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Posts Tagged ‘San Torcuato’

Publicado en Wadi As en su edición del 27 de marzo de 2013

 

¿Que cuántas fotos tengo de la Catedral, o de las cuevas, o de Guadix vista desde sus miradores? Pues unas cuantas. Más bien unas muchas. Siempre encuentro una razón para tomar una nueva fotografía: “si es que hoy hay una luz especial”, “si es que creo que esto no lo tengo desde esta perspectiva”, “venga ponte ahí que queda un encuadre perfecto”… excusas detrás de las que se esconde una fascinación que no sólo sienten accitanos que, como yo, vivimos fuera y con nuestras cámaras queremos quizás guardar esencia de pueblo que luego iremos dejando escapar durante nuestra prolongada ausencia. También embriaga a quienes, improvisada o deliberadamente, aterrizan en nuestra ciudad. ¿Qué es eso que tiene Guadix que no deja indiferente a quien por ella pasa?

 

Calle de la Concepción

 

Paseemos por sus calles un día cualquiera. Con los atascos típicos en los típicos sitios. Con gente que hace un hueco en su agenda mañanera para sentarse a desayunar. Con sus tiendas, en las que aún pueden verse a clientes y dependientes hablando sobre algo que no es el puro negocio que les ocupa. Con éste que saluda y aquel que se hace el despistao pero acaba saludando. Con los corrillos que se forman cuando te has encontrao con ésta y luego con la otra y, ¡claro!, tienes que dar cuenta de de dónde vienes y a dónde vas. Corrillos donde se desmenuza el tema de turno (“que si he oído que este año toca el Gordo en la lotería de tal Hermandad”, “que si me han dicho que en tal super hay una oferta de no sé qué”…) además, por supuesto, de los cotilleos folletinescos que no pueden faltar en ciudades con alma de pueblo, como es nuestro Guadix. Calles que pliegan el chiringuito y no están para nadie a las tres de la tarde. Calles que cuando reabre el comercio por la tarde quieren recuperar el ajetreo de la mañana, pero eso dura un poquitillo y más en invierno, cuando al calor de la mesa camilla se cuece la rutina de los hogares accitanos. Y la noche cae como un manto de silencio. Sssssh… silencio. Sí. A Guadix le gusta el silencio.

 

Catedral

 

Y aprovechando que está tranquilo, sumido en sus sueños, bien de un pasado glorioso, de un futuro aún por definir, podremos leer mejor entre las líneas del día a día guadijeño en busca de lo que convierte a Guadix en algo especial. Llegados a este punto no se escuchan las grescas que enzarzan a unos contra otros ni las rencillas mundanas que nos mantienen peleados con éste y aquella ni los odios y envidias que se generan justo cuando hay mayor roce y vecindad, como sucede en ciudades pequeñas como la nuestra. Dejemos a un lado las broncas que vienen y que van y también las modas que van y que vienen. Sin el peso de estos habituales “engasques” podemos captar mejor lo que permanece en el ambiente.

 

Iglesia de Santiago

 

 

Demos una bocanada de aire. Con ella tragamos humedad, que sale de las viejas casas de los viejos barrios, y también aromas a guisos de cuchara y pimientos asaos y bollos de horno. Demos otra y ésta nos llega junto al frescor de la mareta cortante que corre por las sombras, a las que siguen claros donde el sol nos pica incluso en invierno. El aire nos trae, con la tercera bocanada, el runrún de chistes que encierran lágrima y carcajada. En este mismo ambiente que acabamos de engullir perviven sentires unidos a usos y costumbres desde no se sabe cuándo y que se resisten a marcharse… como esas procesiones de barrio sin orden ni concierto, como ese salirse a las puertas en las noches de verano, como ese hacer de la arcilla un modo de vida y una forma de arte.

 

 

Cuevas

 

La arcilla, la tierra, ¡qué unida está al ser de Guadix! Y no sólo por el oficio alfarero ni por esas cuevas que preñan los cerros. Es algo que va más allá. Una prueba gráfica de que el accitano es hijo de la tierra está en ese séquito tintado de ocres que acompaña al Cascamorras cada 9 de septiembre. Echa un vistazo a esas fotos que guardas en tu álbum y verás como los cascamorreros se confunden con la piedra de la Catedral y los pardos campanarios de las iglesias y la argamasa de la Alcazaba y los cerros de Guadix, formando una sola cosa marrón, rojiza.

 

alrededores

 

Todo parece emerger de esa arcilla accitana que brilla con luz propia. La tierra de Guadix encandila y más en su contraste con el blanco de chimeneas y fachadas de cuevas encaladas, y con el celeste intenso que suele teñir el cielo guadijeño. Luz que también reside en las alameas verdes y en la vega regada por esa agua oculta que murmura bajo nuestros pies.

 

Peregrinos camino de Face Retama

 

Pero en Guadix no sólo tomamos contacto con la esencia de la tierra y el agua, sino también con la del fuego en las iluminarias que alumbran la fiesta de San Antón, o de las antorchas que acompañan a San Torcuato en la romería nocturna ante el santuario de Face-Retama, o de las velas que se queman por San Blas. Y qué decir del viento que juega a arremolinarse en los callejones de San Miguel, Santiago y Santa Ana, viento que nace en la Puerta Alta, coge impulso en las ramblas y lleva polvo hasta las balconadas de la Magdalena y la Bala, y hasta las cimas de los cerros que cercan buena parte de Guadix.

 

Guadix desde el cerro de la Bala

 

Y el tiempo. En Guadix el tiempo se mide por lo que una orza tarda en cocerse, o en trabarse la salsa de un arroz caldoso, o en fermentarse el vino cosechero, o en formarse una cuadrilla de costaleros, o en coger hechura un tocinico de cielo, o en crecer el esparto y el romero, o en irse el día y venir la noche, o la lluvia en empapar la arcilla que luego el sol seca y luego la lluvia vuelve a mojar y que el alfarero usa para moldear una orza que tarda lo suyo en cocerse y…

 

Enseres de arcilla

 

El espíritu de Guadix, eso que tiene Guadix que tanto seduce, cabalga en el punto donde este tiempo peculiar y ese espacio, conformado por tan puros y rotundos elementos que lo dotan de tan hermosa simplicidad, convergen para ofrecer a quien lo experimenta una oportunidad de avanzar por su propio sendero, sin más compañía que la de los propios pesares. Ciertamente Guadix ejerce como cruce de caminos, pero de esos que uno tiene que ir tomando en la vida. Sólo hay que hacer un pequeño esfuerzo y evadirse de las bajas pasiones para descubrir a ese Guadix auténtico que sobrevive bajo el Guadix de nimias historias. Y es éste Guadix lento y arcaico y primario el que impide el olvido en el visitante ocasional, incluso en su hijo más descastado. Este Guadix no cabe en las 1.210 palabras de este artículo. Es un Guadix personal que hay que vivirlo y al que hay que dejar que cuente a cada cual lo suyo. Así ejerce Guadix como lugar de paso. Así es como invita a tener siempre la maleta lista para emprender, una y otra vez, este viaje por los sentidos.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 7 de septiembre de 2012

 

Muchas veces pienso si llegará el día en el que me levante por las mañanas sin acordarme de que allí, en Guadix, en su comarca, está a punto de empezar tal o cual festejo. Pero en el fondo creo que no, que nunca ocurrirá esto. Este calendario de hitos accitanos, que se me activa de manera automática, lo tengo tan incorporado que ya esté haciendo lo que fuere, que dedico unos minutejos a figurarme lo que allí, en mi tierra, se está cociendo. ¡Ay, la tierra, al final salió la tierra a relucir! Y es que la unión del accitano a su tierra es intensa, fuerte el vínculo que impide el olvido. No soy la única. La robustez de las raíces del guadijeño está ahí, en mayor o menor medida, en otros tantos cientos de paisanos dispersos por esos mundos de Dios con los que he podido hablar al respecto.

 

Basta con reparar en las tradiciones más de Guadix y comprobamos enseguida que contienen la impronta telúrica: sobre tierra se asientan las lumbres que le queman las barbas a San Antón; por ramblas llega el peregrino a Face Retama, santuario de San Torcuato; las habas, hijas de esa veguilla bendita, son bocado exquisito en los mayos accitanos; y ¿qué decir de los belencicos de Guadix, en los que la cueva es tan protagonista como el buey y la mula?, ¿y de la arcilla de la cerámica que decora nuestras casas, en la que comemos y bebemos? Y, por supuesto, el Cascamorras, una de nuestras fiestas donde está más presente este vínculo del corazón accitano con la tierra.

 

Esta unión está en el origen mismo del litigio -que la tradición sitúa en el siglo XVI-; esto es, el hallazgo, por parte del accitano Juan Pedernal, de una virgencica mientras éste se hallaba trabajando la tierra en el término municipal de Baza. Y es la térrea ligazón la que sustenta el argumento de los bastetanos para reclamar la estatuilla: “Está en nuestro territorio; es nuestra”. Y por caminos de tierra marcharon hacia la ciudad vecina un puñado de accitanos, encabezados por Pedernal, el primer Cascamorras, para intentar llevarse consigo la imagen. Y también son colores terrizos, además de otros tintes azulados y tiznajos negros de aceites y grasas, los que tiñen los cuerpos y ropas de los acompañantes cascamorreros, y esto, la mancha, es la viva muestra del fracaso de la encomienda, pues es condición para hacerse con la figurilla conseguir llegar sin pintar desde las afueras de Baza al templo de la Merced, que guarda la virgen. Y sí, son cerros los que enmarcan la carrera en ambas ciudades. Y sí, la fiesta del Cascamorras es, al fin, la historia de un destierro total, el de estar en un eterno ir y venir Guadix-Baza-Guadix al que está condenada el alma de Juan Pedernal, que se encarna año tras año para revivir tan vieja contienda, y que es pintarrajao por los bastetanos, pero también por los accitanos al no haberse podido apoderar de la imagen. La tierra-Guadix-los accitanos conforman, como se ve a poco que uno escarbe, un vínculo imposible de romper.

 

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 11 de mayo de 2012

 

Camino a Face Retama desde Benalúa

 

Y al final uno repara en la importancia de cuidar las raíces como garantía de seguridad ante tanto cambio que sacude nuestro día a día. Y al final uno se ve en la necesidad de apearse del carro de vida loca en el que se ha estado viajando y hacer el camino andando, a ver si con el aire fresco esas ideas que conducen a algo terminan por cuajar. Y al final acaban llegando a nosotros esas ganas de ir más allá de lo que venden los anuncios, de lo que prometen en televisión, de lo que aporta placer momentáneo, llenándonos de preguntas que reclaman un único sentimiento: fe. Y al final va a resultar que, al final del final, nos queda como referente San Torcuato, nuestro patrón, cuyo rastro se pierde en los mismísimos orígenes de Guadix como ciudad; cuyo nombre forma parte del grupo de los llamados “Varones Apostólicos” (pioneros en la evangelización hispánica); cuya encomienda le costó la vida en el paraje de Face Retama, destino de romerías sin carrozas engalanadas, sin abarrotamientos de gente, sin vestuario de postín, en las que, sin embargo, uno, si quiere, si lo busca, puede llegar a conclusiones tan profundas como éstas.

 

Face Retama. Vista de la ermitilla desde la vieja hospedería

 

Si estáis en Guadix este fin de semana, los que os sentís cristianos y además mu de Guadix no podéis dejar de participar en la peregrinación hasta este lugar santo. Es mucho y muy intenso lo que se vive en el camino. En el camino se comparten tentempiés y silencios. A los llanos le suceden repechos, y luego vienen llanos, y luego… apetece hablar, pero también escuchar el sonido de los matojos de aromáticas mecidos por el viento. Lo mismo uno elige perder su mirada en el amplio cielo que se abre sobre uno, que hundirla en la tierra y las piedras del sendero.

 

Peregrinos camino de Face Retama

 

 

Se alternan los comentarios sobre el transcurso de un partido de fútbol con el rezo de un padrenuestro, que sale así, sin querer. La normalidad se da cita en esta experiencia del camino a Face Retama, meta que se alcanza no sin cierta fatiga. Pero ahí no acaba el asunto.

 

La misa en la ermitilla se oficia en esa misma sencillez -lo que ayuda a centrarse en lo que hay que centrarse- y bajo la misma voluntad de compartir -…sitio escaso en los banquitos, cánticos improvisados,…-, que sigue respirándose después, en la procesión con una imagen pequeñita del santo sobre unas andas mínimas, en la que los peregrinos encienden la noche portando antorchas. El fuego que limpia y purifica, presente en otra fiesta mu de Guadix, como es San Antón, no falta tampoco aquí.

 

Procesión de las antorchas. Face Retama 2011

 

Y aquí tengo que detener mis palabras, porque ya no sirven para expresar lo que allí pasa. Recuerdos de infancia, reencuentro con amigos, caras conocidas, dichos añejos accitanos que, de repente, vuelves a oír en la boca de alguien… y tierra y cielo, y camino y fe. Y, al final, San Torcuato, al que tanto le debemos en Guadix, como pueblo y como cristianos.

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Dado el sábado 14 de mayo de 2011 en la S.A.I. Catedral de Guadix

Accitanas y accitanos, amigas y amigos,

Conservo unas ramillas de tomillo de mi última visita a Face Retama. Cuando las cogí pensé que, al olerlas, al tocarlas, al verlas después, cuando tuviera que empezar a preparar este pregón estando lejos de Guadix, me ayudarían a poner por escrito lo mucho que siento cada vez que hago el camino a pie hasta este paraje en el que, según la tradición, dieron muerte a San Torcuato. Aunque se les ha caído mucho verde y están ya muy secas, mantienen el suficiente aroma como para hacerme olvidar que estoy a miles de kilómetros entre gentes muy distintas, el suficiente como para verme iniciando el camino una vez más.

La peregrinación arranca del Arco de San Torcuato de Guadix

Aunque hay diversas maneras de llegar a Face Retama, el recorrido que siempre he seguido y que, por consiguiente, emprendo en este viaje imaginario que comparto con vosotros, es el que parte del Arco de San Torcuato de Guadix, sigue por el río hasta Benalúa y, atravesando esta localidad, continúa por una carretera de tierra que arranca de las inmediaciones del cementerio. Esta senda discurre entre cipreses y pinares, que dan paso después a cerros de retama y esparto, cerros de arcilla cobre que se cubre de un mantillo verde en los años de lluvias generosas.

Cipreses y pinos en el arranque del camino a San Torcuato que emprendo con vosotros

Como muy bien sabéis más de uno de los que estáis aquí, la brisa, la misma que levanta el polvo de las ramblillas, la misma que arrastra las pelusicas de las alaméas, se encarga también de varear todas estas plantas aromáticas y, como un aplicado monaguillo, nos va incensando a nuestro paso.

Hay algo muy especial en esta romería que se hace el sábado de la semana anterior a la fiesta grande del 15 de mayo. Hay un impulso muy particular que lleva a más de uno –y de dos- de los que estamos aquí a reservar la tarde de ese sábado para subir a Face Retama, siempre que las circunstancias lo permiten. Aunque no nos atrevamos, así en un primer momento, a ponerle un nombre a este sentimiento, sabéis muy bien a lo que me refiero, porque es algo que uno vive mucho y que percibe también en los demás. ¿Qué es ese algo? Así de primeras podríamos decir que vamos a esta romería porque somos mu de Guadix, y es de recibo participar en los actos que se programan en el pueblo. O por estirar un poco las piernas después de una semana de duro trabajo. O porque un año fuimos y nos gustó tanto que procuramos no faltar a la cita, o al menos a la procesión nocturna de las antorchas que se hace después por los entornos de la ermitilla. Pero aunque digamos esto, aunque demos otras razones similares, sabemos en el fondo que hay algo más profundo, algo que sentimos más adentro, que es lo que nos levanta del sofá y nos anima a ponernos en camino. Hablar de estas cosas del alma nos da vergüenza. Pero como aquí estamos entre amigos, entre paisanos, y al amparo de la Catedral, donde nada malo puede ocurrir, se pueden hacer este tipo de confesiones que tanto nos cuesta compartir.

Precisamente en el camino rumbo a Face Retama se pasa uno toda la tarde compartiendo. Es curioso cómo en nuestro día a día cada vez somos más reacios a compartir. El miedo a ser traicionados, a ser ninguneados, a ser malinterpretados, a ser ridiculizados, a ser aislados, a ser reprendidos… el miedo, siempre el miedo, nos lleva a sujetar nuestras emociones y contener nuestros actos. Sin embargo, existen ocasiones, como este momento que ahora estamos compartiendo, o como esa romería que muchos de los que estamos aquí hemos hecho, en las que uno se suelta una mijitica, y no le importa compartir conversación, dulzajos o acuarius, con amigos de Guadix de toda la vida, pero también con otros tantos con los que jamás antes habíamos mediado palabra alguna. Una parada al borde del camino para echar un trago de agua sirve como perfecta excusa para romper el hielo y hacer un comentario a ese o esa al que no ponemos cara ni nombre. Pero no importa. Compartes y punto.

Por compartir, compartes hasta suspiros con estos a los que no conoces, al sentirte formando parte de un paisaje que parece salido de las manos de un caprichoso artista, al que le ha dado por plegar por allí la arcilla -rojiza, ocre, amarillusca…-, por estirarla y motearla de verde por allá, y colocar el conjunto delante de una enorme sierra de altas cumbres grisáceas con manchitas blancas en sus cumbres, que se recorta ante un cielo en el que emplea prácticamente toda la paleta de color. La amplitud que se abre entre uno y el punto más lejano del horizonte empequeñece. Tan acostumbrados estamos a la desmesura, a lo sofisticado, que nos desarman tan sencillos elementos: arcilla, esparto, tomillo… como el que cogí de una mata del camino a Face Retama.

Vista de Guadix desde un punto del camino

Con los compañeros de camino, conocidos o no, compartes también silencio. En el camino uno no está obligado a guardar silencio, pero en muchos momentos del trayecto, éste se acaba imponiendo. Quizás sea por la fatiga que se va acumulando. Quizás te has adelantado tanto al grupo, o quizás te has quedado tan rezagado, que las conversaciones que mantiene el resto de la gente se pierden bajo el sonido de los pajarillos o de las ramas de los árboles y matorrales mecidas por el viento. Quizás no hables porque simple y llanamente  no te apetece, y punto. El caso es que, en más de una ocasión, en esta romería a Face Retama uno acaba escuchando únicamente sus pasos, acaba sintiendo solamente el peso de su mochila y tragando saliva con la tierra que se pega en los labios. Estos minutos de silencio, de absoluta intimidad, estos momentos, tan raros en nuestro día a día lleno de gritos, te alcanzan en este camino parco en oros, pero rico en silencio, que conduce al santuario de San Torcuato.

Los carteles, pintados a mano, nos recuerdan nuestro destino: "A San Torcuato"

Estos momentos de silencio nos brindan la oportunidad de estar a solas con nosotros mismos, un lujo que ni todos los lujos del mundo nos pueden ofrecer. Y estos momentos de recogimiento nos ayudan a aclararnos sobre dónde estamos y a dónde vamos: “A San Torcuato”, como recuerdan los carteles, con las indicaciones pintadas a mano, que hay distribuidos a lo largo de los itinerarios principales. Y sí, es en este silencio que acude a nuestro encuentro, en medio de un paraje desnudo de artificios que nos invita a aparcar los miedos y a compartir, cuando el caminante descubre que es peregrino y que lo que le lleva a ese recóndito lugar es el cariño al santo patrón y la fe en un Dios vivo que nuestro santo patrón trajo a nuestra tierra hace ya muchos, muchos años.

Desde muy pequeña mis familiares, mis maestras, mis catequistas me criaron en el cariño a San Torcuato. Pero es este camino que emprendo a Face Retama una y otra vez, bien con los pies sobre el terreno, bien con el corazón sobre el recuerdo, lo que me ayuda a darle sentido a lo aprendido de mis mayores. Y esto sucede porque en el silencio del camino uno huele mejor, y oye mejor, y siente y vive mejor y más claro que hay lazos que no pueden romperse por mucho que la vida te haya llevado a otros sitios. Qué tendrá esta tierra roja que corre por las venas de sus hijos aunque estos estén bien lejos. Qué tendrá para que el hilo que hilvana la historia de Guadix permanezca intacto aun pasadas muchas generaciones desde que todo empezó. En el camino a Face Retama, rodeado de los elementos más característicos de la tierra que nos parió, sentimos cuán fuerte sigue estando ese vínculo, el peregrino siente reforzada su identidad guadijeña.

Lo más auténtico de nuestra tierra se da cita en Face Retama

San Torcuato, cuyo culto se remonta a tiempos pretéritos, permite por tanto acercarnos a ese Guadix remoto que sigue latiendo a través de las tradiciones mantenidas a pesar del paso del tiempo, y del peso del olvido, que se cierne, como una amenaza del mundo global, sobre este otro antiguo y lleno de matices. Celebrar San Torcuato nos lleva al Guadix más auténtico. Vivir las fiestas de San Torcuato nos hace ser inequívocamente accitanos. Nos une al color, calor y olor de la primavera en nuestra tierra, con sus campos preñados de habas; a los cuetes con los que nos gusta festejar nuestros días más señalados; al sabor de las tortas salás y de azúcar que preparan en estas fechas los hornos de nuestros barrios y que ofrecen, sin complejos, los bares más veteranos de nuestra ciudad; al olor a la cáscara de naranja friéndose en el aceite al que se echará la masa de esos roscos, mu de Guadix, que también se preparan por Semana Santa. Y a los bordados de las faldas y corpiños, y a los lazos de colorines y las castañuelas, y a las chillonas bandurrias y las calmadas guitarras de las rondallas de toda la vida, con sus temas imprescindibles: “Mi pueblo”, “Carrascosa”, “Fox Serenata”, “El vals de la Marujilla”, y por supuesto “La guajira” y “El fandango de Guadix”, típicos de estos días.

El camino a Face Retama nos conduce a la esencia en la que descansa la razón de ser de Guadix y de los pueblos de la diócesis, esencia empapada de la fe cristiana que, junto a sus compañeros de viaje los Varones Apostólicos, predicó nuestro patrón en estas latitudes. ¡Cuánto tenemos que agradecerle! Por San Torcuato fuimos de los primeros de la Península en reconocer que el camino de la fe en Cristo Jesús resucitado dota nuestro día a día de un sentido. Por San Torcuato aprendimos a querer a la Virgen María como madre nuestra. Y por este sentimiento religioso y espiritual en el que aquellos accitanos de aquel Guadix que recibió a San Torcuato educaron a sus hijos, y estos a sus hijos, y estos a los suyos, y así a través de los siglos, hasta llegar a nosotros, puede explicarse la permanencia en nuestros días de tradiciones muy unidas a la idiosincrasia accitana, a la vocación cristiana.

Es por esta fe que echó raíces hace tantísimos años por lo que tiene sentido que nos echemos a las calles cada primavera para expresar cuán hondo hemos interiorizado la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, o cada segundo domingo de noviembre para acompañar a la imagen de nuestra patrona, la Virgen de las Angustias; o que por cada San Antón hagamos iluminarias para quemarle las barbas al santo; o que cada 3 de febrero le pidamos a San Blas que nos libre de las afecciones de garganta; o que cada mes de mayo le hagamos las flores a María, que celebremos la fiesta de la Virgen de Fátima, patrona del barrio de Fátima de las Cuevas, o que marchemos rumbo al Rocío; o que en La Estación se preparen las fiestas en honor al Sagrado Corazón de Jesús, o que saquemos en procesión a la Virgen del Carmen, y después hagamos lo propio con Santa Ana, y ya en agosto, el barrio de las Cuevas de Gracia celebre a su Reina y Señora. O que la Virgen de la Piedad convoque a accitanos y bastetanos en una tradición compartida, la del Cascamorras, quien acaba su carrera en el antiguo convento de Santo Domingo, hoy parroquia de San Miguel, de la que su santo titular sale en procesión en septiembre.

O que, en definitiva, los distintos pueblos que conforman esta diócesis en la que San Torcuato sembró tanto bueno, levanten sus fiestas más sentidas sobre los pilares de la fe. Porque aunque estas líneas que hoy dedico a nuestro patrón se refieran fundamentalmente al vínculo que une a Guadix con San Torcuato, no podemos olvidar que San Torcuato también merece la devoción del resto de pueblos de la diócesis de Guadix-Baza. En este sentido, me parece muy acertado el hecho de que este año se haya decidido implicar a sacerdotes procedentes de diversas parroquias de la diócesis en los cultos a San Torcuato, custodio también de otras tantas localidades que duermen bajo otros cielos, como es el caso de Celanova, ciudad hermanada con Guadix, y que acoge parte de las reliquias del santo.

San Torcuato nos trajo la fe que da sentido a todas estas fiestas marcadas en rojo en nuestro calendario, fe que da sentido a cada una de las acciones de nuestra vida, aunque no siempre seamos conscientes de ello. El silencio del camino a Face Retama ayuda bastante a descubrir la huella de San Torcuato en nuestro ser cristiano, en nuestra identidad accitana. Reivindicarnos como accitanos implica, por tanto, reconocernos como seguidores de San Torcuato.

Queridos paisanos,


En esta romería a Face Retama no hay carrozas engalanadas ni coros que dirijan las canciones que se suceden a la largo de la misa que se dice en la ermitilla tras la llegada de los peregrinos ni un protocolo claro en la procesión de las antorchas. Sin embargo, si uno deja que el camino pase por él, si uno acude con el corazón abierto a Face Retama, logra conectar con el accitanismo más puro y con ese mensaje de esperanza por el que San Torcuato dio su propia vida. Al fin y al cabo, éste es el espíritu que una romería persigue: remover la fe del penitente, llenarla de motivos. Da vergüenza expresar las cosas del alma así, a bocajarro. Pero cuando la experiencia es intensa, entonces la convicción con la que se cuentan las cosas toma fuerza. Yo lo cuento porque yo creo. Y creo porque lo siento.

Imagen tomada en el transcurso de la romería 2011

Y lo que, en verdad, siente quien participa en esta peregrinación, no es sino la fe. La fe es lo que nos empuja a ponernos la gorra-visera, el chándal y a tirar pa’lante, esa misma fe que te lleva a acudir al quinario, y a venir a las vísperas y a este pregón, y a asistir a la Pontifical y la procesión de mañana, y a comprar tortas y habas y comerlas en estos días, y a implicarse en la organización de las fiestas patronales, y a sacar fondos de debajo de las piedras con los que cubrir los costes de la rehabilitación del patrimonio santorcuatero. Y a recuperar viejas recetas que las familias mu de Guadix reparaban por este tiempo, y a investigar las músicas y danzas con las que los accitanos han venido celebrando estos festejos. Uno no lleva consigo a San Torcuato sólo porque tu abuela o tus titos o tus vecinos te insistieron en que así lo hicieses. Ni sólo porque resulta pintoresco, empujados quizás por esa vuelta a lo rural que ahora parece llevarse. Lo hacemos por fe. Ese algo que cada uno siente con una intensidad y unas maneras propias y que le mantiene unido a San Torcuato a través de unas costumbres, unas tradiciones, unos recuerdos, es la fe por la cual él ejerció de mensajero hace tantísimos años.

Las comidas típicas, los certámenes musicales, las romerías populares, todas estas manifestaciones sociales y culturales han sobrevivido a través de los siglos y a pesar de las modas, porque hay una fe que le da sentido. Todos los que estamos aquí esta tarde creemos que la muerte no es el final, que estamos en este mundo porque hay un plan divino detrás de cada uno de nosotros, que tenemos que descubrir y poner en práctica. Actuamos movidos por la fe. ¡Cuánto tenemos que agradecerle a San Torcuato! Haber fraguado los cimientos sobre los que se iría construyendo la identidad accitana, la identidad de los pueblos de esta antiquísima diócesis es algo que no tiene precio.

Sólo desde la fe en nuestras creencias, sólo desde el convencimiento de nuestra accitanidad, podremos corresponder a la generosidad que nos brindó nuestro santo patrón. Somos mu de pedir y mu poquito de agradecer, pero es de justicia darle las gracias tantas veces nos sea posible. Sentirse cristiano y llamarse accitano, o bastetano, oscense, benaluense, o con tantos gentilicios como pueblos habitan esta parte norte de la provincia de Granada, implica venerar a San Torcuato, y hacerlo con esa misma entrega con la que se ofreció a nuestros antepasados, hacerlo con amor.

Si se hace bajo estas coordenadas, no solamente mantendremos a San Torcuato presente en nuestros días, sino que seremos capaces de transmitir a nuestros hijos todo esto. Y si lo hacemos con suficiente fuerza, nos aseguraremos de que los hijos de nuestros hijos hagan lo propio con sus hijos, y estos con los suyos.

Avituallamiento tras la caminata

Cuando uno pone alma, vida y corazón en las cosas, no solamente salen mejor, sino que hasta tienen un efecto contagioso. Para explicar esto que os cuento, os invito a volver conmigo al camino a Face Retama, cuyo relato he dejado justo en el punto en el que el antes caminante, y ahora peregrino, llega a la explanada donde está la ermita y la vieja hospedería.

El olivo que nunca se seca

Y es que las experiencias no acaban con la llegada a meta. El camino sirve de preparación para lo mucho que se vive allí, donde todo cabe, donde todo encarta: un rezo al santo… y un bocao a la torta de aceite o un pedacico de jamón; lo mismo uno abraza a ese amigo a quien no ve desde hace mucho tiempo, que va a visitar ese olivo enorme que, según la tradición, no se ha secado a pesar de los muchos años que tiene; lo mismo se echa un trago de vino, eso sí, con un “¡Viva San Torcuato!” por delante, que hasta puede que, viendo caer la tarde, se le escapen sin querer algunas frases del Padrenuestro, a las que pueden seguirle unas cuantas Avemarías totalmente queriendo; y puede incluso que los ojos se empañen de nostalgia al recordar los “santorcuatos” de la infancia en los que, vestida de aldeana, o como músico en una rondalla, bailabas o tocabas el “Fandango de Guadix”; y puede incluso que esboces una sonrisa de oreja a oreja al haber traído al presente la imagen de tu madre atiborrando la cesta de rosas, habas, nísperos, naranjas y demás frutas que debías llevar durante la procesión del 15 de mayo. Y claro que te resultará inevitable verter otras cuantas lágrimas en recuerdo de los abuelos y titos y padres que ya no están y que te enseñaron a querer a San Torcuato, que te educaron en la fe cristiana que San Torcuato trajo a Guadix, amigos, parientes de quienes aprendiste que llevar a Guadix en el corazón es una encomienda que no puedes olvidar. El fresquito que cubre Face Retama cuando cae la noche, puro, limpio, te lleva a ese otro fresquito que desprenden las hierbas recién cortadas que echan sobre las calles de Guadix por las que discurre la imagen del patrón y sus reliquias en su día grande.

Y, con todo esto bullendo dentro de uno, el que iba con la idea de estirar las piernas, el que iba con la idea de hacer el camino por eso de que hay que cumplir, el que iba con la idea de pasar el rato con los amigos, el que iba con cualquier otra idea, se va inundado de recuerdos del ayer a partir de las vivencias del momento, y ¡qué agustico se está! Y uno está tan cómodo, uno se siente tan sumamente bien que esa alegría, ese bienestar se contagia.

Imagen de San Torcuato que procesiona en Face Retama

Y cuando, después de la caminata, de la merendola, de la misa, te toca aguantar la antorcha en la procesión, ya ni reparas en ese o aquel, ni en esto ni en aquello. Ni te importa siquiera si alguien acerca su llama peligrosamente a ti. Ni ya tienes en cuenta la de espiguicas que se te han pegado en los calcetines. Estás en la gloria flotando entre tantas emociones. Pero lo mejor es que notas que no eres el único. Lo sientes en el ambiente.

Procesión de las antorchas en Face Retama

Si, como accitanos y cristianos que nos reconocemos, queremos honrar a San Torcuato y garantizar que los cristianos y accitanos que vengan después de nosotros sigan queriendo a nuestro santo patrón, tenemos que transmitir este sentimiento con tanta pasión como para prender el entusiasmo en quien no lo ha vivido aún. Sólo cuando estemos convencidos de por qué se ha mantenido íntimamente unido a Guadix el culto de San Torcuato, por qué ha sobrevivido a tantas vicisitudes históricas, por qué nos ha llegado heredado y por qué nosotros debemos de hacer todo lo posible por que, lejos de perderse, tome mayor fuerza, sólo entonces podrá nuestra palabra, nuestros actos coger suficiente impulso como para que aquel que jamás se ha sentido llamado a participar en estas fiestas, empiece a hacerlo.

Si lo hacemos con convicción, no nos dará vergüenza vestirnos de aldeana ni será para nosotros un suplicio dejar de ir al Zapillo o de compras a Granada para quedarnos en Guadix para ver la procesión del día 15 o para ir en sus filas representando a nuestra cofradía de Semana Santa ni tampoco nos resultarán indiferentes los actos religiosos y culturales que se programen ni nos costará esfuerzo alguno animarnos a ser costaleros de San Torcuato o a hacer la peregrinación a Face Retama.

Si creemos en lo que hacemos, si desde lo más profundo de nuestro ser comprendemos la importancia que San Torcuato tiene en nuestras vidas, entonces podremos estar preparados para transmitir a nuestros hijos, sobrinos, nietos, a nuestros vecinos, ese ímpetu que nos lleva a recordar, allá donde estemos, el sabor de las tortas y las habas, o a brindar en honor de San Torcuato cada vez que se tercie.

Y esta transmisión tan poderosa la haremos de la mano de las costumbres en las que hayamos conectado mejor con esas sensaciones. A cada uno de nosotros nos unen a San Torcuato unas vivencias muy particulares. Cada uno de los que estamos aquí tenemos nuestras propias razones por las que reservamos un lugar en nuestro corazón para nuestro patrón, y ese algo es lo que debemos transmitir a nuestro hijos, sobrinos, nietos, vecinos. Cada cual inculcará de una manera distinta el cariño a San Torcuato y pondrá en valor la gran obra que desarrolló en nuestros pueblos.

Lo importante es que esa transmisión la hagamos desde el respeto por ese hilo que une a las gentes de Guadix a través de la historia. Si preservamos la esencia podremos incluso sumar nuevas costumbres, acordes con los nuevos hábitos sociales. En un futuro puede que ya no se haga tal o cual cosa en honor de San Torcuato, y sí otras, pero, sin embargo, debemos garantizar que venga lo que venga, la “santorcuatitis” siga emanando de esas nuevas formas.

Demostrado el “quiénes somos”, y repasado el “de dónde venimos”, así podremos resolver el “a dónde vamos”. Y para que ese “a dónde vamos” sea algo sólido y consistente, debe sustentarse sobre la línea de la tradición, de lo que llevamos en la sangre esperando a ser reactivado.

Queridos paisanos,

Yo me he criáo en un entorno en el que San Torcuato ha sido, es y será muy querido. Los primeros “culpables” son mis padres. Para que os hagáis una idea de su “santorcuatitis”, os doy un par de datos: no hay brindis en mi casa que mi padre no le dedique a San Torcuato y no hay detalle de comidas, atuendos y costumbres santorcuateras que se le escape a mi madre. Además, tengo metío mu dentro el aroma de la salsa torcuatina en la que mi abuela María guisaba la ternera el día de San Torcuato, abuela en cuya familia, por cierto, había más de un Torcuato y entre cuyos miembros estaba el arcediano Juan José Valverde, a quien le debemos la letra del himno a nuestro patrón.

Guardo también la imagen de mi abuelo Sebastián acompañando a San Torcuato en las filas de la procesión, si bien ya lo había acompañado antes en la misa Pontifical, antes en el quinario y siempre en las muchas visitas que solía hacerle en su capilla de aquí, de la Catedral. Otro dato interesante es que mi abuelo Sebas le pidió la mano a mi abuela María un día de San Torcuato. Ahí queda eso.

Era inconfundible el olor que desprendían aquellas primeras habas verdes que mi abuelo Manuel nos llevaba a casa. No serían las habas más grandes ni las más bonitas, pero sí las más sabrosas de Guadix. Desde luego que entraban de lo lindo en aquellas merendolas que hacíamos en su campo, desde el que se tiene una vista preciosa de Guadix con su Catedral, su Alcazaba, sus cuevas, y la Sierra como perfecto telón de fondo. ¡Y menudos San Manueles se organizaban los unos de enero en su casa! Fiestas en las que eran imprescindibles dos cuestiones: el arroz caldoso y el conciertillo rondallero que rápidamente los comensales improvisábamos. ¡Y es que músicos no faltan en mi familia!

Y hablar de San Torcuato para mí es también ver a mi abuela Encarna sentada en primera fila en aquellos certámenes de bailes tradicionales organizados por accitanistas incondicionales -aquí veo a unos cuantos-, en los que yo participaba junto a mis compañeros de clase de la Divina Infantita, además de otros muchos grupos, como el de la Presentación de Guadix, de Benalúa, Hernán-Valle, o la rondalla Accitana o la que dirigía mi tito Pepe, siguiendo la tradición musical del tito Cándido y el tito Frasquito, fundadores de la rondalla de la Escolanía. Mis maestras también tienen parte de culpa en mi “santorcuatitis” –y esa paciencia de la Seño Lourdes de enseñarnos a bailar el “Fandango de Guadix”-.

También mis catequistas, que nos recordaban, año tras año, cómo la fe nos llegó gracias a San Torcuato y sus compañeros de viaje los Varones Apostólicos: Segundo, Indalecio, Tesifonte, Eufrasio, Cecilio y Hesiquio. Y también entonces resultaba muy frecuente escuchar en las misas cómo los sacerdotes hacían continuas referencias a San Torcuato, al que incluso dedicaban oraciones especiales.

Ésta es la transmisión que recibí de mis mayores. Vosotros estáis aquí porque también habréis tenido quienes os hayan enseñado a querer a San Torcuato. Y cada uno de vosotros tendrá imágenes, anécdotas unidas a nuestro patrón. A todos los que estamos aquí nos une el cariño a estas fiestas de Guadix de toda la vida, y la convicción de que San Torcuato, quien tanto hizo por nosotros, sigue tutelándonos desde el Cielo. Por tanto, todos nosotros, los santorcuateros de corazón, tenemos que corresponder a lo mucho que hemos recibido. Ya sea como ciudadanos o gobernantes, desde el sacerdocio, la catequesis, el colegio, como hermanos, padres, abuelos, como accitanos debemos pasar del dicho al hecho, del traje de aldeana y de un “¡Viva San Torcuato!” espontáneo, a un compromiso sostenido.

 Durante un momento del pregón

De nosotros, de todos los que estamos aquí y de los que, me consta, están aquí con el corazón, depende prender la llama en quien nunca ha sentido nada por esta fiesta y que, cuando llega el día 15, se desentiende por completo. Si lo hacemos con convicción, sabiendo por qué hacemos lo que hacemos, participar de las fiestas de San Torcuato no nos resultará ni ridículo ni pesado ni una pérdida de tiempo, sino algo muy grande y muy importante, fundamental en nuestra vida. Si ponemos el alma en lo que hacemos, nos será fácil contagiar de este entusiasmo a todos los que aún no han emprendido este viaje a la esencia de Guadix, a la esencia de esa Buena Nueva por la que San Torcuato dio su vida.

Cultivemos el orgullo torcuatero, el orgullo accitano. Que cada cual lo exprese como lo sienta: vistiendo el atuendo típico, con unas flores el día de la ofrenda, con una vela en la procesión, con una oración cuándo y dónde se desee, con un “lo que sea” que impida que caiga en el olvido. Ése sería el mayor desprecio que le podemos hacer a quien tanto hizo por nosotros. Hacen falta manos, nuestras manos, y bocas que cuenten y canten, sin complejos ni vergüenzas, que somos mu de aquí, mu de Guadix ¡y que viva San Torcuato!

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