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Posts Tagged ‘verano’

¡Qué dura es la vida del veraneante de sol y playa! Que si levantarse, echarse un agüilla por lo alto, desayunar lo que sea, ponerse el bañador, las chancletas y la toalla a modo de fular, cargar con los bártulos, descargarlos en segunda, tercera, quinta fila -si quieres primera, ya sabes, a luchar por ella al rayar el alba- y ¡hala!, a tumbarse a la bartola que si panza arriba, que si panza abajo, que si chapuzón en el mar, que si sentarse y hojear el periódico, que si ponerse las gafas de sol para mirar de reojo a la que hace toples, al que presume de pectorales mientras se embadurna de bronceador, que si otro chapuzón, que si de nuevo panza arriba y de nuevo panza abajo, que si cuidar de que no deje marca el traje de baño, que si coger de nuevo los trastos ahora rumbo a casa, que si tomarse el café con hielo para llevar mejor la caló de la sobremesa, que si levantarse de la siesta empapao en sudor y tener que empinarse la botella de horchata o el cartón de leche del frigo para refrescarse, que si otra vez ponerse el bañador y las chancletas y echarse la toalla y, ¡venga!, a la playa a pasar otro rato a remojo, para después volver a la casa, ducharse, darse cuenta de que los roales coloraíllos escuecen de lo lindo y auguran momentazos con el roce de las sábanas, ponerse un hato arreglao pero informal y recorrerse el paseo marítimo lo suficiente como para hacer hambre, tener que decidir entre un helado o una caña, cenar lo que sea en el balcón del apartamento, ver lo que echen en la tele -oír la del vecino- y hasta mañana. Y así una semanita, quince días, ¡un mes!

¡Fo! Para eso si, por la noche, no hay sesión de cine sobre la arena, que entre la humedad que viene del mar -cala ¡y de qué manera! – y la incómoda postura a la que obligan las circunstancias, sale uno con tamaño dolor de huesos de una función que, para más inri, suele estar interrumpida además continuamente por lloreras de caprichosos niños enrabietados, risotás de mocicones chistosos y chascarrillos de abueletes que comentan hasta los títulos de crédito.

¡Fo! Para eso si, por la noche también, no se cuela en el dormitorio un mosquito de los que vuelan junto a tu oreja y saltas del colchón como una exhalación, te tiras un buen rato zapatilla en mano y con la ventana abierta de par en par y, después de mirar por todos lados y aguzar el oído, te rindes y regresas a la cama habiendo, eso sí, bajado la persiana y echado las cortinas, para que no vuelva, para que no entren más. Y recociíco de calor sudando a mares te levantas, además de lleno de picotazos, pues al parecer el mosquito se quedó y se dio el festín padre con tu sangre. Sangría ésta y no la que sirven a precio de un Vega Sicilia en el bar de la esquina.

¿Que esto es vida? ¿Con atascos de salida y entrada, baños de gasolinera atascados de asquerosidades varias, colas en el super, en el chiringuito, hasta para quitarse la arena en la ducha de pies? ¿Que esto es vidorra? ¿Con las lumbares hechas trizas por pasar horas 1) sentados en hamacas bajas, 2) en cuclillas buscando piedras de colorines que acabarán en la basura, 3) ayudando al crío a levantar el castillo de rigor, 4) en las partidillas de petanca, minigolf, fútbol-playa, 5) …?

Aunque lo que más cuesta arriba resulta en el veraneo es la pereza que sobreviene, la lentitud con la que avanza el reloj cuando en verdad no se tiene nada significativo que hacer, cuando todos los días son ese día de la marmota, calco uno de otro. La primera y la segunda jornada son la concreción del relajo soñado en el frenético ritmo diario. Pero, a partir de la tercera, la inercia hace el resto y hasta las peleas con la pareja, que aumentan exponencialmente al tiempo de estrecha convivencia, pasan sin pena ni gloria. Está uno vago hasta para discutir. Dura, sin duda, la vida del veraneante de sol, mar, etc. Sin embargo, algo tendrá de bueno, digo yo, cuando es tan seguida, querida y repetida. Qué será, qué será.

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Publicado en Wadi As en su edición del 15 de agosto de 2015

Somos prisioneros del anhelo y no lograr todo lo que se nos antoja, que suele ser mucho, nos convierte en seres rematadamente insatisfechos, nos hace sentirnos permanentemente frustrados. Y no creo que esto pueda explicarse sólo por la actual sociedad de consumismo-sin-fronteras, que nos pone la miel en los labios y nos la quita cuando estamos a punto de empezar a saborearla a menos que paguemos por ello y, como gastar en apetencias es un lujo fuera de nuestro alcance, toca resignarse y estar de continuo de mal humor. Lo del “culo veo, culo quiero” es más viejo que la tos. Esta manera que tenemos los humanos de funcionar la traemos de fábrica.

Y todo esto viene a santo de que, hace un par de semanas, y así os lo comentaba aquí en este espacio, andaba yo con unas ganas locas de verano “verano”. Echaba en falta sudar la gota gorda, sentirme tan pegajosa que ni una sucesión de duchas pudiera aliviarme. Añoraba entrar al edificio en el que vivo e imaginarme durmiendo la siesta sobre la tumbona playera en el hueco de la escalera, romper abanicos y quemar ventiladores de tanto usarlos, pasar el rato paseando pasillo arriba, pasillo abajo en la sección de congelados del súper, no encontrar postura para pillar el sueño ni bebida que calmase ese reseco que no se va.

“Ésta no sabe lo que está diciendo”, os dijisteis, seguro, más de uno de vosotros mientras me leíais cuando describía los estragos del calorín como auténticas virtudes. Podía llegar a comprender perfectamente vuestra perplejidad, ya que, con las olas ininterrumpidas de calor –más bien tsunami- que habéis padecido –y seguís padeciendo-, normal que estuvieseis deseando inaugurar la temporada de mesa camilla. Ahora que llevamos en Berlín unos cuantos días por encima de los 30 grados, me sumo a los pro-invierno y añoro como el que más el tacto de las sábanas de franela y los jerséis de cuello vuelto.

¡Ay! No hay quien nos entienda. Nunca tenemos lo que queremos. Por eso hablaba al comienzo de que la nuestra es la historia de una eterna insatisfacción… y también de una flagrante tendencia a olvidar con facilidad. Cuando dentro de unos meses las plantas de los pies las tengamos más frías que las placas de hielo que estemos pisando, se nos acartone la ropa tendida por la helá caída y se nos congele el moquillo conforme vaya asomando por la nariz, entonces, pa’ entrar una miaja en calor, evocaremos gustosos estas tardes de verano en bañador y con paños mojados en la nuca.

¡Anhelos, anhelos!

Ya esté uno o no de vacaciones, estas semanas de bajón generalizado de la actividad cotidiana son una ocasión inmejorable para volver la vista hacia uno y hacer balance de lo que va de año. En este repaso se cuelan aquellos propósitos de Año Nuevo que nos hicimos mientras nos metíamos a presión en la boca una uva tras otra y resulta que descubrimos que todo aquello, más que una colección de metas realistas, no era más que puro anhelo. Ahora con treinta, cuarenta, cincuenta, taitantos años añoramos el superávit de que gozaba nuestra hucha con tanta propina como recibíamos a los cinco años, la energía que gastábamos con diez años, el cuerpo que teníamos a los quince, la vida social de los veinte años y así, en vez de objetivos alcanzables, mientras brindamos tras las Campanadas nos proponemos, año tras año, hacer dietas matadoras, controlar cada céntimo que sale del monedero y seguir un calendario de entrenamientos tan extenuante como el planillo de citas con amigos y parientes con los que pretendemos ampliar el trato, sin contar con que ya no tenemos ni cinco, diez, quince ni veinte años. Es decir, anhelo sobre anhelo. Y me pregunto que pa’ qué nos sirve tanto anhelo, pues en verdad no hay ni mijita de gana de volver a los complejos de la infancia, la edad del pavo, el acné juvenil, los atracones de apuntes en interminables noches de estudio: bien nos podríamos repetir esto en Año Nuevo y ahora mismo que nos hallamos en plena evaluación semestral. Porque la nostalgia adorna y deforma tanto todo de tal manera que el presente en comparación se presenta como la más dura de las condenas. Y no, que no, tampoco es eso, para nada.

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Publicado en Wadi As en su edición del 8 de agosto de 2015

 

Cómo y cuándo se come lo que se come en un sitio determina una parte importante de los hábitos de esa comunidad. Por eso, ahora que en Guadix se habla mucho de la gastronomía local como atractivo turístico imprescindible y que, como consecuencia, se están poniendo en marcha actuaciones para recuperar, mantener y promocionar la cultura culinaria accitana –recopilaciones de recetas tradicionales, cursillos de cocina autóctona, seminarios para profesionales del sector…-, debería repararse también en esas reuniones sociales y costumbres populares que han estado en el calendario de muchas familias guadijeñas durante muchos años y que tienen el comer/la comida como eje central.

Decir Guadix en festivos y fines de semana ha sido durante mucho tiempo sinónimo de irse de merienda o de domingueros. En los meses de calor, las meriendas se han hecho por lo general cerca de una poza, acequia, riachuelo, manantial, etc. y en lugares con buenas sombras, mientras que se han elegido espacios más abiertos en otoño o en los días invernales de sol.

No pocas se han hecho en el Tesorillo, la huerta de Juan Varón, la alamea del Guirrete, Fuente Alta (Huélago), la Fuente la Reja (pasado el puente de la bomba) o en las faldas de los cerros del Diente y la Muela, así como en la Rosandrá de Aldeire, la Tizná y el barranco de Jérez, la Fuente la Gitana de La Peza o el pantano de Cogollos. Ya fuera en familia o junto a vecinos o amigos, se iba, eso sí, con la idea de echar todo el día, es decir, de hacer comida, merienda y cena, y de no parar de picar. Y es que a las meriendas se iba fundamentalmente a comer y si, de camino, uno se quitaba  calores  o fríos, mejor que mejor. No podía faltar la siesta reglamentaria sobre mantas de lana de pastor.

La comida se transportaba en canastas de mimbre. Se buscaba un sitio fresquito –la orilla del arroyo, la “tejea” (atarjea) del agua…- para poner las bebidas, sandías y melones. A veces se cocinaba in situ un buen arroz, se asaban sardinillas o chuletillas de cordero a la parrilla, aunque también de casa solía llevarse la tortilla de patatas, la pipirrana, el conejo o el pollo frito con ajos o en fritá, los filetes empanaos, la ensalá de verano –con patatas cocidas, atún, huevo duro, aceitunas…-, entre otros, además de pan comprado por la mañana tempranico.

Menú similar tenían –tienen- los que optaban –optan; haberlos, aún haylos- por ir en verano de domingueros. Solemos entender por “domingueros” los que hacen la merienda en la playa. Y por todos es sabido que la playa preferida por el dominguero accitano ha sido la del Zapillo, en Almería.

Una muy buena ocasión para encontrarse con familiares y vecinos tras una jornada de mucho calor han sido las “sangriadas” que se organizaban en las tardes –más bien noches- estivales, algo que se está perdiendo: se preparaba sangría casera bien fresquita y para comer se servían papas que se asaban en el horno del barrio y que se tomaban aviadas con sal y pimienta.

En el puente de la Purísima arranca la temporada de las matanzas. Antes se hacían mucho más que ahora, aunque con la crisis ha habido un repunte. Cuando los hogares no disponían de frigoríficos ni de arcones congeladores, la mayor parte del marrano –las panzas, el espinazo, los jamones, las paletillas, las patas y la careta- se salaba para que durara todo el año. Los lomos, las costillas y el embutido se echaban antiguamente en aceite para que no se ranciaran. De la manteca se sacaban los chicharrones con los que luego se amasaban tortas. Para las matanzas se juntaban las familias y durante las mismas se comían las chicharrillas en la lumbre, masa de chorizos y las morcillas a las que, en la caldera, se les rompía la tripa. Era típico acompañar la comida con tragos de vino del país. Además, se preparaba –y comía- la asadura con cebolla y los riñones con ajo y vino. Junto al aroma a horno de leña, siempre ha sido muy característico que las calles de Guadix olieran en invierno a cebolla cocida, muy usada en las matanzas.

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Artículo publicado en Wadi As en su edición del 11 de julio de 2015

Recuerdo que aquella noche hacía mucho calor: ni abiertas todas la ventanas corría una pizca de aire ni por mucha agua que bebiese se me quitaba la sed ni abanicándome sin parar contrarrestaba el calorín recocío de mi cuarto. Flaco favor hacían el flexo, que más que un punto de luz parecía una estufilla a dos palmos de mi cara, y la pila de apuntes y libros sobre la mesa, dispuestos casi a modo de muralla, lo que creaba, además, un plus claustrofóbico. Porque como saben ustedes, queridos paisanos, la caló, a diferencia del calor, tiene un valor añadido respecto al segundo: la caló es el calor que ya caló, es la sensación de un calor que está bien metido dentro. Para combatir los efectos del calor basta, por ejemplo, con tener a mano un botijo cargado, con echarse en la tumbona bajo la luna y dejarse mecer por la nana del grillo, con poner los pies a remojo en una palangana. Pero la caló… ¡ay, la caló! La caló nos puede, nos desespera, nos saca de nuestras casillas. Ante la caló sólo cabe tomar las sábanas como bandera blanca y rendirse ante el insomnio por puro agotamiento. ¿Qué hacer ante tan implacable enemigo, que no da tregua ni siquiera a las tantas de la madrugada, cuando en teoría se podría alcanzar ese mínimo bienestar necesario para reponer fuerzas ante el envite del día siguiente? Pues poco más que asumirlo y sobrevivir a ello como buenamente se pueda.

Escribo estas líneas con la espalda pegada al respaldo de la silla, el pelo a la nuca y las yemas de mis dedos a las teclas del portátil. Obra y gracia de la caló estoy envuelta por una segunda piel formada por sudor y todo lo que se le pega. Damnificada también por la ola de calor que ustedes padecen con más rigor aún, Berlín inaugura verano de una manera que le es totalmente ajena. La ciudad no está hecha para el calor y mucho menos pa’ la caló. No se ve ni una mosca revolotear en las basuras, ¡con lo que les gusta! Es que son moscas del norte, ¡caramba! Bueno, a lo que iba. Que queriendo yo concentrarme para escribir mis cosicas, voy y me doy de bruces con esta mayúscula incomodidad de sentirme calaíca de caló y con ello recupero del archivo aquella noche de junio en la que, al igual que hoy, me era realmente complicado centrar mi atención. Entonces estaba de lleno sumergida en la preparación de las pruebas de Selectividad. Estaba la madrugada mu’ metía cuando decidí hacer una pausa. A los vecinos que habían salido a las puertas a tomar el fresco –poco fresco se pilló aquella noche- ya no se les oía. En mi casa también había silencio. Bajé al salón y puse la tele. Quizás zapear un poco me ayudaría a olvidar la caló por un rato, debí pensar, y me senté sobre el suelo de la sala. Más que sobre mármol parecía estar sobre el capó de un coche al sol, por cierto. Nada interesante en la televisión. Verano y a esas horas… era de esperar. Una frase me hizo echar el ancla en un canal y dejar el mando a un lado: “El calor te ha vuelto insoportable”, le decía una Liz Taylor espectacular a un atractivísimo Paul Newman, enfrascados en una discusión memorable de una de las muchas secuencias para el recuerdo que reúne ‘La gata sobre el tejado de zinc’, que así se llama la película que me puse a ver. Maggie, puro fuego; Brick, puro hielo. Entre ambos, rencor, frustración, reproches. Y mucho más. La tensión que existe en esta pareja en caída libre va in crescendo a lo largo de la película, en la que las mentiras, las apariencias, los intereses ocultos, los problemas no resueltos generan una atmósfera irrespirable. En comparación con la caló que impregnaba esta historia, lo mío era una chuminá. Y así, de la mano de este obrón de Tennessee Williams llevado a la gran pantalla magistralmente por Richard Brooks, fue cómo logré el refresco ansiado. La literatura –buena- y el cine –bueno también- de nuevo saliendo en auxilio. Remedios recomendables, sin duda, para esas noches que arden.

“El calor te ha vuelto insoportable”, le decía una Liz Taylor espectacular a un atractivísimo Paul Newman, enfrascados en una discusión memorable

“El calor te ha vuelto insoportable”, le decía una Liz Taylor espectacular a un atractivísimo Paul Newman, enfrascados en una discusión memorable

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Artículo publicado en Wadi As en su edición del 27 de junio de 2015

Escribo estas líneas con mi perra Mati en mi regazo. No es cosa sencilla teclear mientras sostengo una bulldog de trece kilos sobre mis piernas, pero ambas salimos beneficiadas de tenernos cerca en este preciso –y precioso- momento. Yo, porque acariciar su lomo me relaja y estar descansada mentalmente me ayuda a poner en orden las ideas que hoy quiero compartir. Ella, porque anda tristona y, cuando esto pasa, lo que mejor le sienta es recibir cariño extra. Sí, los perros también se deprimen. Y es que son muy como nosotros, al menos en cuanto a esto de las emociones. Y digo más, son en muchas ocasiones dignos maestros de los que mucho se aprende. Los que tenemos perros bien sabemos que estos cuatro patas son mejores que muchos bípedos que se hacen llamar personas. De nobleza, lealtad y falta de rencor están sobrados. Pisadles por error el rabo, que no os echarán la boca. Ponedles mala cara tras alguna de sus trastadas, que más pronto que tarde sus ojos se tornarán brillantes, como a punto de  llorar. Tardad en regresar a casa que, lejos de pediros cuentas y reprocharos vuestra larga ausencia, os harán un recibimiento de categoría, como si no os hubieran visto en años.

Cuán intenso es el vínculo que nos une a ellos. Tal, que es lógico y normal que nos horrorice leer noticias como la que nos llega desde el sur de China, donde no encuentran mejor manera de festejar la entrada del verano que comiendo carne de perro hasta hartarse. Por lo visto son tantísimos los ejemplares que se zampan, que las granjas donde los crían no son suficientes y recurren incluso a sacrificar perros callejeros o secuestrar aquellos que viven con familias. Se me antoja verdad que se llevan a mi Matildilla o a mi Yoda, mi otro perro, un carlino donjuán sin parangón entre los de su raza. Las imágenes que acompañan el texto son espeluznantes. Sobrecoge una en especial en la que se ven perros despellejados apilados junto a grandes calderos. No puedo evitar abrazar fuerte a mi perrilla. Ella, encantada con el mimo recibido, se me apega aún más, vuelve la cabecita y me mira como diciendo, “qué estará pensando ésta que me achucha con tanto afán”. Pobre… mejor que no lo sepa, mejor que viva feliz en la ignorancia. Pero esto, que causa estupor sea uno mascotero o no, no ha sido lo único recogido en la prensa semanal que ha desatado mi fervor protector para con los perros. Resulta que hay quien ha intentado ahogar unos cachorros en alquitrán. Resulta que hay quien ha transportado heroína en perritos. Y resulta –este es el “resulta” más inquietante, porque es el más generalizado- que tanto perreras municipales como asociaciones están desbordadas por el aumento de abandonos de mascotas y por el parón que han sufrido las adopciones de esos animales, debido a la crisis.

Si queremos que este asunto deje de ser tema recurrente en las páginas de verano, pues es la estación estival una de las épocas del año en que más mascotas son abandonadas, los que somos perreros y/o gateros podemos ser de gran ayuda, por ejemplo, disuadiendo a aquellos amigos y conocidos que dicen van a comprarse o a regalar un perrico o un gatico pero que no lo tienen muy claro. Nos basta con mirar a nuestras mascotas a los ojos para esgrimir ese “ellos no lo harían” definitivo con el que terminar de convencer a los indecisos de que aborten su plan, de que van a tomar una decisión de la que seguro se arrepentirían en un futuro, y explicarles bien claro que, pasado el entusiasmo inicial, llega el día a día y éste no es siempre sencillo. Un perro no es un peluche. Precisa unos cuidados y comporta unas responsabilidades. Tener mascota condiciona la elección del destino de vacaciones y hasta de los muebles del salón, supone un gasto considerable en veterinarios y productos especializados y altera el ritmo y funcionamiento de la casa –en esto entra lo de los paseos diarios a los perros-. Quienes ejercemos como mascoteros practicantes, que nos ponemos más fácilmente en la piel de nuestros pequeños peludos, bien podemos hacer campaña por una tenencia responsable.

"Nos basta con mirar a nuestras mascotas a los ojos para esgrimir ese “ellos no lo harían” definitivo con el que terminar de convencer a los indecisos de que aborten su plan"

“Nos basta con mirar a nuestras mascotas a los ojos para esgrimir ese “ellos no lo harían” definitivo con el que terminar de convencer a los indecisos de que aborten su plan”

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Publicado en Wadi As en su edición del 15 de agosto de 2014

 

Es verano y hace calor ¡y qué le hacemos! Tanto quejarse y quejarse cuando lo normal es que ahora haga foscazo. Pues eso, que antaño no había tanta cosa como ahora -que si el ventilador, el aire acondicionado, el agua pulverizada en terrazas de bares…- y la gente soportaba el calorín y san-se-acabó. Igual hasta nos conviene tomar nota de lo que se ha venido haciendo, por si con ello podemos ahorrar dineros.

Algunos de estos consejos de-toda-la-vida se siguen actualmente, caso de lo de ir de mandaos a primera hora, lo de tener a mano un abanico, lo de llevar ropa ligera –míticas baberonas que vestían las mujeres, en progresivo desuso-, lo de abrir temprano las ventanas de toa la casa  pa’ventilar bien y cerrarlas y bajar las persianas como mu tarde a las once y no volver a subirlas hasta las ocho como poco -esa imagen de la casa a oscuras está íntimamente unida al recuerdo de las historias del Bute y el Mantequero que las abuelas contaban pa’hacer echar la siesta a los nietos-. Aún se dejan ver por fuera de las puertas de muchas casas cortinas de tiras de plástico, que permiten tener la puerta abierta pa’que pueda haber corriente con otras puertas/ ventanas abiertas, dan oscuridad y fresquito, también intimidad e impiden que entren bichos.

Si bien hoy se opta por las duchas de agua fría cuando el calor es insoportable, antes, que lo del baño era un privilegio, los críos buscaban remedio metiendo los pies con las sandalicas y to y las piernecillas en caños y en abrevaderos de ganao y los mayores se pasaban paños empapaos en agua fresca por la cara, la nuca y los brazos.

Pa’evitar la deshidratación, frente al sinfín de bebidas y helados hoy a nuestro alcance y que almacenamos en frigoríficos y neveras, hasta no hace mucho los niños hacían polos echando gaseosa o leche en las cubiteras y poniendo palillos en cada hueco. Además, antes en toda casa se tenía en el sitio más resguardaíco el botijo, que mantenía el agua estupenda, y la fruta se colocaba debajo de las cantareras, y se usaban calabazas vaciadas como cantimploras y parecía que empinándose el porrón, el vino -con o sin sifón- entraba mejor. Ahora somos más de gazpachito triturao, pero el gazpacho de antes era el de segaor, con pepino, aceite, vinagre y sal, en el que los peazos de la hortaliza flotaban en un agua muy fría con cubitos. Por cierto, que las cáscaras del pepino se las ponían luego en la frente pa’calmar el bochorno.

Pa’refrescar el ambiente, cuando caía el sol regaban las puertas de las casas y por la noche sacaban sillas de enea y hacían tertulia con los vecinos hasta las tantas. Y, por supuesto, hay que hablar de las meriendas de domingos y festivos en alameas, barrancos, a pie de riachuelo, donde era común ver sandías, melones y bebidas dejándose enfriar en la orilla del arroyo o en la “tejea” del manantial/nacimiento.

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Publicado en Wadi As en su edición del 8 de agosto de 2014

 

En verano hacemos vida noctámbula. La calor nos obliga a deambular a la luz de la luna limosneando alivio pal foscazo sufrido y a dejar para entonces la mayor parte de nuestra actividad social que, con Don Lorenzo triunfando radiante, resulta inviable. El parlanchineo con la vecina, el pastoreo de los críos en los columpios, la tapilla con los colegas, la vueltecica anti-entumecimiento, la búsqueda, en definitiva, de ese airearse un poquito, se posterga hasta que el sol da el jornal por ganao.

Aunque lo bueno de las noches de verano de Guadix es que, por lo general, son fresquitas en comparación con los mercurios diurnos, no es menos cierto que hay noches en las que no corre una miaja aire. Éstas sí que son noches de verano por antonomasia. Pegajosas, pesadas, desesperantes. Noches en las que nos sobra la ropa, nos sobra hasta la piel. Noches en las que ni las duchas frías ni las sábanas más ligeras ni la cabezá en la hamaca playera en el balcón consiguen traernos el descanso anhelado máxime si toca trabajar.

Me sitúo en estas noches porque es en este tipo de noches cuando es más fácil escuchar una serie de sonidos que, de no ser por esta vigilia motivada por las altas temperaturas, pasarían absolutamente inadvertidos. Estando ya ubicados, por tanto, en estas noches de superverano, pongamos pues oído a lo que ocurre. Estas noches suenan distintas. El hecho de estar despiertos a tan intempestivas horas de la madrugada y, además, pasarlas que si en el balcón, en la terraza, en la puerta de la casa, en contextos todos impropios de nuestra rutina, nos lleva a aguzar los sentidos, manque nos pese, manque no nos queden fuerzas para ello, de manera que estamos más receptivos, aunque el cansancio acumulado nos impide recibir nítidos esos sonidos de ahí afuera, que nos llegan más bien matizados, amortiguados: murmullos de los que pasan, sus pasos alejándose, lejano brun-brun de una moto que pareciera jugar a imitar el zumbido de un moscardón, motor en marcha del camión de la basura, que carga la mercancía que el vecindario ansía quiten de en medio por el hedor que los desperdicios desprenden en especial cuando aprieta el calor, motor del camión que va regando las calles para aplacar ese fuego de asfalto, motores remotos que se oyen de por la vega, que la mente relaciona con esas grandes máquinas cosechadoras, pero que probablemente no sean más que de los coches que suben/bajan a/de la estación o los que van/vienen pa/de Benalúa, de la autovía. Noches en las que empezamos a conocer al vecino por sus ronquidos. Noches en las que aprendemos a distinguir a los vecinos y a clasificarlos por quién ronca más fuerte. “Bien podrían formar un coro”, pensamos, pues suenan hasta armónicos, acompasados. Comparsa de noches en vela. Se le suman maullidos y ladridos y todo retumba en nuestra cabeza. Oído sensible el nuestro… de más, en estas noches llenas, rellenas de sonidos, inmisericordes noches de verano.

 

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