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Artículo publicado en el cuadernillo editado por la Hermandad accitana de la Virgen de la Piedad con motivo del Cascamorras en su 525 aniversario

¿Que qué podemos hacer cada uno de nosotros por la fiesta del Cascamorras? Lo primero y más importante, tenemos que apostar por ella con total convencimiento. En trámites para ser considerada como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, está ya reconocida como fiesta de interés turístico andaluz, nacional e internacional, pero que sea tan conocida a nivel mundial como otros festejos patrios –Sanfermines, Fallas…- corre por nuestra cuenta. Es cuestión de fe, de nuestra fe, y ésta no puede ser una fe pasiva, la de quien espera que sean siempre otros, ya sea la Hermandad de la Virgen de la Piedad, los ayuntamientos de Guadix y Baza, la Diputación, la Junta, etc., los que hagan algo por la fiesta. Cascamorras nos necesita, a mí, a ti, ¡eh, tú!, sí, también a ti. Cascamorras necesita que profesemos una fe viva, activa, proactiva, esa que alienta actuaciones no importa cuál sea su dificultad, no importa cuánto esfuerzo comporten, la fe en el sentido de creer en el potencial de la fiesta.

Tenemos varios ejemplos de cómo con la puesta en práctica de esta virtud se consiguen las cosas. La Hermandad accitana de la Virgen de la Piedad no ha dejado de creer en el proyecto cascamorrero. No ha parado un momento de idear y buscar nuevas formas de promocionarla y de asegurar una transmisión sólida de tan antiquísima tradición a futuras generaciones, como que el Cascamorras visite colegios y escuelas municipales de verano, con el Cascamorras infantil o el mismo hecho de proponer la fiesta para las diferentes catalogaciones logradas y la que se espera de la Unesco. Nada les ha frenado. Esa fe a la que me refiero es la fuente de energía que les hace sobreponerse a las adversidades y cumplir objetivos que parecían inalcanzables en un inicio, convencimiento también presente en el ánimo de quienes, año tras año, han encarnado la figura del Cascamorras, dando lo mejor de sí para lucimiento de la fiesta no sólo los días de las carreras –el 6 de septiembre en Baza, el 9 en Guadix-, sino estando a disposición de la Hermandad siempre que ha necesitado algo de ellos.

Con los premios que la Hermandad entrega en las galas de presentación del Cascamorras, se reconoce la labor que las personas y organizaciones galardonadas han hecho/hacen en favor de la fiesta. Ellos, por tanto, representan a la perfección qué significa el sentir cascamorrero y nos pueden servir como referencia y acicate para poner nuestro granito de arena que, como digo e insisto, es fundamental para que la fiesta tome el impulso definitivo.

Pero, ¿por qué luchar con tanto ahínco por el Cascamorras?

Porque seríamos unos auténticos irresponsables si dejamos que se pierda una tradición que ha pervivido en el acervo popular accitano y bastetano durante 525 años. A quienes nos tira la tierra no nos queda otra que hacer lo imposible para que nuestros descendientes la continúen durante muchos siglos más. Velar por costumbres de tan profunda raigambre es salvaguardar la identidad del pueblo que las atesora en una época en la que lo genuino, por escaso, es un bien preciado.

Porque el propio personaje del Cascamorras, central en las fiestas, tan peculiar, es de un interesantísimo valor antropológico.

Porque, lejos de fomentar rivalidades, la fiesta une a dos pueblos vecinos, Guadix y Baza, en torno a la devoción por la Virgen de la Piedad y a una tradición en la que no hay vencedores ni vencidos, agraviados ni recompensados, sino gente con ganas de pasárselo bien. La grandeza del Cascamorras es que, a partir de un motivo originario de disputa, se ha fraguado una fiesta de encuentro y convivencia, en la que él, el Cascamorras, actúa como enlace entre accitanos y bastetanos. ¡Qué gran lección para los tiempos que corren! Para los bastetanos el Cascamorras representa a aquel gracias al cual hoy tienen a la Virgen de la Piedad, a la que veneran como patrona, y para los accitanos es el símbolo de que nunca hay que rendirse y con esa moral Guadix manda cada año a su comisionado de colorines.

Porque, lejos de la distorsionada imagen que desacertados reportajes dieron en su día, la fiesta no incita a ningún tipo de violencia. Por el contrario, invita a experimentar un cúmulo de sensaciones muy buenas y con tal intensidad que la fiesta, una vez vivida en primera persona, engancha para siempre. Entra con fuerza por los cinco sentidos. Si impacta ver moverse con una agilidad pasmosa a esa muchedumbre oscura casi negra en Baza, marrón-rojiza en Guadix, más lo hace ser parte de ella. Es una fiesta que se huele, que huele a pintura, pintura que se nos cuela por los orificios de la nariz, por las comisuras de nuestros labios y que acabamos sacándole sabor. Fiesta que cuenta con sonidos inconfundibles, como el del tambor que guía la comitiva, el de los cohetes que acompañan la carrera o el del gentío gritando “¡Agua! ¡Agua!” que piden a quienes les observan desde los balcones, para con ello aplacar el calor que uno lleva dentro por mucho fresco que pueda llegar a hacer. Y, ¡claro está!, la fiesta del Cascamorras entra por el tacto y además lo hace como por ningún otro sentido. Sentir la pintura sobre la piel y las ropas empapadas contra el cuerpo durante la carrera es algo que te  mete en situación, te aísla de lo que pasa fuera: tú sólo entiendes de seguir el ritmo que va marcando el Cascamorras.

Porque la  fiesta del Cascamorras es eso, una fiesta, una ocasión para expresar y compartir la alegría –desde el respeto, por supuesto, a quien no quiere ser manchado, aunque sí formar parte de ella como espectador-, y que está abierta a la participación de gentes de todas las edades.

Más razones para tener fe en la fiesta.

Pues la otra fe, la religiosa, sin la que el Cascamorras tampoco puede entenderse. La fiesta del Cascamorras irá evolucionando con los tiempos, como hasta ahora ha sucedido, pero sin prescindir de ciertos componentes esenciales, como es la devoción por la Virgen del Piedad, que está en el origen mismo de la fiesta: fue el hallazgo de una talla mariana por parte del accitano Juan Pedernal en Baza lo que desencadenó los hechos que narra la leyenda que se encuentra en la base de la tradición cascamorrera. Esto no se puede obviar.

¿Y cómo manifestar nuestro convencimiento? Pues precisamente saliendo en masa a la calle el día de la carrera. Una participación masiva de corredores, una asistencia multitudinaria de público, será un reclamo rotundo de cara a ediciones futuras. Una imagen vale más que mil palabras y que dé la vuelta al mundo la foto de una multitud pintada que avanza entre un gentío abarrotando calles en calidad de espectador, es la mejor campaña de publicidad. Tan claro mensaje serviría como primera llamada de atención y el que la viese al menos se detendría y muy probablemente mostraría interés por querer saber más.

En relación a esto, es vital nuestra implicación en la promoción de la fiesta, inundando, por ejemplo, nuestros perfiles en redes sociales de información sobre el Cascamorras, explicándole a nuestros hijos, a nuestros alumnos, a nuestros compañeros de la facultad, a nuestros colegas del curro, a nuestros amigos de fuera de qué va todo esto.

Y haciendo cada cual lo que mejor sepa y pueda y se le ocurra. Los organizadores estarán encantados de poner oído a nuestras propuestas. Todo suma. Lo importante es que, lo que hagamos, lo hagamos convencidos de lo que la fiesta es y significa. Para convencer a un coruñés, un milanés o un neoyorquino de que vengan y se animen a participar en el Cascamorras, primero tenemos que estar convencidos nosotros y demostrarlo actuando en consecuencia. Cuando las cosas se hacen de corazón y con absoluto convencimiento, esa fuerza se contagia y se transmite con rapidez. Sólo desde este sentimiento la fiesta cogerá la dimensión y el reconocimiento fáctico a la altura de las denominaciones obtenidas y de la que aspira tener.

No nos engañemos. No miremos para otro lado. Por muchos folletos, webs, anuncios publicitarios y material promocional que se distribuya, por mucho que la Unesco la incluya en un futuro en el catálogo, todo esto no será suficiente sin nosotros, accitanos y bastetanos practicantes, cascamorreros todos convencidos.

El año pasado fue ya una carrera en la que hubo un gran incremento de corredores en Guadix. ¡Este año podemos ser muchos más! El año pasado se notó un considerable aumento de visitantes. ¡Este año pueden venir muchos más!

En nuestras manos está que la fiesta ocupe el lugar que le corresponde.

El Cascamorras, el del traje multicolor, el que se abre paso entre el gentío con la cachiporra, el que ondea la bandera, sólo es uno. Pero Cascamorras, la fiesta, somos todos.

María Jesús Ortiz Moreiro

Pregonera 2015

José Antonio Escudero, durante su presentación como Cascamorras 2015

José Antonio Escudero, durante su presentación como Cascamorras 2015

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Pronunciado el 28 de agosto de 2015 en el Teatro Mira de Amescua de Guadix

 

Vídeos de la gala del Cascamorras en la que se enmarcó el pregón de la fiesta cascamorrera

(Editados por Pedro Muro)

 

 

 

Texto del pregón

Dignísimas autoridades civiles, militares y religiosas. Hermandad de la Virgen de la Piedad de Guadix y de Baza. Cascamorras. Señoras y señores.

Bienvenidos. Welcome. Bienvenu. Benvenuti. Willkommen. Siendo la fiesta del Cascamorras de interés turístico internacional y a un paso, como está, de ser reconocida como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, qué menos que arrancar el pregón dando la bienvenida en unos cuantos idiomas.

Empiezo mi intervención dando la bienvenida y también las gracias por encomendarme la tarea de pregonar las fiestas cascamorreras en su 525 aniversario. Es un orgullo grandísimo, como accitana que soy y me siento y por ser ésta una fiesta que desde pequeña he vivido mucho.

Agradezco a la Hermandad accitana de la Virgen de la Piedad esta oportunidad que me da para, igual que han hecho mis predecesores en estos menesteres, anunciar con entusiasmo  que, un año más, Guadix manda al Cascamorras a Baza con la intención de que llegue sin pintar a la iglesia de la Merced y pueda, así, traerse la Virgen de la Piedad.

A la Hermandad y en particular a la familia López Lechuga/López Porcel, también quisiera agradecerles –agradecimiento al cual estoy segura querrán sumarse ustedes-, que hayan dado y den tanto por la fiesta, que estén haciendo tantísimo por perpetuarla, por garantizar que los más jóvenes sigan sintiendo como propia esta antigua fiesta. Para ellos pido un fuerte aplauso.

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Queridas amigas, queridos amigos.

Les invito a hacer un viaje en el tiempo. Vayamos cinco siglos atrás. Echémosle también un poquito de imaginación. Busquemos a ese tal Juan Pedernal, obrero accitano con el cual todo empezó, según cuenta la leyenda.

¡Sí, ahí está! Pero no lo encontramos en Guadix. Resulta que le ha salido un encarguillo en Baza. Y ahí lo tenemos, en plena faena, intentando demoler una pared en las ruinas de una antigua mezquita donde pronto levantarán un templo cristiano. Parece cansado. Y es que picar muros es una tarea dura. Faltaba este calor pegajoso. ¡Ay! Es que en septiembre, en Baza, como en Guadix, salen todavía días de mucho calor.

¡Atención! Algo pasa. No es sólo fatiga lo que refleja la cara de nuestro albañil. Algo le ha hecho dejar el pico a un lado. Cree haber oído algo. “Tonterías”, se dice. “Será que estoy cansado”, se repite. Sigue picando. “¡Piedad!”, oye justo cuando el pico da con algo duro ahí abajo. Suelta la herramienta como si el mango estuviese ardiendo. “¡Hay alguien ahí abajo, detrás de esa piedra que asoma!”, se dice. Mira a su alrededor. Los otros obreros siguen trabajando con total normalidad. “¿Acaso nadie más ha escuchado esa voz?”, insiste para sí. Para evitar que le tomen por loco, intenta resolver el enigma por sí solo. Sigue picando, pero ahora con sumo cuidado. La extrañeza se convierte en perplejidad absoluta cuando da unos golpecitos a esa cosa, que de piedra no tiene nada, sino que es más bien un bulto de yeso, y suena a hueco. Se da cuenta de que, con el pico, ha abierto un pequeño agujero en la superficie.

Y la perplejidad se transforma en enorme sorpresa cuando rompe el cascarón y encuentra la talla de una virgen. “¡He encontrado una virgencita! ¡Y la Virgen me ha hablado!”. “¡Ten piedad!”, me ha dicho.

Pedernal, como pa’ no pedir piedad después del golpetazo que le has dado con el pico. Hasta se le ve a la imagen un ligero roce en la mejilla.

Sí, sí. El Señor Juan lo tiene claro. Lo ha oído. No sabe si la alegría que siente es porque la Madre de Dios le ha escogido de entre todos los mortales para intercambiar unas cuantas palabras o por el revuelo que la historia del hallazgo, con milagro incluido, causará entre sus paisanos.

Se imagina Pedernal siendo recibido por el señor obispo. Imagina que su nombre aparecerá en más de una placa en su honor. Por lo pronto, en la puerta de su casa cuando el Señor lo acoja en su santo seno: “Aquí nació y entregó su alma a Dios Juan Pedernal, vecino de Guadix y fiel devoto, a quien la Santísima Virgen le pidió piedad”. Se imagina recibiendo en casa a diario a fervorosos marianos rogándole que repita, paso por paso el relato de los hechos y premiándole con ricos presentes.

Pero este castillo en el aire que ha levantado en una chispa empieza a desmoronarse desde el momento en que decide contarle su secreto a sus compañeros de obra. “¡De aquí no se mueve la virgen!”, dice uno. “¡En Baza se queda!”, dice otro. El caso es que Juan Pedernal se vuelve pa’ Guadix con el trabajo a medias y sin la virgencica que a él, y no a otro, le ha hablado.

Me imagino lo triste que se siente. Más triste aún cuando se entera de lo que Guadix y Baza acaban de decidir para solucionar la papeleta: que Guadix nombre un comisionado, que lo mande a Baza y que si logra llegar sin mancha alguna hasta la iglesia de la Merced, templo de la Piedad, entonces se la podrá llevar a Guadix. Misión imposibilísima. Me imagino lo que ronda por su cabeza: “en el barrio todo el mundo se reirá de mí, y el gobernador me desterrará, y…” el sentirse fracasado tiene esto, que uno nunca encuentra fin a lo malo por venir.

Tal vez piensa todo esto mientras es manchado y echado de Baza, mientras es recibido y manchado en Guadix.

Pero incluso en esta variante de la leyenda –que dice que Juan Pedernal fue el primer comisionado, el primer Cascamorras-, y como sucede en la vida misma, siempre hay hueco para la esperanza: “Bueno, si no es este año, pues ya lo lograré el próximo”, se convence Pedernal. Y este pensamiento es el que ha acabado pesando sobre la decepción, sobre el abatimiento. Y así ha venido sucediendo. Las expectativas se mantienen intactas 525 años después.

El ánimo de Juan Pedernal, presente en los accitanos que, año tras año, han asumido el papel de Cascamorras, se agarra a ese clavo ardiendo, que quema su orgullo, sí, pero que también lo redime y hace imposible que la palabra fracaso resuma su vuelta de manos vacías a Guadix.

El Cascamorras nunca fracasa, pues nunca se da por vencido. Pedazo de lección la que nos da. No tiene precio que cinco siglos después de todo aquello que se cuenta, siga viva en los accitanos la ilusión de elegir cada año a su emisario del traje de colorines y de ponerlo rumbo a Baza, y que, pese a volver sin haber completado la misión, Guadix lo reciba como una fiesta y mantenga la esperanza de que el Cascamorras pueda el año siguiente de nuevo ponerse en la calle para repetir el ritual.

Esto hace grande, muy grande la fiesta, que se coloca por encima de la disputa que hubo en su origen y del soponcio que se llevaría aquel pobre albañil.

Cuando uno vive fuera -como es mi caso, como es el caso de algunos de los presentes-, cuando se vive lejos de la familia, fuera de tu contexto natural, de tu gente, en otra cultura, usando otro idioma, la ilusión y la esperanza te dan el aliento necesario pa’ seguir pa’lante.

Independientemente de si se gana o se pierde,  a pesar de todo, siempre hay un amanecer, siempre hay una ocasión para empezar de nuevo, como le pasa al Cascamorras. Creo que, en el fondo, por esta razón, por esa capacidad de renovar el entusiasmo pese a los tropiezos, me atrapa la fiesta cascamorrera.

Bueno, al César lo que es del César. Mis padres y mi familia también han tenido algo que ver en que sienta un cariño especial por esta tradición.

Tenía la suerte de que mi Mami y mi Chiqui, mis abuelos maternos, vivían en la Carretera Murcia, ya casi a la altura del puente del río Verde. En las tardes del 9 de septiembre, su balcón funcionaba como palco de lujo desde el que seguíamos el primer tramo de la carrera.

Antes de ser corredora cascamorrera, he sido espectadora y bien puedo decir que también como público se vive muy intensamente esta fiesta.

Cuando mis hermanas y yo éramos chiquitillas, mis padres nos llevaban tempranico a la casa de mis abuelos para evitar resfregones de los chistosos de turno y pa’ ir metiéndonos en ambiente, viendo pasar carretera arriba hacia la Estación a los que tenían pensado participar en la carrera.

Recuerdo que mi abuela troceaba para su degustación frutas escarchás y turrones que compraba días antes en esos puestecillos de dulcería tradicional que siguen poniendo por estas fechas en la acera del parque. Los mayores se mojaban el gaznate con sidra achampaná y nosotras nos contentábamos con algún refresco.

Además de la convidá, la preparación de los cubos de agua que luego lanzábamos a la marabunta cuando pasaba por debajo formaba también parte de este compás de espera.

Ni que decir que los años en los que era el mismísimo Cascamorras el que pedía agua a los balcones del bloque de mis abuelos, lo celebrábamos con especial alegría. “¡Que viene el Cascamorras! ¡Que está ahí, ahí abajo!”.

En aquellos años de Cascamorras vistos y vividos desde el balcón, me acuerdo de que éste siempre estaba lleno de gente. Mis abuelos, mis padres, mis tíos, tíos de mi madre, mis primas… ambientazo que también se veía en los balcones vecinos. Todos, hasta la bandera.

Con los primeros cuetes chivatos entraban ya nerviecillos. Y con el definitivo, el que anunciaba que el Cascamorras estaba ya en la calle, el movimiento en los balcones, el bullicio en las calles, aumentaba de manera increíble.

Por muchos años que hayan pasado desde mi último Cascamorras desde el balcón, no se me va de la cabeza la imagen de la multitud tintá de almagra, de amarillo, de azulete –los colores del Cascamorras en Guadix- Carretera Murcia abajo ni la de esos grupos grandes pidiendo agua ni la de mis abuelos, mis tíos, mis padres cogiendo los cubos y mis hermanas y yo los cubicos de la playa, llenos todos hasta el borde de agua, y echándoselos a los de allí abajo ni por supuesto la otra imagen de los corredores arrodillados en torno al Cascamorras en la jura de bandera del puente.

Sentir los colores cascamorreros, sentir la ropa empapada y pintada contra la piel también pintada y empapada, eso es punto y aparte. Vivirlo para contarlo. Da igual si chispea como si hace un sol que achicharra, que el subidón que entra cuando estás metido en la carrera, no te lo quita nadie. A ratos la cosa va tranquila. Pero no puede uno fiarse, que te despistas un momento y tienes al Cascamorras pisándote los talones porra en mano. Durante la carrera, hay tiempo para todo.

Para reír, para hablar, para llorar, para santiguarse, para correr, para sentarse, para temblar, para pedir agua y más agua. Para decir, “cuchi, pues si corre maretilla y to”. Para gritar. Para guardar silencio…

Igual que yo conecto con la fiesta de esta manera, con estos recuerdos y estas vivencias, ustedes, vosotros tendréis las vuestras.

Y de estos recuerdos, vivencias y emociones que a cada uno de nosotros nos unen al Cascamorras, podremos sacar los mejores argumentos para terminar de convencernos de la singularidad de esta fiesta y, una vez superado esto, estar en condiciones de convencer a quien haga falta.

Accitanos, bastetanos, cascamorreros todos. No miremos para otro lado. No esperemos que sean siempre otros –la Hermandad, los ayuntamientos, la Diputación, la Junta, el Gobierno central…- los que hagan por la fiesta.

Nadie sino nosotros, accitanos, bastetanos, cascamorreros de a pie que estamos aquí arropando a José Antonio Escudero, Cascamorras 2015, y todos los que, aunque no presentes, están aquí con el corazón, para validar, con nuestras experiencias y vivencias, la vigencia de esta tradición tan antigua.

Los mejores embajadores de la fiesta somos nosotros. La mejor promoción la tenemos que hacer nosotros. ¿Cómo? Saliendo en masa a la calle el día 6 en Baza, el día 9 en Guadix, bien como corredores, bien como espectadores.

No hay mejor publicidad que hacer que fotos, muchas, den la vuelta al mundo, fotos en las que aparezca gente, mucha, por todos lados. Los ciudadanos rasos somos quienes, con nuestra implicación, demostramos lo profundas que son las raíces de nuestras tradiciones, lo importantes que son para nosotros.

Por eso, si salimos todos el día de la carrera, ya sea pintarrajeados de negro –color cascamorrero bastetano-, o en ocres –color cascamorrero accitano-, ya sea como público, estaremos dando un mensaje muy claro: que el Cascamorras nos importa y mucho.

Promoción de la fiesta que cada uno de nosotros también puede hacer en las redes sociales replicando información sobre la misma, explicándole a quien haga falta de qué va todo esto.

Y haciendo cada cual lo que mejor se le dé. La Hermandad necesita manos y estará gustosa de oír las propuestas que les hagamos llegar.

El pueblo lo formamos nosotros, a título individual, y también en tanto miembros de asociaciones de vecinos, asociaciones gremiales, cofradías…

Círculos de empresarios, asociación de comercio, hosteleros, sois fundamentales. Creed en el Cascamorras. Apostad por él. Es de un atractivo y un potencial tremendo. Mirad a largo plazo. Toda inversión que se haga ahora la recuperaréis con creces en un futuro.

La labor a favor de la fiesta del Cascamorras que se lleva a cabo desde las instituciones que representan al pueblo es también crucial. Aquí hoy hay representantes del Gobierno central, de la Administración regional, provincial, municipal.

Me consta lo mucho que ha batallado –y lo sigue haciendo- la Hermandad de la Virgen de la Piedad por convencerles de lo singular y genuino y, por tanto, interesante como reclamo turístico, que es el Cascamorras.

Sus esfuerzos han calado y ya se ven los frutos de esa insistencia. Pero se puede hacer mucho más.

Ahora que parece que nos hemos decidido por el turismo como motor de desarrollo económico de la zona, el Cascamorras en tanto tradición arraigada, significativa de nuestra tierra, debe estar presente en todas esas estrategias, planes, iniciativas que ustedes estén pensando poner en marcha.

Llamen a las puertas que tengan que llamar. Remuevan Roma con Santiago. Denle proyección. Apostar por el Cascamorras es ir sobre seguro. Hemos de promocionar lo que nos diferencia de otras ciudades de similares características, lo que nos hace únicos.

Dignísimas autoridades. Antes de avanzar en mi discurso, quisiera compartir una reflexión. Reparen en lo mucho que se ha conseguido cuando se ha trabajado por el beneficio común. Quisiera poner en valor los muy positivos efectos del “todos a una”.

Cuando desde los diferentes órganos de gestión y representación, cuando desde las distintas opciones y sensibilidades políticas se ha trabajado por y para la fiesta, esa suma de voluntades ha permitido dar pasos de gigantes.

Les animo a seguir por esta senda. La gresca, la trinchera, el afán por colgarse la medallita, todo eso no son más que despistes y trabas en el camino, ya no sólo para la causa cascamorrera, sino para todo en general.

En definitiva, es la suma de esfuerzos, de los ciudadanos de a pie, de entidades y asociaciones y de las instituciones, es este compromiso compartido lo que blindará la fiesta y refrendará las declaraciones conseguidas –de interés turístico andaluz, nacional e internacional- y esa denominación de la Unesco que llegará pronto.

Pero, ¿por qué tenemos que implicarnos, queridos accitanos, queridos bastetanos? ¿Por qué hacer tanto por el Cascamorras, asociaciones e instituciones aquí representadas?

Seguro que nos podrían dar más de uno y de dos motivos por los que apoyar la fiesta los cascamorreros que en un rato serán galardonados, o don Antonio Mirallas, que recibirá el Pin de Oro de la Hermandad, o don Ginés García, a quien se le hará entrega de la Medalla de Oro de la Virgen de la Piedad, o quienes han sido premiados en ediciones anteriores.

Preguntémosles también por las razones para creer en la fuerza de la fiesta a los que han venido encarnando al Cascamorras.

¿Por qué apostar por el Cascamorras?

Por de pronto, a mí se me ocurren unas cuantas razones.

Porque es una fiesta totalmente atípica: nos echamos a las calles con nuestras peores galas y usamos como maquillaje pinturas de agua, almagra, azulete, aceite.

Porque es una fiesta abierta a todo tipo de público, dispuesto, eso sí, a pasar un buen rato.

Porque es una tradición antiquísima. Ya le gustaría tenerla a más de un pueblo.

Tradición en la que hay una clara impronta del carácter local. Ahora hablo como accitana y por cuanto atañe a la celebración de la fiesta aquí, en mi ciudad.

El color predominante en los corredores cascamorreros de Guadix es el marrón-rojizo, color de los cerros que lo rodean, de la arcilla con la que trabajan los alfareros, de los muros de iglesias y conventos, de la Alcazaba, de la Catedral.

Qué hay más de Guadix que los cuetes y la banda de música y ambos, los primeros acompañando en el desarrollo de la carrera, la segunda, con su presencia en diferentes actos cascamorreros, tienen su papel en la fiesta.

Y reconozcámonos los accitanos un mérito tremendo. Que celebramos la derrota como una victoria y que lo hacemos además días después de haberse acabado nuestra feria, o sea, con las pilas flojillas. Y aún así, el día 9 llevamos a nuestros críos al Cascamorras infantil y salimos a la tarde con el Cascamorras. ¡Olé ahí, Guadix!

Fiesta de Guadix y fiesta de Baza. Y con esto caso ya con la otra razón que veo importantísima para entender y creer en el potencial del Cascamorras: porque es símbolo de buena vecindad. La grandeza de la fiesta es que ha transformado en ocasión para la convivencia un motivo originario de disputa.

Baza y Guadix, Guadix y Baza quedan unidos bajo una misma tradición, bajo la devoción por la Virgen de la Piedad. Se ha antepuesto compartir, vivir, disfrutar sobre cualquier tipo de rencilla que pudo haber en el origen de la leyenda. Y esta vocación de reunir y convocar que tiene el Cascamorras, que se celebre no como una afrenta, no como una revancha, sino como una oportunidad para la fiesta, es lo que dota de contenido el festejo, lo que hace distinto nuestro emisario de colorines de otros personajes, en apariencia similares, que pueda haber en otros pueblos de España.

Hablaba antes de lo importante de nuestra implicación. Una denominación por sí sola no hace grande la fiesta. El Cascamorras nos necesita.

Accitanos y bastetanos cascamorreros. Si queremos que una japonesa, un ruso, un texano vengan a las carreras de Baza y  Guadix, además de la fuerza de esa imagen impactante de la que antes hablábamos, tenemos que darlo todo por dejar bien claro qué es y qué no es el Cascamorras, y además hacerlo con total convencimiento.

¿Qué no es el Cascamorras?

En el Cascamorras no hay violencia: ni el Cascamorras pega ni le pegan.

No alienta ningún tipo de enemistad.

No somos “algo así como” –ni aspiramos a ser- la Tomatina de Buñol o la batalla del vino de Haro o el festival de los colores Holi de la India, con todos los respetos que merecen cada uno de estos festejos.

El Cascamorras no es una ocasión para el botellón.

Ni para ensuciar la ciudad. No debe aprovecharse para, por gracieta o inconsciencia, ir manchando paredes, mobiliario urbano ni ir pintando a quien no quiere ser manchado. Respeto ante todo.

Y qué sí es el Cascamorras.

Es una fiesta de interés turístico internacional y aspira a ser registrada como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.

Es una tradición que arranca hace 525 años. ¿Quiénes somos nosotros para interrumpirla?

Tiene raíces religiosas y antropológicas: no puede prescindirse de lo primero ni de lo segundo. Ambos elementos la hacen genuina y altamente representativa del sentir local.

Mantiene unidas a dos ciudades vecinas, Guadix y Baza, como antes apuntaba.

En el corazón cascamorrero no hay sitio para rivalidades.

Es una preciosa metáfora de la vida: convertir un motivo originario de disputa en una fiesta.

Es fe. La de las promesas que la gente hace a la Virgen de la Piedad, promesas convertidas en lazos, los que lleva la bandera que porta el Cascamorras. La de los vítores a la Virgen que se suceden después de las juras de bandera durante las carreras. La de los devotos que nutren las filas de la procesión en Baza. La fe que alienta al Cascamorras a seguir pa’lante cuando las fuerzas empiezan a menguar.

José Antonio, tú lo explicabas muy bien en una reciente entrevista cuando te preguntaban por lo que significaba para ti ese cariño por la Virgen de la Piedad.

Orgullo, emoción, intensidad, alegría, palabras que también usaste para definir las sensaciones que experimentas bajo el traje multicolor. Y el arrope que sientes de parte de bastetanos y accitanos. Pues eso también lo incorporo, con tu permiso, a esta enumeración de síes que dan contenido a la fiesta cascamorrera.

Es entrega y compromiso, el de la Hermandad, por supuesto, pero también el que muestran todos los cascamorreros que año tras año apoyan a los sucesores de Juan Pedernal, ya sea con su presencia en la carrera, como público, con un donativo, ayudando a que esto y aquello sea una realidad… se arrima el hombro de muchas maneras.

¿Qué sí es el Cascamorras? Pues eso, una fiesta. Fiesta que, una vez vivida en primera persona, engancha para siempre.

Es color y movimiento, color en movimiento, como bien refleja el cartel de este año. Enhorabuena, MariLuz, por haber captado a la perfección cómo se vive la fiesta del Cascamorras. Es también agua, la que llueve de los balcones. Es el sonido del tambor que guía la comitiva y el de los cohetes que acompañan la carrera.

Es responsabilidad nuestra, de todos los que sentimos los colores cascamorreros, que la fiesta, lejos de perderse, vaya a más y que dentro de cinco siglos Guadix siga mandando a su comisionado a Baza con la misión de llegar a la Merced sin pintar.

¿A quién decirle qué sí es el Cascamorras y qué no? Los primeros, a nuestros hijos, sobrinos, nietos, vecinillos…

Acerquémonos con nuestros críos al Cascamorras cuando hace su cuestación por las calles ahora en estos días. Además de dar una propinilla para la Hermandad, aprovechemos para saludarle y darle ánimos. Seguro que agradecerá sentirse querido y arropado.

Llevemos a nuestros pequeños al Cascamorras infantil.

Maestros, profesores, catequistas, cualquier explicación que deis  a los alumnos en torno a la figura del Cascamorras y su historia, estoy segura de que no caerá en saco roto.

Hay que crear cantera.

¿A quiénes más hablarles de los síes y noes? A nuestros vecinos que aún no se han convencido de lo que el Cascamorras verdaderamente significa y a los de fuera que saben menos o nada.

Y a cualquiera, sea de donde sea, que lo de menos es que hablen otro idioma. Para ejercer de embajadores de la fiesta no es necesario que sepamos hablar las lenguas en las que he dado la bienvenida ni el resto de las que se hablan en todos y cada uno de los rincones del mundo.

Hay un lenguaje que es universal y es el que sale directamente del corazón. Cada cual encontrará la manera de implicarse en esto del Cascamorras y de hacer llegar el mensaje. Si le ponemos ganas, cundirá como la pólvora, será altamente contagioso.

Aunque es deseado un compromiso vivo y activo durante todo el año, en los próximos días tenemos dos ocasiones muy importantes, el día 6, en la carrera de Baza, y el día 9, en Guadix, para demostrar lo mucho que nos importa esta antiquísima tradición, lo orgullosos que nos sentimos de ser accitanos y bastetanos y de lo generosos que somos al ofrecerla a quien se anime a sentirla y vivirla en vivo y en directo.

¡Accitanos! ¡Bastetanos!

¡Viva la Virgen de la Piedad!

¡Viva Baza!

¡Viva Guadix!

¡Viva el Cascamorras!

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Queridas amigas, queridos amigos:

Como ya os comenté, tengo el grandísimo honor de ser la elegida para dar el pregón de las fiestas del Cascamorras, de interés turístico internacional. Las ciudades de Guadix y Baza quedan unidas bajo una misma tradición que cumple 525 años. Color, fuerza, fe, emociones en estado puro se dan cita en este festejo que se celebra cada año en las calles de Baza el día 6 de septiembre y en Guadix el día 9 de septiembre.

La gala del Cascamorras, en la que se enmarca el pregón, tendrá lugar hoy 28 de agosto, a partir de las 21 horas, en el Teatro Mira de Amescua de Guadix (Plaza de la Constitución).

Más información sobre la fiesta la podéis encontrar en la página web de la Hermandad de la Virgen de la Piedad.

¡Viva el Cascamorras!

El cartel es obra de MariLuz Parra Sánchez

El cartel es obra de MariLuz Parra Sánchez

 

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Tengo el inmenso honor de ser la encargada de dar este año el Pregón del Cascamorras, Fiesta de Interés Turístico Internacional, que une las ciudades de Guadix y Baza bajo una misma tradición que cumple en esta edición 525 años.

Me encantará poder contar con tu presencia.

  • 28 de agosto de 2015
  • 21:00 horas
  • Teatro Mira de Amescua. Plaza de la Constitución. Guadix (Granada)

 

Cascamorras 525 aniversario

Mi apego por esta fiesta, muy de Guadix, me ha llevado a escribir diversos artículos, que recopilo a continuación para que puedas conocer más sobre el Cascamorras, que se encuentra a un paso de ser catalogado como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, denominación que otorga la Unesco.

Cascamorras: de Guadix, de Baza y de la entera Humanidad

Que la fiesta del Cascamorras sea ya de Interés Turístico Internacional y que vaya superando los trámites necesarios para ser denominada como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, debería tenernos a todos los accitanos, o al menos a los que gustamos de ejercer la accitanidad, haciendo palmas con las orejas y llenísimos de orgullo, por supuesto, pero también tendría que llevar a cada cual a buscar la forma de implicarse en que ambos titulillos sean un presente continuo, pues ambas etiquetas, una conseguida, la otra en proceso, aunque son importantes en tanto a que validan de manera oficial el producto referenciado, exigen de un evidente ejercicio que las refrende año tras año y que las haga dignas del significado del galardón que representan (seguir leyendo)

Cascamorras all-over-the-world

Cuando vi la barbaridad de aportaciones que accitanos y bastetanos íbamos haciendo al grupo que abrió en Facebook el paisano Manuel Khortés para recopilar referencias en prensa extranjera del Cascamorras, me di cuenta de que se conseguiría material más que suficiente como para justificar con creces su declaración como fiesta de interés turístico internacional (seguir leyendo)

Tierra

Muchas veces pienso si llegará el día en el que me levante por las mañanas sin acordarme de que allí, en Guadix, en su comarca, está a punto de empezar tal o cual festejo (seguir leyendo)

Corazón cascamorrero

Cuando se pega la camiseta al cuerpo por el agua, el azulete, los polvos de pintura y el sudor de la carrera, uno se siente como embutido en un cartón que permite, eso sí, una suficiente movilidad para evitar que la turba que rodea al Cascamorras te arrastre y te lleve al agitado ritmo que sigue, ahora paseíllo con la porra, ahora subir a hombros, ahora baño bajo balcones (seguir leyendo)

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Dado el sábado 14 de mayo de 2011 en la S.A.I. Catedral de Guadix

Accitanas y accitanos, amigas y amigos,

Conservo unas ramillas de tomillo de mi última visita a Face Retama. Cuando las cogí pensé que, al olerlas, al tocarlas, al verlas después, cuando tuviera que empezar a preparar este pregón estando lejos de Guadix, me ayudarían a poner por escrito lo mucho que siento cada vez que hago el camino a pie hasta este paraje en el que, según la tradición, dieron muerte a San Torcuato. Aunque se les ha caído mucho verde y están ya muy secas, mantienen el suficiente aroma como para hacerme olvidar que estoy a miles de kilómetros entre gentes muy distintas, el suficiente como para verme iniciando el camino una vez más.

La peregrinación arranca del Arco de San Torcuato de Guadix

Aunque hay diversas maneras de llegar a Face Retama, el recorrido que siempre he seguido y que, por consiguiente, emprendo en este viaje imaginario que comparto con vosotros, es el que parte del Arco de San Torcuato de Guadix, sigue por el río hasta Benalúa y, atravesando esta localidad, continúa por una carretera de tierra que arranca de las inmediaciones del cementerio. Esta senda discurre entre cipreses y pinares, que dan paso después a cerros de retama y esparto, cerros de arcilla cobre que se cubre de un mantillo verde en los años de lluvias generosas.

Cipreses y pinos en el arranque del camino a San Torcuato que emprendo con vosotros

Como muy bien sabéis más de uno de los que estáis aquí, la brisa, la misma que levanta el polvo de las ramblillas, la misma que arrastra las pelusicas de las alaméas, se encarga también de varear todas estas plantas aromáticas y, como un aplicado monaguillo, nos va incensando a nuestro paso.

Hay algo muy especial en esta romería que se hace el sábado de la semana anterior a la fiesta grande del 15 de mayo. Hay un impulso muy particular que lleva a más de uno –y de dos- de los que estamos aquí a reservar la tarde de ese sábado para subir a Face Retama, siempre que las circunstancias lo permiten. Aunque no nos atrevamos, así en un primer momento, a ponerle un nombre a este sentimiento, sabéis muy bien a lo que me refiero, porque es algo que uno vive mucho y que percibe también en los demás. ¿Qué es ese algo? Así de primeras podríamos decir que vamos a esta romería porque somos mu de Guadix, y es de recibo participar en los actos que se programan en el pueblo. O por estirar un poco las piernas después de una semana de duro trabajo. O porque un año fuimos y nos gustó tanto que procuramos no faltar a la cita, o al menos a la procesión nocturna de las antorchas que se hace después por los entornos de la ermitilla. Pero aunque digamos esto, aunque demos otras razones similares, sabemos en el fondo que hay algo más profundo, algo que sentimos más adentro, que es lo que nos levanta del sofá y nos anima a ponernos en camino. Hablar de estas cosas del alma nos da vergüenza. Pero como aquí estamos entre amigos, entre paisanos, y al amparo de la Catedral, donde nada malo puede ocurrir, se pueden hacer este tipo de confesiones que tanto nos cuesta compartir.

Precisamente en el camino rumbo a Face Retama se pasa uno toda la tarde compartiendo. Es curioso cómo en nuestro día a día cada vez somos más reacios a compartir. El miedo a ser traicionados, a ser ninguneados, a ser malinterpretados, a ser ridiculizados, a ser aislados, a ser reprendidos… el miedo, siempre el miedo, nos lleva a sujetar nuestras emociones y contener nuestros actos. Sin embargo, existen ocasiones, como este momento que ahora estamos compartiendo, o como esa romería que muchos de los que estamos aquí hemos hecho, en las que uno se suelta una mijitica, y no le importa compartir conversación, dulzajos o acuarius, con amigos de Guadix de toda la vida, pero también con otros tantos con los que jamás antes habíamos mediado palabra alguna. Una parada al borde del camino para echar un trago de agua sirve como perfecta excusa para romper el hielo y hacer un comentario a ese o esa al que no ponemos cara ni nombre. Pero no importa. Compartes y punto.

Por compartir, compartes hasta suspiros con estos a los que no conoces, al sentirte formando parte de un paisaje que parece salido de las manos de un caprichoso artista, al que le ha dado por plegar por allí la arcilla -rojiza, ocre, amarillusca…-, por estirarla y motearla de verde por allá, y colocar el conjunto delante de una enorme sierra de altas cumbres grisáceas con manchitas blancas en sus cumbres, que se recorta ante un cielo en el que emplea prácticamente toda la paleta de color. La amplitud que se abre entre uno y el punto más lejano del horizonte empequeñece. Tan acostumbrados estamos a la desmesura, a lo sofisticado, que nos desarman tan sencillos elementos: arcilla, esparto, tomillo… como el que cogí de una mata del camino a Face Retama.

Vista de Guadix desde un punto del camino

Con los compañeros de camino, conocidos o no, compartes también silencio. En el camino uno no está obligado a guardar silencio, pero en muchos momentos del trayecto, éste se acaba imponiendo. Quizás sea por la fatiga que se va acumulando. Quizás te has adelantado tanto al grupo, o quizás te has quedado tan rezagado, que las conversaciones que mantiene el resto de la gente se pierden bajo el sonido de los pajarillos o de las ramas de los árboles y matorrales mecidas por el viento. Quizás no hables porque simple y llanamente  no te apetece, y punto. El caso es que, en más de una ocasión, en esta romería a Face Retama uno acaba escuchando únicamente sus pasos, acaba sintiendo solamente el peso de su mochila y tragando saliva con la tierra que se pega en los labios. Estos minutos de silencio, de absoluta intimidad, estos momentos, tan raros en nuestro día a día lleno de gritos, te alcanzan en este camino parco en oros, pero rico en silencio, que conduce al santuario de San Torcuato.

Los carteles, pintados a mano, nos recuerdan nuestro destino: "A San Torcuato"

Estos momentos de silencio nos brindan la oportunidad de estar a solas con nosotros mismos, un lujo que ni todos los lujos del mundo nos pueden ofrecer. Y estos momentos de recogimiento nos ayudan a aclararnos sobre dónde estamos y a dónde vamos: “A San Torcuato”, como recuerdan los carteles, con las indicaciones pintadas a mano, que hay distribuidos a lo largo de los itinerarios principales. Y sí, es en este silencio que acude a nuestro encuentro, en medio de un paraje desnudo de artificios que nos invita a aparcar los miedos y a compartir, cuando el caminante descubre que es peregrino y que lo que le lleva a ese recóndito lugar es el cariño al santo patrón y la fe en un Dios vivo que nuestro santo patrón trajo a nuestra tierra hace ya muchos, muchos años.

Desde muy pequeña mis familiares, mis maestras, mis catequistas me criaron en el cariño a San Torcuato. Pero es este camino que emprendo a Face Retama una y otra vez, bien con los pies sobre el terreno, bien con el corazón sobre el recuerdo, lo que me ayuda a darle sentido a lo aprendido de mis mayores. Y esto sucede porque en el silencio del camino uno huele mejor, y oye mejor, y siente y vive mejor y más claro que hay lazos que no pueden romperse por mucho que la vida te haya llevado a otros sitios. Qué tendrá esta tierra roja que corre por las venas de sus hijos aunque estos estén bien lejos. Qué tendrá para que el hilo que hilvana la historia de Guadix permanezca intacto aun pasadas muchas generaciones desde que todo empezó. En el camino a Face Retama, rodeado de los elementos más característicos de la tierra que nos parió, sentimos cuán fuerte sigue estando ese vínculo, el peregrino siente reforzada su identidad guadijeña.

Lo más auténtico de nuestra tierra se da cita en Face Retama

San Torcuato, cuyo culto se remonta a tiempos pretéritos, permite por tanto acercarnos a ese Guadix remoto que sigue latiendo a través de las tradiciones mantenidas a pesar del paso del tiempo, y del peso del olvido, que se cierne, como una amenaza del mundo global, sobre este otro antiguo y lleno de matices. Celebrar San Torcuato nos lleva al Guadix más auténtico. Vivir las fiestas de San Torcuato nos hace ser inequívocamente accitanos. Nos une al color, calor y olor de la primavera en nuestra tierra, con sus campos preñados de habas; a los cuetes con los que nos gusta festejar nuestros días más señalados; al sabor de las tortas salás y de azúcar que preparan en estas fechas los hornos de nuestros barrios y que ofrecen, sin complejos, los bares más veteranos de nuestra ciudad; al olor a la cáscara de naranja friéndose en el aceite al que se echará la masa de esos roscos, mu de Guadix, que también se preparan por Semana Santa. Y a los bordados de las faldas y corpiños, y a los lazos de colorines y las castañuelas, y a las chillonas bandurrias y las calmadas guitarras de las rondallas de toda la vida, con sus temas imprescindibles: “Mi pueblo”, “Carrascosa”, “Fox Serenata”, “El vals de la Marujilla”, y por supuesto “La guajira” y “El fandango de Guadix”, típicos de estos días.

El camino a Face Retama nos conduce a la esencia en la que descansa la razón de ser de Guadix y de los pueblos de la diócesis, esencia empapada de la fe cristiana que, junto a sus compañeros de viaje los Varones Apostólicos, predicó nuestro patrón en estas latitudes. ¡Cuánto tenemos que agradecerle! Por San Torcuato fuimos de los primeros de la Península en reconocer que el camino de la fe en Cristo Jesús resucitado dota nuestro día a día de un sentido. Por San Torcuato aprendimos a querer a la Virgen María como madre nuestra. Y por este sentimiento religioso y espiritual en el que aquellos accitanos de aquel Guadix que recibió a San Torcuato educaron a sus hijos, y estos a sus hijos, y estos a los suyos, y así a través de los siglos, hasta llegar a nosotros, puede explicarse la permanencia en nuestros días de tradiciones muy unidas a la idiosincrasia accitana, a la vocación cristiana.

Es por esta fe que echó raíces hace tantísimos años por lo que tiene sentido que nos echemos a las calles cada primavera para expresar cuán hondo hemos interiorizado la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, o cada segundo domingo de noviembre para acompañar a la imagen de nuestra patrona, la Virgen de las Angustias; o que por cada San Antón hagamos iluminarias para quemarle las barbas al santo; o que cada 3 de febrero le pidamos a San Blas que nos libre de las afecciones de garganta; o que cada mes de mayo le hagamos las flores a María, que celebremos la fiesta de la Virgen de Fátima, patrona del barrio de Fátima de las Cuevas, o que marchemos rumbo al Rocío; o que en La Estación se preparen las fiestas en honor al Sagrado Corazón de Jesús, o que saquemos en procesión a la Virgen del Carmen, y después hagamos lo propio con Santa Ana, y ya en agosto, el barrio de las Cuevas de Gracia celebre a su Reina y Señora. O que la Virgen de la Piedad convoque a accitanos y bastetanos en una tradición compartida, la del Cascamorras, quien acaba su carrera en el antiguo convento de Santo Domingo, hoy parroquia de San Miguel, de la que su santo titular sale en procesión en septiembre.

O que, en definitiva, los distintos pueblos que conforman esta diócesis en la que San Torcuato sembró tanto bueno, levanten sus fiestas más sentidas sobre los pilares de la fe. Porque aunque estas líneas que hoy dedico a nuestro patrón se refieran fundamentalmente al vínculo que une a Guadix con San Torcuato, no podemos olvidar que San Torcuato también merece la devoción del resto de pueblos de la diócesis de Guadix-Baza. En este sentido, me parece muy acertado el hecho de que este año se haya decidido implicar a sacerdotes procedentes de diversas parroquias de la diócesis en los cultos a San Torcuato, custodio también de otras tantas localidades que duermen bajo otros cielos, como es el caso de Celanova, ciudad hermanada con Guadix, y que acoge parte de las reliquias del santo.

San Torcuato nos trajo la fe que da sentido a todas estas fiestas marcadas en rojo en nuestro calendario, fe que da sentido a cada una de las acciones de nuestra vida, aunque no siempre seamos conscientes de ello. El silencio del camino a Face Retama ayuda bastante a descubrir la huella de San Torcuato en nuestro ser cristiano, en nuestra identidad accitana. Reivindicarnos como accitanos implica, por tanto, reconocernos como seguidores de San Torcuato.

Queridos paisanos,


En esta romería a Face Retama no hay carrozas engalanadas ni coros que dirijan las canciones que se suceden a la largo de la misa que se dice en la ermitilla tras la llegada de los peregrinos ni un protocolo claro en la procesión de las antorchas. Sin embargo, si uno deja que el camino pase por él, si uno acude con el corazón abierto a Face Retama, logra conectar con el accitanismo más puro y con ese mensaje de esperanza por el que San Torcuato dio su propia vida. Al fin y al cabo, éste es el espíritu que una romería persigue: remover la fe del penitente, llenarla de motivos. Da vergüenza expresar las cosas del alma así, a bocajarro. Pero cuando la experiencia es intensa, entonces la convicción con la que se cuentan las cosas toma fuerza. Yo lo cuento porque yo creo. Y creo porque lo siento.

Imagen tomada en el transcurso de la romería 2011

Y lo que, en verdad, siente quien participa en esta peregrinación, no es sino la fe. La fe es lo que nos empuja a ponernos la gorra-visera, el chándal y a tirar pa’lante, esa misma fe que te lleva a acudir al quinario, y a venir a las vísperas y a este pregón, y a asistir a la Pontifical y la procesión de mañana, y a comprar tortas y habas y comerlas en estos días, y a implicarse en la organización de las fiestas patronales, y a sacar fondos de debajo de las piedras con los que cubrir los costes de la rehabilitación del patrimonio santorcuatero. Y a recuperar viejas recetas que las familias mu de Guadix reparaban por este tiempo, y a investigar las músicas y danzas con las que los accitanos han venido celebrando estos festejos. Uno no lleva consigo a San Torcuato sólo porque tu abuela o tus titos o tus vecinos te insistieron en que así lo hicieses. Ni sólo porque resulta pintoresco, empujados quizás por esa vuelta a lo rural que ahora parece llevarse. Lo hacemos por fe. Ese algo que cada uno siente con una intensidad y unas maneras propias y que le mantiene unido a San Torcuato a través de unas costumbres, unas tradiciones, unos recuerdos, es la fe por la cual él ejerció de mensajero hace tantísimos años.

Las comidas típicas, los certámenes musicales, las romerías populares, todas estas manifestaciones sociales y culturales han sobrevivido a través de los siglos y a pesar de las modas, porque hay una fe que le da sentido. Todos los que estamos aquí esta tarde creemos que la muerte no es el final, que estamos en este mundo porque hay un plan divino detrás de cada uno de nosotros, que tenemos que descubrir y poner en práctica. Actuamos movidos por la fe. ¡Cuánto tenemos que agradecerle a San Torcuato! Haber fraguado los cimientos sobre los que se iría construyendo la identidad accitana, la identidad de los pueblos de esta antiquísima diócesis es algo que no tiene precio.

Sólo desde la fe en nuestras creencias, sólo desde el convencimiento de nuestra accitanidad, podremos corresponder a la generosidad que nos brindó nuestro santo patrón. Somos mu de pedir y mu poquito de agradecer, pero es de justicia darle las gracias tantas veces nos sea posible. Sentirse cristiano y llamarse accitano, o bastetano, oscense, benaluense, o con tantos gentilicios como pueblos habitan esta parte norte de la provincia de Granada, implica venerar a San Torcuato, y hacerlo con esa misma entrega con la que se ofreció a nuestros antepasados, hacerlo con amor.

Si se hace bajo estas coordenadas, no solamente mantendremos a San Torcuato presente en nuestros días, sino que seremos capaces de transmitir a nuestros hijos todo esto. Y si lo hacemos con suficiente fuerza, nos aseguraremos de que los hijos de nuestros hijos hagan lo propio con sus hijos, y estos con los suyos.

Avituallamiento tras la caminata

Cuando uno pone alma, vida y corazón en las cosas, no solamente salen mejor, sino que hasta tienen un efecto contagioso. Para explicar esto que os cuento, os invito a volver conmigo al camino a Face Retama, cuyo relato he dejado justo en el punto en el que el antes caminante, y ahora peregrino, llega a la explanada donde está la ermita y la vieja hospedería.

El olivo que nunca se seca

Y es que las experiencias no acaban con la llegada a meta. El camino sirve de preparación para lo mucho que se vive allí, donde todo cabe, donde todo encarta: un rezo al santo… y un bocao a la torta de aceite o un pedacico de jamón; lo mismo uno abraza a ese amigo a quien no ve desde hace mucho tiempo, que va a visitar ese olivo enorme que, según la tradición, no se ha secado a pesar de los muchos años que tiene; lo mismo se echa un trago de vino, eso sí, con un “¡Viva San Torcuato!” por delante, que hasta puede que, viendo caer la tarde, se le escapen sin querer algunas frases del Padrenuestro, a las que pueden seguirle unas cuantas Avemarías totalmente queriendo; y puede incluso que los ojos se empañen de nostalgia al recordar los “santorcuatos” de la infancia en los que, vestida de aldeana, o como músico en una rondalla, bailabas o tocabas el “Fandango de Guadix”; y puede incluso que esboces una sonrisa de oreja a oreja al haber traído al presente la imagen de tu madre atiborrando la cesta de rosas, habas, nísperos, naranjas y demás frutas que debías llevar durante la procesión del 15 de mayo. Y claro que te resultará inevitable verter otras cuantas lágrimas en recuerdo de los abuelos y titos y padres que ya no están y que te enseñaron a querer a San Torcuato, que te educaron en la fe cristiana que San Torcuato trajo a Guadix, amigos, parientes de quienes aprendiste que llevar a Guadix en el corazón es una encomienda que no puedes olvidar. El fresquito que cubre Face Retama cuando cae la noche, puro, limpio, te lleva a ese otro fresquito que desprenden las hierbas recién cortadas que echan sobre las calles de Guadix por las que discurre la imagen del patrón y sus reliquias en su día grande.

Y, con todo esto bullendo dentro de uno, el que iba con la idea de estirar las piernas, el que iba con la idea de hacer el camino por eso de que hay que cumplir, el que iba con la idea de pasar el rato con los amigos, el que iba con cualquier otra idea, se va inundado de recuerdos del ayer a partir de las vivencias del momento, y ¡qué agustico se está! Y uno está tan cómodo, uno se siente tan sumamente bien que esa alegría, ese bienestar se contagia.

Imagen de San Torcuato que procesiona en Face Retama

Y cuando, después de la caminata, de la merendola, de la misa, te toca aguantar la antorcha en la procesión, ya ni reparas en ese o aquel, ni en esto ni en aquello. Ni te importa siquiera si alguien acerca su llama peligrosamente a ti. Ni ya tienes en cuenta la de espiguicas que se te han pegado en los calcetines. Estás en la gloria flotando entre tantas emociones. Pero lo mejor es que notas que no eres el único. Lo sientes en el ambiente.

Procesión de las antorchas en Face Retama

Si, como accitanos y cristianos que nos reconocemos, queremos honrar a San Torcuato y garantizar que los cristianos y accitanos que vengan después de nosotros sigan queriendo a nuestro santo patrón, tenemos que transmitir este sentimiento con tanta pasión como para prender el entusiasmo en quien no lo ha vivido aún. Sólo cuando estemos convencidos de por qué se ha mantenido íntimamente unido a Guadix el culto de San Torcuato, por qué ha sobrevivido a tantas vicisitudes históricas, por qué nos ha llegado heredado y por qué nosotros debemos de hacer todo lo posible por que, lejos de perderse, tome mayor fuerza, sólo entonces podrá nuestra palabra, nuestros actos coger suficiente impulso como para que aquel que jamás se ha sentido llamado a participar en estas fiestas, empiece a hacerlo.

Si lo hacemos con convicción, no nos dará vergüenza vestirnos de aldeana ni será para nosotros un suplicio dejar de ir al Zapillo o de compras a Granada para quedarnos en Guadix para ver la procesión del día 15 o para ir en sus filas representando a nuestra cofradía de Semana Santa ni tampoco nos resultarán indiferentes los actos religiosos y culturales que se programen ni nos costará esfuerzo alguno animarnos a ser costaleros de San Torcuato o a hacer la peregrinación a Face Retama.

Si creemos en lo que hacemos, si desde lo más profundo de nuestro ser comprendemos la importancia que San Torcuato tiene en nuestras vidas, entonces podremos estar preparados para transmitir a nuestros hijos, sobrinos, nietos, a nuestros vecinos, ese ímpetu que nos lleva a recordar, allá donde estemos, el sabor de las tortas y las habas, o a brindar en honor de San Torcuato cada vez que se tercie.

Y esta transmisión tan poderosa la haremos de la mano de las costumbres en las que hayamos conectado mejor con esas sensaciones. A cada uno de nosotros nos unen a San Torcuato unas vivencias muy particulares. Cada uno de los que estamos aquí tenemos nuestras propias razones por las que reservamos un lugar en nuestro corazón para nuestro patrón, y ese algo es lo que debemos transmitir a nuestro hijos, sobrinos, nietos, vecinos. Cada cual inculcará de una manera distinta el cariño a San Torcuato y pondrá en valor la gran obra que desarrolló en nuestros pueblos.

Lo importante es que esa transmisión la hagamos desde el respeto por ese hilo que une a las gentes de Guadix a través de la historia. Si preservamos la esencia podremos incluso sumar nuevas costumbres, acordes con los nuevos hábitos sociales. En un futuro puede que ya no se haga tal o cual cosa en honor de San Torcuato, y sí otras, pero, sin embargo, debemos garantizar que venga lo que venga, la “santorcuatitis” siga emanando de esas nuevas formas.

Demostrado el “quiénes somos”, y repasado el “de dónde venimos”, así podremos resolver el “a dónde vamos”. Y para que ese “a dónde vamos” sea algo sólido y consistente, debe sustentarse sobre la línea de la tradición, de lo que llevamos en la sangre esperando a ser reactivado.

Queridos paisanos,

Yo me he criáo en un entorno en el que San Torcuato ha sido, es y será muy querido. Los primeros “culpables” son mis padres. Para que os hagáis una idea de su “santorcuatitis”, os doy un par de datos: no hay brindis en mi casa que mi padre no le dedique a San Torcuato y no hay detalle de comidas, atuendos y costumbres santorcuateras que se le escape a mi madre. Además, tengo metío mu dentro el aroma de la salsa torcuatina en la que mi abuela María guisaba la ternera el día de San Torcuato, abuela en cuya familia, por cierto, había más de un Torcuato y entre cuyos miembros estaba el arcediano Juan José Valverde, a quien le debemos la letra del himno a nuestro patrón.

Guardo también la imagen de mi abuelo Sebastián acompañando a San Torcuato en las filas de la procesión, si bien ya lo había acompañado antes en la misa Pontifical, antes en el quinario y siempre en las muchas visitas que solía hacerle en su capilla de aquí, de la Catedral. Otro dato interesante es que mi abuelo Sebas le pidió la mano a mi abuela María un día de San Torcuato. Ahí queda eso.

Era inconfundible el olor que desprendían aquellas primeras habas verdes que mi abuelo Manuel nos llevaba a casa. No serían las habas más grandes ni las más bonitas, pero sí las más sabrosas de Guadix. Desde luego que entraban de lo lindo en aquellas merendolas que hacíamos en su campo, desde el que se tiene una vista preciosa de Guadix con su Catedral, su Alcazaba, sus cuevas, y la Sierra como perfecto telón de fondo. ¡Y menudos San Manueles se organizaban los unos de enero en su casa! Fiestas en las que eran imprescindibles dos cuestiones: el arroz caldoso y el conciertillo rondallero que rápidamente los comensales improvisábamos. ¡Y es que músicos no faltan en mi familia!

Y hablar de San Torcuato para mí es también ver a mi abuela Encarna sentada en primera fila en aquellos certámenes de bailes tradicionales organizados por accitanistas incondicionales -aquí veo a unos cuantos-, en los que yo participaba junto a mis compañeros de clase de la Divina Infantita, además de otros muchos grupos, como el de la Presentación de Guadix, de Benalúa, Hernán-Valle, o la rondalla Accitana o la que dirigía mi tito Pepe, siguiendo la tradición musical del tito Cándido y el tito Frasquito, fundadores de la rondalla de la Escolanía. Mis maestras también tienen parte de culpa en mi “santorcuatitis” –y esa paciencia de la Seño Lourdes de enseñarnos a bailar el “Fandango de Guadix”-.

También mis catequistas, que nos recordaban, año tras año, cómo la fe nos llegó gracias a San Torcuato y sus compañeros de viaje los Varones Apostólicos: Segundo, Indalecio, Tesifonte, Eufrasio, Cecilio y Hesiquio. Y también entonces resultaba muy frecuente escuchar en las misas cómo los sacerdotes hacían continuas referencias a San Torcuato, al que incluso dedicaban oraciones especiales.

Ésta es la transmisión que recibí de mis mayores. Vosotros estáis aquí porque también habréis tenido quienes os hayan enseñado a querer a San Torcuato. Y cada uno de vosotros tendrá imágenes, anécdotas unidas a nuestro patrón. A todos los que estamos aquí nos une el cariño a estas fiestas de Guadix de toda la vida, y la convicción de que San Torcuato, quien tanto hizo por nosotros, sigue tutelándonos desde el Cielo. Por tanto, todos nosotros, los santorcuateros de corazón, tenemos que corresponder a lo mucho que hemos recibido. Ya sea como ciudadanos o gobernantes, desde el sacerdocio, la catequesis, el colegio, como hermanos, padres, abuelos, como accitanos debemos pasar del dicho al hecho, del traje de aldeana y de un “¡Viva San Torcuato!” espontáneo, a un compromiso sostenido.

 Durante un momento del pregón

De nosotros, de todos los que estamos aquí y de los que, me consta, están aquí con el corazón, depende prender la llama en quien nunca ha sentido nada por esta fiesta y que, cuando llega el día 15, se desentiende por completo. Si lo hacemos con convicción, sabiendo por qué hacemos lo que hacemos, participar de las fiestas de San Torcuato no nos resultará ni ridículo ni pesado ni una pérdida de tiempo, sino algo muy grande y muy importante, fundamental en nuestra vida. Si ponemos el alma en lo que hacemos, nos será fácil contagiar de este entusiasmo a todos los que aún no han emprendido este viaje a la esencia de Guadix, a la esencia de esa Buena Nueva por la que San Torcuato dio su vida.

Cultivemos el orgullo torcuatero, el orgullo accitano. Que cada cual lo exprese como lo sienta: vistiendo el atuendo típico, con unas flores el día de la ofrenda, con una vela en la procesión, con una oración cuándo y dónde se desee, con un “lo que sea” que impida que caiga en el olvido. Ése sería el mayor desprecio que le podemos hacer a quien tanto hizo por nosotros. Hacen falta manos, nuestras manos, y bocas que cuenten y canten, sin complejos ni vergüenzas, que somos mu de aquí, mu de Guadix ¡y que viva San Torcuato!

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