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Posts Tagged ‘prejuicios’

Publicado en Wadi As en su edición del 23 de mayo de 2015

Teníais que haber visto la cara de una y la de la otra. La de una tensa, la de la otra relajada. Una gastando morro apretado, ojos acusadores, gesto serio para donde fuese que dirigiera la vista. La otra mirando al frente, en realidad a ningún sitio, perdiendo sus pensamientos –lo más seguro- en eso o aquello, no importaba, y tan impasible ademán contagiaba su rostro de una llamativa quietud. Tanto llamaba esto la atención como los tatuajes que su camiseta ancha y desgastada dejaba ver en sus brazos, que conocieron tiempos mejores, cuando la lozanía propia de la juventud mantenía tersa una piel que con los años ha dado de sí, de manera que no sabría deciros si el motivo tatuado era una enredadera vegetal o si se trataba de alguna palabra o frase en árabe, o acaso de una silueta. Bien es cierto que no estaba lo suficientemente cerca de ella como para verlo al detalle, no tan cerca, desde luego, a como estaba la otra a la que me refiero, que la ha tenido en su punto de mira, al menos, durante el trayecto en bus que he compartido con ambas.

Serían las dos de la misma quinta y ¡madre mía qué distintas eran!, y no lo digo ya porque una llevara la melena teñida cortada a lo Merkel y la otra luciera su pelo canoso recogido en una trenza hasta la cintura ni por los mocasines beis de cuñilla de una y las botas negras de punta redonda y suela basta de la otra ni por los pantalones de corte recto color crema de una y los vaqueros apegadísimos de la otra ni por el conjunto de blusa y rebeca de lana de una y el chaleco de cuero de la otra. Vamos, no sólo. Lo digo también porque detrás de tan contrapuestos atuendos hay estilos de vida diferentes y muy diferentes formas de disfrutarla.

Por mucho que Berlín sea una ciudad donde uno puede salir a la calle como un mamarracho sin que nadie se escandalice por ello, el choque entre lo convencional y lo extemporáneo también existe y, por consiguiente, la murmuración a cuenta de las pintas y de la alegría con la que “el/la pintas” exhibe palmito.  Y, como en España, se puede uno topar con quien va a por el pan en pijama y con quien lo primero que hace al levantarse por la mañana es alicatarse el careto con ciento y mil potingues. Y, por supuesto, como en cualquier otro lugar del mundo, hay siesos criticones y hay pasotas despreocupados y esto, que es cuestión de carácter, no entiende de años ni de nacionalidad. Porque allí bajos, aunque más campechanos y dicharacheros, tenemos mucha tontería con esto de las apariencias, que parece que si no vamos de punta en blanco es que no somos nadie que merezca la pena. Y, de hecho, las miraditas que la vieja rancia le ha echado a la vieja rockera yo ya las tengo vistas y siempre que he presenciado un pisteo desaprobador como ese al que acabo de asistir me pregunto que tal vez lo que hay detrás de tan censora actitud no es sino mucha envidia. Envidia hacia el otro no ya por haberse atrevido a ir de tal guisa, sino por hacerlo sin complejos y con total naturalidad. Y es que esto de hacer de su capa un sayo, este vivir a la manera que cada cual estime oportuno, no es algo de lo que pueda presumir cualquier hijo de vecino, igual que cuesta horrores pronunciarse abiertamente sobre cuestiones morales, sobre la creencia religiosa que se profesa o sobre la opción política escogida, cuando éstas no son la elección de la mayoría. Y, en verdad, creo que nos haría mucho bien cambiar el chip al respecto y no ya dejar de juzgar el contenido por el continente –que también-, sino transformar la envidia o la codicia que nos lleva a descalificar al otro, en esa fuerza que nos ayude a conseguir el cambio envidiado o codiciado. Al menos no se nos agriaría el ánimo ni cebaríamos las frustraciones que invitan a poner verde a quien no se ajusta a lo estándar, como si en esto consistiera ser feliz.

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