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Posts Tagged ‘turismo’

Hace unas semanas mi familia y yo pasamos unos días de vacaciones en el Harz, en el centro-norte de Alemania. Hemos alternado el disfrute del parque natural en donde se enclava el Brocken (1.142 m.), la cima más alta de la mitad septentrional del país, y los paseos por ciudades aledañas, con siglos de historia a sus espaldas, llenas de rincones hermosos y sembradas de leyendas.

Una vez reposada la experiencia del viaje, me doy cuenta de que ha habido una serie de cuestiones que han contribuido al buen recuerdo que me queda de lo vivido y he pensado que tal vez algunas de ellas puedan ponerse en marcha -si no lo están ya- en Guadix y en su comarca, pues creo que redundan en esa idea de turismo singular y de calidad en el que se confía el porvenir económico y la supervivencia identitaria de la zona.

Establecimientos (restaurantes, apartamentos…)

Entre las iniciativas que vi en restaurantes y que me parecieron muy acertadas, se encuentran detalles muy apreciados en particular por familias, como la mía, con niños pequeños, como es el caso de la existencia en la carta de platos de menú infantil (pasta, escalope, crema de verduras…).

Me pareció muy buena idea la de un restaurante en el que la propia oferta de comidas para peques está impresa en un folio en cuyo reverso hay un “pinta-pinta” con el objeto de que los críos se entretengan pintándolo con unos lápices que prestan mientras llegan sus platos.

Es muy de agradecer que estos establecimientos dispongan de tronas y de muebles-cambiador/colchoncitos-cambiador. Incluso en algunos baños encontré orinales para peques o adaptadores a la taza del váter, ideal para la fase de transición del pañal al retrete.

Cerraré el capítulo “restaurantes” refiriéndome a que no había local en cuya carta no hubiese una sección de platos típicos con una generosa muestra de la gastronomía tradicional local.

Por cierto, los hoteles y apartamentos funcionan como pequeñas oficinas de información turística. Por ejemplo, en el apartamento que arrendamos había un archivador con recomendaciones sobre dónde ir muy pormenorizadas (con direcciones, teléfonos, indicaciones sobre cómo llegar…), así como propuestas de excursiones clasificadas incluso por tipo de dificultad de la ruta.

 

Dotaciones públicas

Aparcamientos. El casco viejo de las ciudades monumentales es en su mayoría peatonal o accesible sólo para residentes. Para descongestionar de tráfico el centro, estos pueblos tienen en su mayoría una serie de aparcamientos habilitados en las inmediaciones del casco viejo (hablo en plural, sí, “aparcamientos”, porque Wernigerode, por poner un ejemplo, urbe de 33.000 habitantes, tiene diez zonas de aparcamiento).

Mapas de la ciudad por todos lados. No hace falta realmente comprarse una guía.

Iglesias visitables. Las iglesias principales de las ciudades más turísticas cuentan con un amplio horario de visitas. Suele haber una taquilla a la entrada donde venden estampas y demás. Suelen ser gratuitas, aunque hay un cepillo para que el visitante colabore con el mantenimiento del templo. Desconozco si los taquilleros son parroquianos, voluntarios culturales o si les paga alguna fundación de defensa del patrimonio cultural (aquí en Alemania hay mucha conciencia al respecto y hay muchas asociaciones y fundaciones sobre el tema).

Parques, jardines, rincones muy cuidados.

Señalizaciones claras y reiterativas. Supongo que para los conductores locales esto será un tanto redundante, pero para quien va de visita es de gran ayuda.

Estrategia

“Estrategia” es, sin duda, lo que hay detrás de cada una de las iniciativas, públicas y privadas, puestas en marcha para el desarrollo turístico de la zona.

Hay una apuesta decidida por sacar el máximo rendimiento posible a la historia local, a la dedicación tradicional, a los recursos naturales.

Tanto ciudades como aldeas, tanto antiguos conventos reconvertidos en hoteles o recintos de esparcimiento como parques temáticos de nuevo cuño -caso de un parque para niños lleno de maquetas de metro, metro y medio, de los monumentos más representativos (castillos, palacios, iglesias…)-, todos se suben a un mismo carro, todos se suman a una única estrategia compartida de venta y promoción, con una oferta diversificada para distintos públicos. Por ejemplo, respecto al “turismo verde”, ya uno sea un senderista que no teme kilómetros ni desniveles o un amateur que se toma con calma el paseo por el monte, ya vaya uno con hijos, con perros, ya esté uno peinando canas como recién graduado, ya sea uno un urbanita o se haya criado en un entorno rural, encuentra una opción de ocio que cubre ampliamente sus expectativas. La oferta se adecua a diferentes perfiles, llega a distintos públicos.

En particular he detectado una gran deferencia hacia las familias con niños pequeños. Hay una clara apuesta por agradar y atraer este perfil de turistas. Hay muchos planes para niños: granjas escuela, zoos con zonas donde poder tocar los animales, teatros de marionetas, museos interactivos…

Muestra de esa estrategia basada en la suma de esfuerzos es la existencia de una tarjeta turística con descuentos en las entradas a monumentos y museos, en restaurantes y en medios de transporte.

Patrimonio histórico-cultural

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Patrimonio natural

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Publicado en Wadi As en su edición del 18 de julio de 2015

 

Ha sido costumbre en Guadix salirse a la puerta a tomar el fresco en las noches de verano. Precisamente lo que fue y sigue siendo costumbre en nuestro pueblo centró hace unos días –noches, quiero decir- la tertulia de uno de estos cónclaves vecinales. Considérese el inventario recogido en este escrito, más que una invitación a la nostalgia, una excusa para interesarse por lo que hemos sido y por lo que somos, algo fundamental para saber pa’ónde tirar, máxime cuando tantas esperanzas hay puestas en el turismo como motor de desarrollo: no se puede vender lo que se desconoce o no se conoce en profundidad.

Bien, pues además de lo de hacer corrillo nocturno-estival, también ha sido costumbre en Guadix ir a los caños a por agua y a las huertas a por lechugas que se lavaban en esos caños y se comían apenas arrancadas, y poner en las puertas de las casas cortinas alpujarreñas, y hacerle las “flores de mayo” a la Virgen. En la época en la que todo esto era costumbre –anteayer, vamos-, era frecuente cruzarse con aguadoras, lavanderas, hojalateros, barquilleros, arrieros, silleros, cabreros, semaneros. El campo y el ganao han sido importantes en la economía accitana y no era raro que alguien en la familia fuera segaor, aperaor, herraor, carrero, talabartero, mulero, marchante. También había caleros, carboneros, picaores de cuevas, betuneros. Y sastres, modistas y zapateros, que aún haberlos haylos, pero no tantos como antaño, igual que sigue habiendo comerciantes, aunque el gremio no tiene el peso de hace décadas.

Hoy día sigue siendo costumbre subir a la Virgen –de las Angustias- a hacer la visita, y tirar unos cuetecicos por casi cualquier cosa, y tener en casa cerámica de alfareros locales, e irse a andar –antiguamente “salir a tomar el sol”-. Hay tradiciones, muchas de ellas de raigambre religiosa, que no se resignan a desaparecer, si bien cuentan con menor participación, caso de las fiestas de los barrios señeros (Santa Ana, San Miguel o la Estación), San Torcuato, que sigue festejándose aunque sin la fuerza de antes –ya sin aquellos certámenes de bailes regionales en la plaza de las Palomas, sin tanto chiquillerío vestido de aldeano por las calles y en la procesión-, o San Antón, en cuyo honor continúan prendiéndose lumbres, aunque el ritual de la cuña y el cañadú es menos seguido. ¿Resistirán el paso de los años? ¿Aguantarán las embestidas de los nuevos tiempos la peregrinación a Face Retama o la recuperación del baile de la rifa? ¿Y la feria, las Cruces de Mayo, la Semana Santa? ¿Seguirán siendo costumbre en un futuro? Quién sabe. La vida es tan imprevisible que lo que hoy gusta, mañana no, o sí. Y, oye, que tampoco es cuestión de negar lo inevitable: los tiempos cambian, cambian las necesidades de las personas, las modas reflejan las preferencias del presente y las tradiciones heredadas que buenamente se puedan acomodar a ellos serán las que sobrevivan, atenuadas, reinterpretadas, y otras se perderán y pasarán a ser historia.

Sin embargo, y aun teniendo en cuenta esto, si Guadix quiere posicionarse como referente turístico, tendrá que mirar por sus costumbres con un mayor celo, pues en parte estas conforman ese valor añadido, ese factor identitario que le definirá, le particularizará, le diferenciará del resto. Más que por razones sentimentales, lo que debe mover a las instituciones y a la iniciativa privada a velar por las tradiciones es esto de hacer singular el “producto Guadix”, de decirle al turista que venga porque hay esto, esto y esto que no encontrará en ningún otro sitio.

En muchos casos se tratará de darle una vuelta a lo que ha habido y rescatarlo al presente quizás de otra manera, pero respetando la esencia que lo motiva y sustenta. Un ejemplo claro es el auge del sector vitivinícola en la comarca: han sabido ver el interés que el mercado tiene por nuevos caldos y continuar por esa vía con la trayectoria agrícola de la zona. Otro ejemplo es el Cascamorras infantil, una forma acertadísima de aficionar a los accitanos a la fiesta desde pequeños. Hay que sembrar para después poder cosechar. Veamos, pues, las costumbres no como una rémora caduca, sino como la oportunidad de garantizar la pervivencia de la identidad en un mundo en el que lo genuino, por escaso, es un bien preciado.

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Publicado en Wadi AS en su edición del 2 de mayo de 2015

Lo que leo estos días sobre el hallazgo de posibles restos de unas termas en la placeta del Conde Luque, lo que leo de nuevo sobre el teatro romano encontrado en la que fuera huerta de los Lao, me ha llevado a esto, eso y aquello, a tres reflexiones que comparto a continuación con ustedes al hilo de lo que la tierra accitana ha mantenido escondido durante mucho, muchísimo tiempo, y que ahora sale a la luz.

La primera cosa que me ha dado por pensar es si esto no deberíamos considerarlo como el aliciente definitivo para tomar conciencia, de una vez por todas, de la valía de Guadix, dado el rico poso que han dejado tras de sí los diversos pueblos -y sus diferentes culturas- que la han habitado. Esto, señoras y señores, no es algo de lo que pueda presumir cualquier municipio. Es un privilegio que lleva aparejada, eso sí, una obligación, pues se necesitan ciudadanos a la altura de las circunstancias: no podemos permitirnos el lujo de quedarnos de brazos cruzados. Pero no podremos poner en valor el patrimonio local si desconocemos su historia; no podremos sentir orgullo por algo sobre lo que tenemos tan solo una ligera idea. Acerquémonos, pues, a la historia de Guadix, escrita en libros, pero también conferenciada en charlas. Acerquémosla, desde los medios de comunicación, al público general. Acérquenla, maestros y profesores, a sus alumnos.

Segunda reflexión. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que nuestros políticos están en campaña ante las municipales, no estaría mal recordarles que aspiran a gobernar por y para el pueblo. Estimados políticos, la gente les vota a ustedes y el programa con el que se presentan. Nos importa muy poco que, para llevarlo a cabo, tengan que romper la disciplina de partido o enfadarse con superiores “intocables”. Sé que es predicar en el desierto pedirle a sus partidos que dejen de utilizar las instituciones para torpedear o acelerar la ejecución de tal o cual proyecto en tal o cual sitio en función de su signo político. Pero no puedo no decirlo. Piensen, al menos por un momento, que de esas batallitas patéticas sale perdiendo el pueblo y los votantes a quienes se deben. Ustedes, que tendrán la posibilidad de gobernar, ustedes, que ejercerán de oposición, podrán emprender ese plan –o estrategia o como quieran llamarle- que impulse definitivamente Guadix y lo sitúe donde le corresponde. En sus manos está que el teatro romano reciba todos los fondos que sean precisos para esa puesta en valor que lo coloque en el mapa cultural internacional. Muevan Roma con Santiago y busquen una salida para la Alcazaba, cuyo deterioro es galopante. Agilicen la recuperación del casco histórico, tema que, desde que me conozco, ha estado presente en el rifirrafe político. Hagan el favor de mirar por Guadix y sus intereses –me refiero a los de Guadix, no a los suyos personales-.

Sobre el turismo va mi tercera reflexión. Hay ciudades con la décima parte del patrimonio y solera de Guadix que, sin embargo, aparecen en las guías con tanto o más espacio que el que  Guadix ocupa. En gran medida se trata de aguzar el ingenio y sacarle lustre a lo ya existente. A veces se trata de un eslogan pegadizo, o de un suvenir llamativo, o de una web turística atractiva por la que sea fácil navegar.

Por supuesto que Guadix merece ese “museo de la ciudad” –que parece que arranca por fin- que recorra su historia, que muestre sus costumbres a través de textos, fotos, enseres, archivos de audio, vídeos. Pero por qué no también un museo del cine, o del Cascamorras, o de oficios tradicionales, o del bordado. Por qué no subirnos al carro del turismo gastronómico tan en boga –Guadix y su repostería tan fina, su pan, sus churros-tejeringos tan particulares, sus contundentes guisos de cuchara con productos de matanza, el melocotón de la comarca…- o del “turismo verde”, mejorando y señalizando las rutas que ya los accitanos aficionados al senderismo conocen y promocionándolas en ese mundillo. Las opciones son infinitas. Y muchísimas más propuestas pueden surgir y plantearse y ponerse en marcha siempre y cuando haya voluntad de llegar a acuerdos y de unir fuerzas.

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Publicado en Wadi As en su edición del 31 de agosto de 2013

 

Por las nubes que caen, por el fresquito que dejan, por lo mucho que entona el cuerpo un café bien caliente, por lo prontico que se mete la noche, por los bares que cierran por vacaciones, por los pocos pasos que se escuchan ahí, fuera, cuando pasa una hora determinada, por la vuelta al cole de los críos, por las hojas que comienzan a teñirse de marrón, por las ganas que se tienen de dar carpetazo al desbarajuste de horarios seguido días atrás, a tanto entrar y tanto salir, a tanto palique que “el terraceo” propicia, por todo esto y porque el cuete gordo de la feria ejerce como magnífico punto y final, es acabar las fiestas y en Guadix entra el otoño. Un otoño precoz que, dicho sea de paso, es la estación que mejor le sienta y, por ello, creo oportuno reivindicarlo como el tiempo ideal para que el forastero interesado en conocer la ciudad se anime y venga. Ahora que parece que por fin instituciones y empresarios se han convencido del potencial turístico de la comarca, pienso que siendo ésta la época del año en la que nuestra tierra se exhibe más auténtica, más ella, más bella, debería ser ésta razón suficiente como para que se ponga un especial celo en las iniciativas que se programen de cara al visitante en semanas venideras. Quizás el guiri de sandalias con calcetines que aterriza en Andalucía llamado por el “sol-y-playa” y el cliché “toros-flamenco-sangría”, sí que busque el calor tuesta-sesos de julio o el campo perfumado de la primavera. Quizás el urbanita que quiere escapar de la metrópoli en el puente de la Purísima encuentre en Guadix y en sus alojamientos en cuevas, donde ante la chimenea se está en la gloria bendita, el destino idóneo para cubrir su cuota anual de “paraje pintoresco con encanto”. Pero habrá quien prefiera llevarse una idea de Guadix lo más cercana posible a su esencia, y a éste sin duda hay que recomendarle Guadix en otoño.

 

Ido el calorín, se recupera el café-tertulia de sobremesa y el paseíco de después de comer. Ida la extrema claridad de los días, estos empiezan a dejar que la noche les gane terreno y bajan de intensidad los rayos solares, que acentúan el color pardo cobrizo de la arcilla de nuestros cerros, manto dorado que hace de las fotos a la alcazaba, a la catedral, a los campanarios de las iglesias, unas instantáneas imposibles de mejorar en otra época. Idos los emigrantes a sus lugares de adopción, las casas vuelven a enviudar de voces y nuestros barrios regresan a ese silencio que permite a quien por ellos se pierde caminar de la mano de sus propios pensamientos sin nada que le perturbe. Ido el jolgorio del verano, viene la melancolía del otoño y ahí está Guadix, con su halo de ciudad si no capaz de detener el tiempo, sí al menos de hacerlo pasar más lento. Sosegado, silencioso, sugerente, sobrio, sombrío. Él. El otoño. Él. Guadix.

 

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