. Estos que en Navidades llegaron como regalo con lacito rojo, se convierten en una molestia cuando toca decidir destino de vacaciones y, ¡claro!, ellos no encajan en el plan de viaje. El abandono, ya sea en un parque lejos de la casa, en la cuneta, en una gasolinera, en un campo cualquiera, es la opción para quienes el calentón del capricho de mascota ha trocado en incapacidad para asumir la responsabilidad de cuidarla. Esto no es una leyenda urbana ni un incidente puntual. Basta informarse en cualquier sociedad protectora de animales para saber sobre el incremento en estos meses de sobre todo perros dejados a su suerte por sus “familias humanas”. Me cuesta creer que haya razones para ello, pues siempre existen soluciones posibles antes que el portazo, cualquier vía antes que romper ese vínculo de lealtad amo-perro que se forma desde el primer intercambio de miradas, la primera caricia, la primera foto, la primera directriz enseñada/aprendida, el primer juguetito mordisqueado, la primera correa, el primer paseo, la primera consulta del veterinario, el primer encuentro con otros perros, la primera pirueta, la primera visita a urgencias a las tantas de la noche, el primer cumpleaños… hay tantos primeros momentos con ellos vividos, unos buenos y otros no tanto, pero todos intensos, imposibles de pasar desapercibidos, que en principio deberían bastar para fraguar esa unión que, en teoría, tendría que ser suficiente para aguantar las pejigueras que conlleva tener perro. Claro que cuando hay intereses por encima de ese llámenlo cariño, apego, simpatía, respeto, pues nada de lo anterior tiene valor y poco de lo que venga después tendrá sentido. Dudo poder llegar con estas palabras a quienes nunca han convivido con un perro, pero a los que sí habéis disfrutado/ disfrutáis de este cariño, apego, simpatía, respeto por ellos, pensad en lo importantes que sois a la hora de dar un consejo a tiempo a quien duda en hacerse con uno, porque quizás ayudar a tomar conciencia de los pros y contras en el instante preciso, pueda evitar tan tristes desenlaces para los mejores amigos del ser humano.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 20 de abril de 2012

 

Tómense, mis queridos paisanos, este relato no como muestra del “todo vale” que rige hoy día cualquier tema, sino más bien como signo de la grandeza de las pequeñas, sencillas cosas que suceden a nuestro alrededor y que encierran, sin embargo, un rico e inmenso “esto y todo lo contrario”. El que algo pueda ser blanco y negro a la vez, que pueda reunir en sí la esencia de tan antagónicas posiciones, no pretendo venga a encrespar las ya turbulentas aguas en las que navegamos en estos tiempos modernos, donde la regla es que no hay reglas. No voy por ahí, sino más bien al encuentro de esa vida corriente que nos empeñamos en adornar con problemas prefabricados para darle un toque de sofisticación. Ese juego que nos entretiene de “buenos” (los míos) vs. “malos” (esos/aquellos), simplón y todo lo que queráis, pero muy arraigado en nuestra manera de juzgar lo que nos pasa, no se debería en verdad poder aplicar casi nunca porque, si nos paramos a pensar, hasta la más nimia situación, la más intrascendente vivencia es difícil de definir con una única palabra, bajo un mismo cartelito.

 

Como ejemplo, sirva lo que me encontré el otro día de camino al veterinario. Cuando paseo con los perros, voy más pendiente del suelo que de otro asunto, por lo que me fue relativamente fácil detectar una extraña presencia en el aspecto habitual de la acera berlinesa: en cacas de perro secas alguien había hincado banderitas, cada cual con un mensaje distinto escrito a mano y siguiendo un diseño diferente, pero todas con la sola intención de denunciar la desidia de algunos dueños para con los excrementos de sus mascotas. ¿Tendríamos que reconocerle al autor el mérito de expresar su queja de una forma creativa? ¿O debería preocuparnos el hecho de que haya personas con tanto tiempo libre como para reparar en si en los parterres han defecado perros o no? Pues no lo sé, porque me lleva a la vez hacia ambos planteamientos.

 

Uno de los carteles reivindicativos. "Berlin, Kack Stadt" ("Berlín, ciudad de caca")

 

 

Tampoco tengo claro si ruborizarme y/o si acaso sentir ternura y/o tal vez ir barajando cambiar de distrito por miedo a una inminente cadena de asesinatos, ante la experiencia a pie de calle que ahora os cuento. Estaba paseando por el barrio, cuando no pude sino frenar en seco para contemplar con detenimiento la decoración de un jardín. ¿Que por qué me sorprendió, cuando otros tantos también estaban engalanados, como es típico en época de Pascua? La pregunta es más bien: ¿cómo evitar no fijarse? No sólo era por las recargadas casitas para pájaros que bordeaban la superficie de césped disponible o por la barbaridad de figuras, de todo tipo y tamaño, que atiborraban tan limitado espacio, sino por la organización de todos estos elementos: delante de una especie de pesebre de madera lleno de peluches, había otros tantos alineados mirando al frente, junto a más muñecos y estatuillas cerámicas. ¿Entrañable o diabólico? ¿Y por qué no las dos cosas? Berlín, Berlín, ¡cuánto aprendo de ti!

 

Jardín adornado con motivo de la Pascua

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 28 de octubre de 2011

Da tanto calor como una manta eléctrica o una bolsa de agua caliente. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, duerme acurrucada en mi regazo. El leve aporreo de las teclas del portátil le sirve de nana con la que echar la enésima cabezada del día. Mi bulldog francesa, Mati, es más suave que los mejores peluches. Es de pelo corto y blanco, aunque el morro y parte de sus orejas están moteados de manchitas negras. Es muy pequeña para como suelen ser los de su raza y bastante friolera. Quizás sea porque Mati tuvo problemas en sus primeros días de vida. La Guardia Civil la rescató de un criadero ilegal en el que estaba hacinada junto a otros tantos perros. Al final consiguió sobrevivir. Otros no corrieron tanta suerte. De la perrera nos la dieron enfermita y debilucha, pero con nuestro cariño poco a poco fue cogiendo salud y fuerzas. Aquellos primeros momentos en casa fueron difíciles no sólo para ella o para nosotros. Nuestro otro perro, Yoda, un carlino de año y medio entonces, la veía como una intrusa que iba a ocupar su trono de principito perruno.

Primer día de Mati en casa

Pero el tiempo fue haciendo que la fuese considerando como una más de la manada, hasta el  punto de que es rara la treta que Yoda no emprenda sin la colaboración de Mati. Hace poco descubrimos que esa especial camaradería que existe entre ambos se fragua desde la necesidad: Mati es sorda y tiene a Yoda como su lazarillo. Ahora entendemos por qué nunca acudía cuando la llamábamos o por qué ofrecía tanta resistencia a nuestras órdenes. Tremendamente sensible a los reflejos y a los movimientos, con un olfato capaz de despertarla cuando hay pienso o comida cerca, no distingue, sin embargo, sonido alguno. Le basta con estar pendiente de las reacciones de Yoda para actuar en consecuencia. El vínculo, pues, que ha entablado con nuestro carlino –trastadas compartidas aparte- conmueve sobremanera, por atisbarse cierto cariz humano donde en verdad hay mucho de instinto.

Yoda y Mati

Una historia de rasgos similares que está de actualidad en estos días, sobre un perro que sirve de guía para otro que está ciego, me devuelve a ese mismo planteamiento que suelo hacerme cuando reparo en el comportamiento de Mati a través de Yoda, y es que quizás lo que nos falla a los bípedos reinantes en la cima de la escala evolutiva tal vez sea ese componente instintivo de miembros de un todo. Tenemos demasiado de individuos alfa y poco de esto otro. Y si nos gusta saber de estas historietas es porque echamos en falta en el trato con nuestros semejantes elementos como la empatía, la comprensión o la piedad, por ejemplo, y nos alegra en el fondo pensar que, si estos perros han sacado de su repertorio instintivo ese modo de proceder, por qué no vamos a poder nosotros reinstaurar en nuestro día a día esta otra colección de valores, netamente humanos, que nos mantienen unidos a la realidad a través de los demás.

 

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