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Posts Tagged ‘Virgen de las Angustias’

La devoción de los accitanos por su patrona la Virgen de las Angustias se traduce en imágenes, sonidos, hábitos casi, casi invariables de un año para otro. La fidelidad con la que siguen los distintos actos que tienen como centro el fervor por esta advocación y, sobre todo, que lo profese tamaña cantidad de gente, la convierten en una de las tradiciones más consolidadas de Guadix.

La fe que mueva o deje de mover el cariño a la Virgen de las Angustias en los corazones de sus devotos es algo que compete a cada cual y por la que cada cual debe responder, pero tanto los que tiran más de teología como los que tiran más de costumbre en sus manifestaciones públicas de adhesión a esta causa mariana, marcan en rojo en el calendario la semana de noviembre en la que tienen lugar los cultos centrales, que arrancan con la bajada en rosario de la aurora de la imagen desde su templo hasta la Catedral, donde se le dice la septena, y que culminan con la misa pontifical y la procesión de la patrona por las calles de la ciudad hasta regresar a su iglesia.

Tan presente está en el día a día del accitano medio, ese que se pone al cuello una medallita, que cuelga en su negocio un cuadro con la imagen o que nombra a su hija como la virgencica a la que implora protección, que no hay distancia física ni desapego emocional que pueda impedir que, al menos durante un momentillo por estas fechas, y lo quiera uno o no, se acuerde de esta, aquella cosa: que si del estruendoso cueterío del día de la procesión, que si de los pétalos lloviendo desde balcones al paso de la Virgen, que si de la copla que le dedica la tuna.

Pero además de imágenes –como la del reguero de lucecitas de las velas de quienes engrosan las interminables filas de la procesión-, sonidos –como el del rezo con megáfono en el rosario de la aurora- y hábitos –como el de estrenar el abrigo de temporada el día grande- que, como decía al inicio, se mantienen casi, casi tal cual a través de los años, la devoción por la Virgen de las Angustias y lo fuertemente arraigada que está en el sentir accitano se muestra en las muchas historias que se oyen en el pueblo y en las que está presente la patrona guadijeña y que surgen de la experiencia  de vivir la fe cristiana teniéndola como intercesora.

Hoy voy a compartir una de estas historias, menuda no por su insignificancia, sino porque pequeña es su protagonista. Quien me la ha contado –y quien lo ha hecho merece toda mi confianza- asegura que es totalmente verídica.

A principios del siglo XX había un cabrero de las Cuevas que solía pasarse a hacer la visita a la Virgen cuando recogía sus cabrillas después de la jornada de trabajo. Su hija, de unos seis años, le acompañaba. Aunque al cabrero le bastaba con ver a la Virgen a través de los ventanales y rezarle desde fuera del templo, la niña se metía en la iglesia, se acercaba a la imagen, la miraba y se ponía a bailar delante de ella. Hacía su zapateado y se iba. Y así un día tras otro.

Entonces a las monjas del convento adyacente les llegó una queja por la actitud de la zagalilla. Un día se le acercó una monja y le dijo: “Mira, bonica, tú cuando vengas aquí, te sientas en un banco, ves y le rezas a la Virgen, pero aquí no bailes”.

Al día siguiente, llegó la chiquilla e hizo lo que le habían dicho y en esto que empezó a llorar muy amargamente. Una monja que estaba por allí le preguntó el motivo de su berrinche, a lo que le respondió: “No me dejan que baile y, cuando yo bailo, la Virgen se ríe y hoy, como no bailo, no hace más que llorar”.

Esto llegó a oídos del obispo, quien llamó a la madre superiora, le pidió explicaciones y le acabó diciendo: “Pues hagan ustedes el favor de dejar a la niña que baile, porque así es como se comunica con la Virgen y ustedes no se lo prohíban, que eso va a dejar de hacerlo en el momento en el que lo más hermoso que tenemos todos, que es la inocencia, la pierda, y ya no habrá necesidad de decirle que no baile, porque no lo hará. Y si le ríe o le llora la Virgen, eso lo sabrá ella y la Virgen. A la niña dejadla que baile”.

Al tiempo, dejaron de ver a la niña que bailase o que fuese, porque ya se había puesto grande.

 

niña_baila

 

Publicado en Wadi As Información en su edición del 7 de noviembre de 2015

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Publicado en Wadi As en su edición del 9 de noviembre de 2012

 

Gusta escuchar que se acuerdan de uno. Cuando uno está tan lejicos de donde se crió, todo saludo que desde allí se dedique a los que estamos desperdigaos por esos mundos de Dios, cae como agüica de mayo en el alma emigrada, siempre dispuesta a emprender el viaje de vuelta, aunque sea éste un retorno breve y fugaz que transcurre tan sólo en la imaginación de cada cual. De ahí que resultaran ciertamente conmovedoras las palabras que el otro día, durante la retransmisión de la septena y misa en honor de la Virgen de las Angustias, dirigió el cura Amezcua a los accitanos emigrantes que seguimos los actos de la patrona a través de Internet. Dicho sea de paso, en verdad los que vivimos fuera celebramos iniciativas como ésta de emitir eventos señalados a través de la red de redes, pues nos hacen partícipes de lo que allí sucede. Inmejorable manera de hacer pueblo, de hacer comunidad.

 

Volviendo a la dedicatoria de Amezcua, confieso que ésta me invitó a embarcarme en ese viaje por los sentidos y a través del recuerdo que nos queda como recurso nostálgico a los de alma emigrada. Pero no lo hice a los elementos más ostensibles e identificables del festejo patronal, como pueda ser la solemne Misa Pontifical, las galas que luce el personal el día grande o la puesta en la calle de la majestuosa procesión. Por el contrario, acudieron a mi encuentro detalles menores como el frío en la cara al subir hasta San Diego para acompañar al paso de la Virgen en su bajada a la Catedral en el rosario de la aurora; y el murmullo de ese gentío ora rezando, ora comentando lo que se tercie, salpicado por canciones marianas de ésas de toda la vida; y los churros del desayuno de después; y el chasquido de las sillas plegables y el crujido de los viejos bancos en los que la gente se acomoda para la septena; y la luz titilante de las velas ofrecidas a la Virgen; y los exquisitos guisos que mi abuela preparaba para el almuerzo del domingo de la procesión; y la percepción de lo corticos que son los días a estas alturas del año; y cohetes, muchos cohetes, por toda la ciudad; y gente, mucha gente, en las filas, en las aceras, por toda la ciudad; y el silencio en las calles, en las plazas, por toda la ciudad, cuando se cierran las puertas de San Diego, tras lo que Guadix regresa a su habitual mutismo. Éste es mi Guadix de la Virgen de las Angustias. Sentimientos, sonidos, sabores, olores. Es tan personal como la idea de esto que puedas tener tú, que vives en Washington, o tú, residente en Pekín o en Madrid. Es tan mía como vuestros son esos otros álbumes de sensaciones que atesoráis todos vosotros que, como yo, tampoco podéis asistir a esta fiesta tan de Guadix, pero a la que queréis, sin embargo, seguir conectados, como cosa también vuestra que es.

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