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Posts Tagged ‘tradiciones’

A riesgo de que me digáis “¡Que esto ya no es así!” o “¡Que esto no es así en to’s laos!”, me atrevo a incluir la verbena entre lo typical spanish. Que sí, que saraos bailongueros se registran en distintos puntos del planeta, distantes entre sí en kilómetros y en cuanto a hábitos y creencias, pero lo que encierra tal término obedece a usos y costumbres, formas de ser y maneras de vivir fácilmente identificables en quienes habitan eso que se viene llamando España. Me da un vértigo terrible asomarme a la ventana y no reconocer lo que se abre ahí, delante, pues soy consciente de que en estos siete años siete que llevo viviendo más allá de la marca pirenaica el reloj no se ha parado allí, como tampoco lo ha hecho en este Berlín que hoy piso, muy diferente del que me recibió, pese a que sigue rebosando de gruñones y malhumorados, algo que le es tan idiosincrásico como el “currywurst” (salchicha aliñada con kétchup y curry) o los trocitos de muro “de pega” de las tiendas de souvenir.

Que sí, que hemos cambiado. Que semos distintos queda claro apenas meta uno el hocico en las redes sociales y le eche un vistazo a los mensajes escritos en la lengua de Cervantes y que atañen a lo que se guisa en el caldero patrio. Además de por las inmisericordes faltas de ortografía y de lógica del discurso, se caracterizan por ir a la yugular del otro, enemigo por el mero hecho de discrepar. El muro de Facebook ha devenido en paredón y los gorjeos del pajarito tuitero, en fuego cruzado que acaba incluso con los que tan solo pasaban por ahí y salen mal parados a poco que trinen. Este panorama donde solo buenos y malos tienen cabida, aun siendo engendro añejo, sí que se ha impuesto en el debate público últimamente. Modernidad acuñada en viejos moldes.

Pues eso, “distintísimos” en tiempo y también en espacio. Pero, aun con todo y, a pesar de los esfuerzos de algunos por remarcar las diferencias entre regiones, provincias, comarcas y arrinconar lo que nos une, existen expresiones populares que continúan dándose en distintos lugares de nuestra geografía y que se refieren a eso mismo que corre por nuestras venas, hechas de una pasta que nada tiene que ver, por ejemplo, con la que usan aquí, a la ribera del Spree. Y, a este respecto, hay cosas que no varían sustancialmente de una ciudad española a otra. Que niños y ancianos, bailongos y patosos, cantarines y desafinados natos bailoteen y canturreen por igual “La zarzamora”, “Corazón salvaje” o “Black is black” ante familiares, vecinos y amigos, habla sobre esa polivalencia tan nuestra. Aunque no ejecutemos con precisión los pasos de una coreografía, salimos airosos del brete. Servimos pa’ un roto y un descosío, en este y otros contextos, versatilidad que nos parece natural, pero no lo es: no la traen de fábrica en otras latitudes. En Berlín es normal que quien tiene inclinación por el baile, no dude en gastarse un dinerito en academias para impresionar a la concurrencia cuando pone un pie en la pista. No dejan nada en manos de la improvisación. Pero nosotros, cada cual con el talento que Dios nos ha dado, sin pudor alguno nos lanzamos a coger de la cintura a quien sea que esté dispuesto a formar la conga de Jalisco, las hileras del “sirtaki” de Zorba el Griego o seguir el cha-ca-chá del tren, cuando suenan estas canciones en la verbena. ¿Que no nos sabemos la letra? Pues movemos la boca y con desparpajo la adaptamos a algo que suene similar. Esto que, en mentalidades cocidas bajo otros soles, es inconcebible, nosotros lo hacemos sin más. Lo importante es echar un ratico bueno, que el conjunto musical interprete un repertorio variadito -adorable concepto el del “popurrí”, tan delicioso como el de la “pachanga”- y que los presentes se muestren contentos y relajados como para que nos sintamos animados a participar.

Un bodorrio sin verbena que cierre no da las nupcias por oficiadas. No hay fiesta de barrio o pueblo sin su escenario para, al menos, un casio y un cantante todoterreno que lo mismo entona “Maldito duende” de Héroes del Silencio que “Yellow submarine” de los Beatles. A los que se empeñan en lo que distingue a un murciano de un gallego, les digo que siempre nos quedarán los edificios de los años 60 de ladrillo visto, la caña de cerveza fresquita y, ¡cómo no!, la verbena, para echar por tierra sus maximalismos.

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de septiembre de 2017

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Poner el portalico de Belén es algo que se ha venido haciendo en Guadix desde hace muchos años. Forma parte del sota-caballo-rey de las Pascuas accitanas de la misma manera que el paje-camello-rey es el trinomio esencial de las tres carrozas más importantes de la cabalgata del 5 de enero, a lo que dedicaré, cuando corresponda, su debido escrito. A continuación expondré en diez puntos los rasgos que hacen inconfundible el belén alumbrado bajo techo guadijeño. Los hay más grandes y más chicos, con dispositivos e infraestructuras más avanzadas o más modestas. Para catalogarse como propios del lugar deben reunir, a ser posible, los siguientes diez preceptos en los que he resumido las informaciones al respecto que me han ofrecido muchos de ustedes, asesoramiento que agradezco de corazón.

Lo primero es que en Guadix el belén no se llama “belén”, sino “belencico” o “portalico”. Quien afirma que “pone un belencico” ya está dando mucha información sobre qué tipo de belén monta, osease, que lo hace a la manera tradicional descrita en los nueve próximos pasos. Vamos, sería cosa rara que alguien te diga “Ayer tarde puse el belencico” y fueras a verlo y te encontrases un Nacimiento digno de un museo de arte contemporáneo.

Lo segundo es que ha sido bastante habitual aprovechar el puente de la Purísima, además de pa’ ir a ver a los seises y  pa’ matar el marrano –o ponerse las botas en la matanza organizada por el pariente, por el amigo generoso que todos tenemos-, pa’ poner el belencico. Suele quitarse pasado San Antón, pues por todos es sabido que de la Purísima a San Antón, Pascuas son.

Lo tercero es que hay que irse a las umbrías de los pinares de los cerros de los alrededores para hacerse con plaquitas de musgo y, de camino, coger corteza de árbol y piñas caídas que acomodaremos luego en el paisaje de nuestro belén. Se puede conseguir en tiendas musgo artificial, muy socorrido dado los otoños tan secos que estamos teniendo. Hay quien usa retama, esparto y aromáticas y con unas pocas varillas atadas hace pequeños árboles para el Nacimiento. Aquí ya cada uno procede según su inventiva y capacidades.

los granjeros, al portal

Lo cuarto es que para el accitano el Niño Jesús nació en una cueva. Por ello arrugamos papel marrón de embalar y vamos formando cavidades, cerros y barrancos, skyline de nuestro Guadix y, por extensión, del portalico.

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También según lo ducho que se esté en esto de los trabajos manuales, así se complica uno más o menos en el diseño urbanístico del belencico. Pero de normal se ha resuelto con papel de aluminio el tema de las estrellas del cielo –antaño se pegaban con gacheta a un pedazo de papel azul que se ponía sobre la pared a continuación de las cumbres de los montes-, así como la simulación del arroyo –en cuya orilla colocamos las lavanderas- y del estanque de los patos, aunque para este último hay quien emplea un trozo de espejo o un platillo transparente con un poco de agua. Éste es el punto quinto.

Lo sexto, y en lo que también queda patente lo mañoso que sea uno, está en recrear productos de la zona: con plastilina, con arcilla, incluso pintados encontramos ristras de pimientos coloraos en las fachadas de las casas-cueva del belencico, braseros de picón, cantaricas y lebrillillos, y/o chorizos, morcillas y otras delicias salidas de las matanzas, entre otros.

Lo séptimo es que al caganer siempre se le ha referido como el “tío del cerro” y a las pastorcillas como “las aldeanas”. Unas figurillas muy típicas han sido los lugareños con bandurrias y guitarras que se han solido colocar echándole la serenata al Niño Jesús.

Lo octavo es que ha habido belencicos en casas, en iglesias, pero también en instituciones de diverso tipo y en escaparates de tiendas. Incluso hemos tenido belén viviente durante muchos años en el barrio de Santa Ana, promovido, como tantas otras cosas, por don José Luis de los Reyes, y posteriormente ha sido organizado por la Hermandad de la Estrella en/cerca de la iglesia de Fátima.

Lo noveno –volviendo a los belenes de figuricas- es que no puede faltar nevar el conjunto con harina o polvos de talco.

Y lo décimo es que en Guadix se ha puesto el portal no como mero adorno navideño, sino casi como un altarico ante el que niños y grandes han cantado los villancicos en estos días que vienen.

Publicado en Wadi As Información en su edición del 12 de diciembre de 2015

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Hay asuntos que no acabo de encajar, como que de repente a to’ hijo de vecino le haya dao por esto del Jálogüin y no le importe hacer el mamarracho un rato vistiéndose del bute de turno en la fiesta de rigor del moerno que todos tenemos en la pandilla, mientras entretenemos a los críos, disfrazados también, mandándoles a ca’ la del cuarto derecha a por caramelos. Y la del cuarto derecha, que es una setentona que por Todos los Santos no ha entendido en su vida de otra cosa que no sea la de honrar a sus difuntos limpiando con especial esmero las lápidas y cambiando por otras nuevas las flores de plástico de los floreros de mármol que adornan las tumbas, pues se asoma a la mirilla, ve quiénes están echando el timbre abajo con tanta insistencia y ni se molesta en abrirles la puerta y pedirles algún tipo de explicación. “Pa’ qué”, pensará, y con razón, porque muy probablemente las criaturas no tengan ni pajolera idea de lo que significa lo del “truco y trato” ni qué hacen vestidos de tal guisa ni por qué a sus padres, que de nunca han sido de Carnavales –por nombrar un festejo en el que lo de los disfraces es asunto central-, no les tiembla la mano a la hora de pintarse la cara de blanco o colocarse colmillos postizos.

¿Qué tendrá la tele y el cine y el Internete que en unos pocos años esto del Jálogüin, entre otros hábitos que nos son absolutamente ajenos, se han colado en nuestra agenda? Pues un poder contra el que poco se puede hacer. Porque si ahora vas y dices que el Jálogüin es esto y aquello, lo mejor que te puede ocurrir es que to’ quisqui te tome por el pito del sereno y lo más suave que te digan es que eres un carca. Que no, que no se puede luchar contra tamaña influencia. Que no, que ha calado hondo lo de pasar la noche del Jálogüin dichoso viendo películas de miedo, tragándonos documentales de casas encantadas y llenando el muro de Facebook con calabazas siniestras, porque así lo vemos en la tele y en el cine y en vídeos musicales y punto pelota. Que no sirve de na’ que ahora vayas tú y le digas a tu prima que en vez de golosinas tome huesos de santo y a tu hermano que en vez de ir a la fiesta temática de la discoteca se quede en casa al calor del brasero a comer boniatos cocidos y castañas asadas.

A lo más a lo que se puede llegar sin que el critiquerío salga en tromba y te despelleje en cinco minutos por atreverte a despotricar contra el Jálogüin, es, por ejemplo, a manifestar extrañeza ante lo rápido que ha echado raíces una costumbre tan distinta a lo que se venía haciendo por estas fechas en el pueblo, y no entres en pormenores, porque cuanto más parezca que lo que intentas al mostrar lo poco que encarta esta fiesta en nuestro marco cultural es ponerla en entredicho, malo, malo.

Hagamos lo que nuestros políticos. Ellos han entendido a la perfección de qué va lo del poder de la tele y los efectos que en el electorado –o sea, en ti, en mí- causa cómo vayan vestidos, cómo anden y con quién. Ellos tienen muy bien aprendido que renta más un minuto en la tele que cien mítines. Seremos superficiales, sí, para qué negarlo. Nos gusta que se muestren simpaticones, campechanos, dicharacheros, bailongos, enrolladetes. Pues eso, que para comprender el triunfo del Jálogüin no hay que leerse sesudas teorías. Triunfa porque triunfa en la tele la imagen del Jálogüin yanqui. El Jálogüin, al igual que la telerrealidad en la que batallan a diario nuestros políticos, ha venido para quedarse, así que, aunque toa esta pesca no nos vaya demasiado, lo menos que podemos hacer de puertas pa’ fuera es poner cara de sorpresa cuando nos asalte una caterva de niñillos disfrazados, y ya está. Pa’ qué’ complicarse con estas historias.

Publicado en Wadi As Información en su edición del 31 de octubre de 2015

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Publicado en Wadi As en su edición del 7 de septiembre de 2012

 

Muchas veces pienso si llegará el día en el que me levante por las mañanas sin acordarme de que allí, en Guadix, en su comarca, está a punto de empezar tal o cual festejo. Pero en el fondo creo que no, que nunca ocurrirá esto. Este calendario de hitos accitanos, que se me activa de manera automática, lo tengo tan incorporado que ya esté haciendo lo que fuere, que dedico unos minutejos a figurarme lo que allí, en mi tierra, se está cociendo. ¡Ay, la tierra, al final salió la tierra a relucir! Y es que la unión del accitano a su tierra es intensa, fuerte el vínculo que impide el olvido. No soy la única. La robustez de las raíces del guadijeño está ahí, en mayor o menor medida, en otros tantos cientos de paisanos dispersos por esos mundos de Dios con los que he podido hablar al respecto.

 

Basta con reparar en las tradiciones más de Guadix y comprobamos enseguida que contienen la impronta telúrica: sobre tierra se asientan las lumbres que le queman las barbas a San Antón; por ramblas llega el peregrino a Face Retama, santuario de San Torcuato; las habas, hijas de esa veguilla bendita, son bocado exquisito en los mayos accitanos; y ¿qué decir de los belencicos de Guadix, en los que la cueva es tan protagonista como el buey y la mula?, ¿y de la arcilla de la cerámica que decora nuestras casas, en la que comemos y bebemos? Y, por supuesto, el Cascamorras, una de nuestras fiestas donde está más presente este vínculo del corazón accitano con la tierra.

 

Esta unión está en el origen mismo del litigio -que la tradición sitúa en el siglo XVI-; esto es, el hallazgo, por parte del accitano Juan Pedernal, de una virgencica mientras éste se hallaba trabajando la tierra en el término municipal de Baza. Y es la térrea ligazón la que sustenta el argumento de los bastetanos para reclamar la estatuilla: “Está en nuestro territorio; es nuestra”. Y por caminos de tierra marcharon hacia la ciudad vecina un puñado de accitanos, encabezados por Pedernal, el primer Cascamorras, para intentar llevarse consigo la imagen. Y también son colores terrizos, además de otros tintes azulados y tiznajos negros de aceites y grasas, los que tiñen los cuerpos y ropas de los acompañantes cascamorreros, y esto, la mancha, es la viva muestra del fracaso de la encomienda, pues es condición para hacerse con la figurilla conseguir llegar sin pintar desde las afueras de Baza al templo de la Merced, que guarda la virgen. Y sí, son cerros los que enmarcan la carrera en ambas ciudades. Y sí, la fiesta del Cascamorras es, al fin, la historia de un destierro total, el de estar en un eterno ir y venir Guadix-Baza-Guadix al que está condenada el alma de Juan Pedernal, que se encarna año tras año para revivir tan vieja contienda, y que es pintarrajao por los bastetanos, pero también por los accitanos al no haberse podido apoderar de la imagen. La tierra-Guadix-los accitanos conforman, como se ve a poco que uno escarbe, un vínculo imposible de romper.

 

 

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