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Sobre la violencia

 

Cuatro balazos por una fina cadena de oro. Se la cargaron recién regresada de Estados Unidos, donde fue a visitar a un pariente, simplemente para robarle el collar. Conforme iba avanzando en el relato de cómo una vecina suya de República Dominicana había perdido la vida, se iba sujetando cada vez con más fuerza la barriga en la que guarda a su segundo hijo, que en breve verá la luz, queriendo acaso proteger con sus manos cualquier cosa mala que pudiera hacerle daño, como esta historia siniestra del siniestro trueque –balas por cadena-  que me contaba mi amiga caribeña de Berlín.  “Y esto es normal allí, en mi país”, apuntillaba. Y yo digo que cuando vale tan poquito una persona como para que tan a la ligera alguien decida mandarla para el otro barrio, cuando la violencia campea a sus anchas por las calles, cuando pastorea a voluntad es porque está ya muy afincada. Esta manifestación de lo violento ciertamente es muy extrema y hay un mayor riesgo de padecerla con esta intensidad en contextos de gran inestabilidad económica, debilidad de las instituciones y de falta de instrucción en la población, como ocurre allá. Sin embargo, esa facilidad con la que aflora no es un rasgo exclusivo de esa sociedad en concreto. Pensemos por un momento en nuestro entorno, en cómo son nuestras relaciones en familia, con los amigos, en el trabajo. Reparemos en lo que escuchamos que dicen por ahí, en lo que vemos por televisión. La violencia no está sólo en el hecho de que un país le haga la guerra a otro. No está sólo en los asesinatos de los que dan parte en las noticias. Está en los “piropos” que los políticos se dedican, está en los cruces de declaraciones de los entrenadores de equipos rivales, está en el insolente bombardeo de publicidad que engullimos mientras rematamos el potaje. Todo suma y todo se asienta muy adentro en nosotros, animándonos al fin a participar de un ambiente en permanente encrespamiento donde somos nosotros mismos, de manera inconsciente, los que echamos gasolina al fuego. Si tanto nos llenamos la boca con proclamas pacifistas, debemos tener en cuenta que abanderar la no violencia no es sólo tocar con la guitarra al estilo monjil el “Imagine” de John Lennon mientras otros pintan cañones y tanques con floripondios y máscaras de gas tachadas por aspas rojas, sino parar la conversación cuando el tono de la misma esté llevando al límite nuestras cuerdas vocales, o cuando el número de insultos supere por goleada al resto de palabras, o cuando el resentimiento, el resquemor avance por dentro nuestra turbando nuestras propuestas, quemándonos los sesos. No podremos abanderar con suficiente empuje esas grandes causas internacionales emprendidas en nombre de la paz, si no desterramos la violencia de los actos más intrascendentales y cotidianos de nuestro día a día. Hay que extirparla de raíz. Porque si se la deja crecer, llega a ese triste canje de una vida por una maldita cadenita de oro.

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