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Posts Tagged ‘retrasos’

¡Cuán agradecidos deberíamos estarles a los aeropuertos! Bueno, más bien a quienes los proyectan con ese plus de incomodidad, a quienes los diseñan teóricamente prácticos y en la práctica, impracticables, a quienes los conciben ajenos a lo que un ser de carne y hueso puede llegar a necesitar en especial cuando, por circunstancias sobrevenidas, llámense temporales más fuertes de lo previsto, volcanes con nubes de ceniza de alcance impredecible, huelgas por esto o por aquello -adversidades, por cierto, más frecuentes de lo deseado-, esos meros lugares de paso se convierten en espacios donde quemas, más mal que bien, horas y horas irreemplazables de tu corta existencia.

Recién he descubierto su verdadera vocación, el enorme servicio que prestan a la humanidad los aeródromos, pues eliminan todo resto de nostalgia que podamos tener tras las vacaciones.

En tal fastidio se torna el hecho de coger un avión que, cuando debemos tomar el que nos lleve de vuelta a casa, durante este proceso no dejamos un momento de evocar realidades agradables del retorno, como pueden ser la ducha que nos vamos a dar cuando lleguemos o el tacto de las sábanas de nuestra cama, e incluso las que no nos causan tanto alborozo y sí nos alborotan una hartá, como las músicas hasta las tantas del vecino macarra o el ambiente recalentao de las habitaciones al haber estado cerradas y sin ventilación alguna en nuestra ausencia. Todo es una Arcadia feliz, frente a la infelicidad por arrobas que trae consigo todo este latazo de andar de aeropuertos pa’rriba/ pa’bajo.

Hablan con desacierto quienes definen los aviones -sean o no de compañías de bajo coste, aunque los de estas en particular- como “autobuses con alas”. Dadas las estrecheces de espacio y la de bártulos con los que embarcan los pasajeros, estas máquinas aéreas se asemejan más a las diligencias destartaladas que iban por los áridos caminos de tierra en las pelis de indios y vaqueros, que a un medio de transporte del siglo XXI. De igual modo se equivocan quienes creen que, por haber salido de estudios de arquitectura megafashion, los aeropuertos actuales van a perder su consideración de apeaderos, como aquellos otros montados con cuatro tablones y que usaban los sufridos viajeros que, en tiempos de la conquista del Oeste, osaban ponerse en ruta aun sabiendo de las andanzas de saqueadores y del peligro de atravesar praderas cuya propiedad reivindicaban indios al galope con hacha en mano. Hoy día los viajeros siguen con el miedo en el cuerpo antes, durante y después del trayecto en avión. “Antes”, porque, cuando inicias la compra del billete, es difícil estimar su coste completo, pues la cantidad de extras es considerable y, ante el sablazo que sirve de epílogo, no hay VISA que no tiemble. “Durante”, por el desgaste que provoca todo cuanto ocurre desde que sales del lugar donde te has alojado hasta que aterrizas. Y, “después” del vuelo, porque queda la incertidumbre de si habrán perdido la maleta y la siempre certeza de descubrirle nuevas magulladuras.

En tal suplicio se convierte todo el asunto este de que si colas para facturar, agobios con los kilos de más del equipaje, que si sacar los líquidos, las cremas, los aparatos electrónicos para el control, que si esperas en asientos en los que es imposible adoptar una postura buena para la espalda, que si demoras, que si nervios por perder el vuelo de enlace, que si te tienen formando más y más colas -¡ay, por todo!- ante la puerta de embarque, en el finger o para subir al autobús que te lleva al avión, en el propio avión, etcétera, etcétera, que, lo dicho, las ganas de regresar a lo de siempre, siendo esto estimulante en mayor o menor grado, crecen de manera exponencial al tiempo que malgastas en este tedioso periplo.

Tanto que, cuando sales por la puerta del recinto, te encantaría echarte en los brazos de quienes aguardan sosteniendo cartelitos con los nombres de a quienes deben recoger o irte cuerpo a tierra y besar el suelo como hacía Juan Pablo II cuando aterrizaba en cualquier sitio o, al menos, ponerte a dar saltos de alegría por volver a aquello de lo que en su día huiste: los agobios rutinarios, los marrones habituales, los sinsabores diarios. Cualquier cosa se antoja mejor que el tostón presente.

¿Vacaciones? ¿Qué fue eso? ¿Morriña? ¿Añoranza? ¿Por qué razón?

Pon un aeropuerto en tu viaje de vuelta y di adiós al síndrome posvacacional. Mano de santo.

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de julio de 2017

 

 

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