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Posts Tagged ‘tiempo’

Publicado en Wadi As en su edición del 19 de septiembre de 2014

 

La vida pasa rápido… demasiado como para que, encima, hagamos nosotros por acelerar el asunto aún más.

Queremos coches, trenes, aviones que sean más y más veloces; que nuestros niños empiecen pronto, muy pronto a gatear y a caminar y a comer solos y a hablar (y…); que nuestros deportistas hagan más y más récords. No sé si realmente nos hace más eficientes este pulso continuo que, con una soberbia ridícula, pretendemos mantener con/contra el tiempo, y que está detrás de todas esas voluntades que antes enumeraba. Quizás sí que consigamos arañar unos cuantos minutejos, pero, ¿a qué precio? ¿Qué supone, en verdad, esta contrarreloj permanente? ¿Qué factura debemos pagar por ello? Me refiero a que estamos tan obsesionados por ganar esta carrera que somos incapaces de ver que de antemano la tenemos perdida. El tiempo pasa impasible. Nuestros agobios y desvelos desde luego que no alteran en absoluto el curso de las cosas. A nosotros se nos antoja que todo va a velocidad de vértigo, pero esto no se debe si no a que queremos hacer mucho en poco, y el tiempo es el que es; no se va a estirar más por que le pongamos ojitos tiernos. De manera que sí que tenemos medios de transporte más veloces y más niños precoces y plusmarquistas impresionantes, pero sufrimos altísimos niveles de angustia, estrés, frustración… de depresión, enfermedad significante y definitoria del mundo desarrollado, en especial.

Pienso en esto mientras observo perpleja las estanterías del supermercado de mi barrio llenas ya de productos navideños. Aún quedan restos del menaje de verano –barbacoas, neveras portátiles, hamacas- y ya están ahí las obleas (Oblaten), las galletas amazapanadas (Lebkuchen) y las especiadas (Spekulatius), los bizcochos con pasas (Stollen), el habitual amplio surtido de “papanueles” y otras galguerías similares de chocolate, vamos, todo lo que por aquí se come por Navidad. ¡Y disponible desde primeros de septiembre!

Esta antelación, a mi juicio excesiva, no obedece tanto a una estrategia comercial del sector de la alimentación, como a la vorágine en la que nos movemos y existimos. Esto tampoco es por facilitar al consumidor el acopio de viandas antes de la subida de precios típica de diciembre. Que no, que no. Que tiene más que ver con los trenes de alta velocidad, con los críos acelerados y sabiondos, con los atletas-superhéroes. Y, qué quieren que les diga, que tanto correr, ¿pa’ qué?, si el riesgo de que uno la espiche y se vaya to’ al garete está ahí, a la vuelta de la esquina. Y será entonces, cuando sus amigos y familiares vayan a presentarle sus respetos en el poco tiempo que hayan podido birlarle al tiempo, cuando el tiempo evidencie que de poco sirvió aquel coche que pasaba de 0 a 100 en un santiamén, o haberle metido tanta bulla al chiquillo que si con esto, que si con aquello, o por supuesto haber tenido como ídolo a éste, aquel superdeportista. Apostar por lo rápido, vivir en la urgencia no es garantía de nada.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 13 de abril de 2012

 

Definitivamente aquí el personal está hecho de otra pasta y aguanta el ritmo vertiginoso que el tiempo gasta por estos lares. Conclusión: que una, nacida bajo un sol que alumbra aconteceres cocidos poco a poco, se siente de continuo fuera de juego. Porque aquí en Berlín no sólo aprendo al día una cantidad determinada de palabras en este idioma tan bonico, sino a moverme bajo unas coordenadas raras y ajenas a mi GPS personal, del cual preciso en todo momento que me recalcule ruta. Esto es, el marco que yo traía de fábrica, el bagaje adquirido durante mis treintaypocos no me sirve para afrontar lo nuevo que sucede, y a qué velocidades. La adaptación al medio no me está resultando, verdaderamente, tan progresiva y paulatina como se habría deseado –no seamos ilusos, una cosa es lo que uno se figura y otra distinta lo que pasa-. Pero esto, que hasta hace poco me generaba cierto agobio, me confiere de alguna manera una categoría de observador en tierra de nadie, como un bichejo en su fase intermedia de metamorfosis, ni de allí donde pertenecí ni de aquí donde no acabo de instalarme. Así que prefiero vivir en esta posición predispuesta a la sorpresa que a residir en la angustia de la nostalgia o el desarraigo. Mero mecanismo de supervivencia. Y, desde esta perspectiva, es desde la que afirmo que es propio de aquí, al menos de los berlineses, al menos de aquellos con los que he tenido la oportunidad de interaccionar en mi año y medio de estancia en la capital alemana, quedar siempre por delante de uno.

 

Este modus operandi, que yo enmarco en ese desenfreno en el que se vive, se puede aplicar casi a cualquier contexto: ahí están, acelerando el paso en el portal para llegar antes que tú al ascensor, cogerlo y no tener que compartir viaje contigo; o corriendo por los pasillos del super para alcanzar la caja antes que tú; o no respetando la cola para subir al autobús o entrar en el vagón del metro por delante de ti, pese a que ya llevabas un buen rato más que él/ella esperando; o sobreactuando mientras se está en clase de gimnasia, con ejecuciones perfectas e ininterrumpidas de los ejercicios; o extremando las sonrisas en días soleados y las caras largas en los nublados. Sea como fuere, tienen la gran habilidad de quedar ellos en una situación ventajosa respecto a ti. No es cuestión de echarle jeta al asunto y de ponerse a dar pisotones y codazos a cascoporro, sino más bien de asumir que aquí los modales, incluso ante las más nimias situaciones de la vida diaria, están subyugados al pulso tiránico del tiempo. El que no corre, vuela. ¡Claro!,  ¿qué se puede esperar de un sitio en el que los trenes y autobuses parten en un minuto concreto, pese a que no se haya completado el pasaje? Berlín no sólo significa para mí museos, parques, restaurantes exóticos: está siendo, sin duda,  una trepidante experiencia.

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