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Será que la calor tan grande que está haciendo en Berlín me ha tostao la sesera más de la cuenta y estoy recuperando del pasado algunos fantasmas que creía absolutamente borrados de mi memoria. Hoy he amanecido con la imagen del Coyote Dax y el dichoso bailecito que acompañaba a su canción “No rompas más mi pobre corazón”. ¡Dios santo! Si entonces ya provocaba sonrojo, al reproducir en mi cabeza las muchas veces que la he oído en la radio y que la he visto ejecutar sobre la pista de baile en discotecas y en verbenas, ni os cuento. Algo que ya nació caduco al amparo de ese concepto de por sí caduco de “tecno-country-baladoso”, ha envejecido tremendamente mal.

 

 

Otros ejemplos sonrojantes de esto que hoy os cuento son la “Macarena” de Los del Río -merece post aparte- y el “Aserejé”. De título impronunciable y que incluso fue interpretado por unos pobres chalaos como un canto “satánico”, lo que seguro que muchos no sabéis es que existe una versión, cantada por las mismísimas Ketchup -el nombre del grupo es otra perlaca- en spanglish, y que es precisamente la que comparto con vosotros.

 

 

Que sí, que vale, que puedo aceptar que el hecho de que te den listo el bailecito ayuda a responder a la pregunta bastante recurrente de “¿Y cómo se baila esto?”, además de animar a los y las más vergonzosillos/as a saltar sin pudor al ruedo, pues todo el mundo está ahí dándolo todo, sin fijarse en ésta o aquél. ¿Os acordáis de “Saturday Night”, de Whigfield? Sonaba por los tempranos 90. Yo, en plena adolescencia, me volvía  loca cuando sonaba en alguna fiesta de cumpleaños. Bueno, yo, y todos los que me rodeaban.

 

 

Pero puestos a los bailes gregarios, yo me quedo con mi “Paquito el Chocolatero”, que sigue siendo la estrella indiscutible de todo evento social en España. No he encontrado ningún vídeo de buena calidad que capte esas filas de gentes yendo pa’lante y pa’trás, y arriba y abajo. Os dejo sólo la música. Pero no creo que os cueste mucho meteros en el papel. ¿Quién no lo ha bailado, manque sea una vez en su vida?

 

En pocos días se nos han ido dos míticos de la música. Primero fue Donna Summer. Ayer, Robin Gibb, de los Bee Gees. Los Bee Gees son de esos grupos que escuché por primera vez en los vinilos que mis padres ponían en el tocadiscos de casa. Primero, por tanto, me llegaron sus melodías pastelosas y el sonido suavón de aquellas palabras dichas en un idioma raro que por entonces no conocía y esas voces agudas que, no obstante, lograron entronarlos como los reyes de un “falsete” bastante resultón.  Al tiempo ya asocié a su música sus melenas al viento, sus sonrisas escayoladas -increíble cómo eran capaces de cantar y sonreír a la vez- y sus trajes ceñidísimos de pantalón de campana.

 

Con la muerte de Robin Gibb me ha venido a la mente el ritual que se seguía con los vinilos, que normalmente eran puestos porque había una voluntad expresa de sentarse a escucharlos. Ahora, con los diferentes dispositivos portátiles, ese mágico inmovilismo queda fuera de lugar, al igual que esa atención especial que se prestaba en torno al tocadiscos.  Sí, Robin me ha hecho rescatar, por unos momentos, del olvido aquel tiempo, a ojos de hoy día remotísimo, en el que eso de la música en el teléfono móvil, el home cinema y las tabletas eran pura ciencia ficción. Otros tiempos, claro, pero para mí preciosos, perfectos, preciados.

 

 

Publicado en Wadi As en su edición del 4 de mayo de 2012

 

Me escribe una amiga y me cuenta que no le sale nada. A ella, que tiene estudios universitarios, amplios conocimientos de idiomas y una nutrida experiencia laboral se le resiste, sin embargo, el hallazgo de un nuevo puesto de trabajo. Se le nota desconcertada. Y no es para menos. Ha conducido uno de los programas más seguidos de una cadena autonómica y ahora engrosa el tristemente numeroso ejército de parados de nuestro país. Me explica que no hay movimiento alguno y que, en tanto consigue algo, apura la opción “vuelta a las aulas”.

 

En estos días convulsos oye uno por ahí muchas teorías sobre cómo hemos llegado a esto, esto es, a que hasta los que en principio tienen más posibilidades de estar en activo en el mercado de trabajo, se queden fuera de él. Que si el sistema educativo hace aguas y no se adecua a las exigencias del mundo laboral; que si nuestra economía, basada aún en una fórmula de explotación intensiva de mano de obra, desdeña el peso de la I+D; que si tanta confianza en el ladrillo –no tan tangible y real como se pensaba- hizo ignorar otras opciones de desarrollo; que si con semejante debilidad cualquier pinchazo internacional nos iba a colocar a los pies de los caballos; que si hemos estado viviendo en un espejismo de disfrute ilimitado que tan sólo era pan de hoy y hambre de mañana; que si la falta de cintura de la clase política, perdida en sus luchas partidistas y sus cuotas de poder, ha erosionado la credibilidad en el funcionamiento ordinario de la democracia… por no hablar de las consecuencias sociales y en cada uno de nosotros que ha traído de la mano toda esta palabrería con fondo de verdad.

 

Claro, querida mía, que en este modelo que ha entrado en crisis, es decir, que no responde a lo que se cuece hoy en día, no encaja gente como tú. Pero también hay que pensar que toda crisis obliga a un cambio, dado que lo de ahora no sirve. Como insistía el profesor de redacción de la facultad, cuanto más difíciles estén las cosas, más tenemos que afilar los sentidos, y esperar hasta ver la situación tal y como es. Tenemos, amiga mía, que sacarle punta a nuestros ojos, a lo que nos llega por el oído y el tacto, atentos al sabor que deja el poso de aquello que vivimos y, por supuesto, tener el olfato presto a detectar esas nuevas líneas sobre las que se sustenta el nuevo orden que dará relevo al viejo del que venimos. La incertidumbre mata, la desesperanza remata, pero debemos intentar no dejarnos arrastrar por su destructiva fuerza y, en su lugar, exprimir las neuronas y leer entre líneas por dónde van los tiros. A tan vasta encomienda debemos ahora enfocar la intuición, ésa que nos ha llevado siempre hasta la noticia. Sí, ante nosotros hay un enorme interrogante “¿?” y unos desquiciantes puntos suspensivos, pero también un nuevo futuro, y eso es altamente estimulante.

Publicado en Wadi As en su edición del 11 de mayo de 2012

 

Camino a Face Retama desde Benalúa

 

Y al final uno repara en la importancia de cuidar las raíces como garantía de seguridad ante tanto cambio que sacude nuestro día a día. Y al final uno se ve en la necesidad de apearse del carro de vida loca en el que se ha estado viajando y hacer el camino andando, a ver si con el aire fresco esas ideas que conducen a algo terminan por cuajar. Y al final acaban llegando a nosotros esas ganas de ir más allá de lo que venden los anuncios, de lo que prometen en televisión, de lo que aporta placer momentáneo, llenándonos de preguntas que reclaman un único sentimiento: fe. Y al final va a resultar que, al final del final, nos queda como referente San Torcuato, nuestro patrón, cuyo rastro se pierde en los mismísimos orígenes de Guadix como ciudad; cuyo nombre forma parte del grupo de los llamados “Varones Apostólicos” (pioneros en la evangelización hispánica); cuya encomienda le costó la vida en el paraje de Face Retama, destino de romerías sin carrozas engalanadas, sin abarrotamientos de gente, sin vestuario de postín, en las que, sin embargo, uno, si quiere, si lo busca, puede llegar a conclusiones tan profundas como éstas.

 

Face Retama. Vista de la ermitilla desde la vieja hospedería

 

Si estáis en Guadix este fin de semana, los que os sentís cristianos y además mu de Guadix no podéis dejar de participar en la peregrinación hasta este lugar santo. Es mucho y muy intenso lo que se vive en el camino. En el camino se comparten tentempiés y silencios. A los llanos le suceden repechos, y luego vienen llanos, y luego… apetece hablar, pero también escuchar el sonido de los matojos de aromáticas mecidos por el viento. Lo mismo uno elige perder su mirada en el amplio cielo que se abre sobre uno, que hundirla en la tierra y las piedras del sendero.

 

Peregrinos camino de Face Retama

 

 

Se alternan los comentarios sobre el transcurso de un partido de fútbol con el rezo de un padrenuestro, que sale así, sin querer. La normalidad se da cita en esta experiencia del camino a Face Retama, meta que se alcanza no sin cierta fatiga. Pero ahí no acaba el asunto.

 

La misa en la ermitilla se oficia en esa misma sencillez -lo que ayuda a centrarse en lo que hay que centrarse- y bajo la misma voluntad de compartir -…sitio escaso en los banquitos, cánticos improvisados,…-, que sigue respirándose después, en la procesión con una imagen pequeñita del santo sobre unas andas mínimas, en la que los peregrinos encienden la noche portando antorchas. El fuego que limpia y purifica, presente en otra fiesta mu de Guadix, como es San Antón, no falta tampoco aquí.

 

Procesión de las antorchas. Face Retama 2011

 

Y aquí tengo que detener mis palabras, porque ya no sirven para expresar lo que allí pasa. Recuerdos de infancia, reencuentro con amigos, caras conocidas, dichos añejos accitanos que, de repente, vuelves a oír en la boca de alguien… y tierra y cielo, y camino y fe. Y, al final, San Torcuato, al que tanto le debemos en Guadix, como pueblo y como cristianos.

Publicado en Wadi As en su edición del 27 de abril de 2012

 

Os invito hoy a reparar no en los árboles y setos más o menos cuidados de los parques y plazas de la ciudad o de los jardines de las casas. Fijaos más bien en esos arbolicos y en esas florecillas que crecen por doquier, en cualquier sitio, como pueda ser en un descampao o en medio de una escombrera o en la cuneta yerma de una carretera e incluso en una zona de obras. Estos, a diferencia de los del primer grupo, llamados a deleitar con sus formas, sus frutos y sus olores nuestros sentidos, por el contrario apenas conseguirán acaparar la atención de nadie. Pese a estar condenados al anonimato, a no gozar de reconocimiento alguno, no por eso ellos dejan de sacar sus yemas preñadas de flores ni renuncian a que esas flores los llenen del mismo colorido a como lo hacen los otros, destinados a ser admirados.

 

¿De dónde penden estas lamparitas de luz amarilla?

 

Asombra la fuerza que tiene la naturaleza de irrumpir en plenitud allá donde puede y emociona ese vigor fascinante con el que la belleza encuentra un hueco por donde aflorar y esto solo se comprende bien de la mano de esas flores silvestres, esos árboles clandestinos, elementos que no forman parte de un armónico paisaje, que no cuentan con parterre ni con sistema de riego ni con los desvelos de ningún jardinero ni con unos ojos que los observen y los hagan cuadro ni con una voz que los recite y que los convierta en una canción.

 

También luce hermoso en primavera un árbol nacido en una zona de obras

 

 

Pese a la insignificancia de su existencia están ahí, radiantes, cargados de vida y de capullos florecidos, tiñendo de belleza parajes grises y destartalados. Precioso mensaje el que nos llega hoy a través de esta historia.

 

Aunque brotó en la acera sin pedir permiso, ¿quién se atreve a cuestionar su belleza?

 

La crisis, esa bestia negra de cien cabezas y largos tentáculos que pudre todo lo que toca, no sólo somete nuestro bolsillo, sino también nuestra moral. Nos mantiene sobre un tablero de juego en el que las viejas reglas no funcionan. Y ahí llega la ansiedad que nos come por no saber cómo afrontar esas situaciones que nos ponen al límite de nuestros recursos. No es sólo la pérdida del trabajo, o de la pareja, o de la custodia del hijo, o de la casa, o del nivel de vida anterior. Es la pérdida de un norte, del sentido de nuestros pasos. Es la pérdida de la confianza en un “Otro” que no nos vaya a pisotear. Es la pérdida de la conciencia de que no podemos perfilar el futuro sin contar con ese “Otro” y sin recordar lo que somos, parte de esa naturaleza que tiene ese impulso innato hacia lo bello, hacia lo bien hecho, y que no entiende de árboles y matorrales y flores de primera o de segunda categoría, sino sólo de que viene la primavera y la vida tiene que abrirse camino sin excusas.

Publicado en Wadi As en su edición del 20 de abril de 2012

 

Tómense, mis queridos paisanos, este relato no como muestra del “todo vale” que rige hoy día cualquier tema, sino más bien como signo de la grandeza de las pequeñas, sencillas cosas que suceden a nuestro alrededor y que encierran, sin embargo, un rico e inmenso “esto y todo lo contrario”. El que algo pueda ser blanco y negro a la vez, que pueda reunir en sí la esencia de tan antagónicas posiciones, no pretendo venga a encrespar las ya turbulentas aguas en las que navegamos en estos tiempos modernos, donde la regla es que no hay reglas. No voy por ahí, sino más bien al encuentro de esa vida corriente que nos empeñamos en adornar con problemas prefabricados para darle un toque de sofisticación. Ese juego que nos entretiene de “buenos” (los míos) vs. “malos” (esos/aquellos), simplón y todo lo que queráis, pero muy arraigado en nuestra manera de juzgar lo que nos pasa, no se debería en verdad poder aplicar casi nunca porque, si nos paramos a pensar, hasta la más nimia situación, la más intrascendente vivencia es difícil de definir con una única palabra, bajo un mismo cartelito.

 

Como ejemplo, sirva lo que me encontré el otro día de camino al veterinario. Cuando paseo con los perros, voy más pendiente del suelo que de otro asunto, por lo que me fue relativamente fácil detectar una extraña presencia en el aspecto habitual de la acera berlinesa: en cacas de perro secas alguien había hincado banderitas, cada cual con un mensaje distinto escrito a mano y siguiendo un diseño diferente, pero todas con la sola intención de denunciar la desidia de algunos dueños para con los excrementos de sus mascotas. ¿Tendríamos que reconocerle al autor el mérito de expresar su queja de una forma creativa? ¿O debería preocuparnos el hecho de que haya personas con tanto tiempo libre como para reparar en si en los parterres han defecado perros o no? Pues no lo sé, porque me lleva a la vez hacia ambos planteamientos.

 

Uno de los carteles reivindicativos. "Berlin, Kack Stadt" ("Berlín, ciudad de caca")

 

 

Tampoco tengo claro si ruborizarme y/o si acaso sentir ternura y/o tal vez ir barajando cambiar de distrito por miedo a una inminente cadena de asesinatos, ante la experiencia a pie de calle que ahora os cuento. Estaba paseando por el barrio, cuando no pude sino frenar en seco para contemplar con detenimiento la decoración de un jardín. ¿Que por qué me sorprendió, cuando otros tantos también estaban engalanados, como es típico en época de Pascua? La pregunta es más bien: ¿cómo evitar no fijarse? No sólo era por las recargadas casitas para pájaros que bordeaban la superficie de césped disponible o por la barbaridad de figuras, de todo tipo y tamaño, que atiborraban tan limitado espacio, sino por la organización de todos estos elementos: delante de una especie de pesebre de madera lleno de peluches, había otros tantos alineados mirando al frente, junto a más muñecos y estatuillas cerámicas. ¿Entrañable o diabólico? ¿Y por qué no las dos cosas? Berlín, Berlín, ¡cuánto aprendo de ti!

 

Jardín adornado con motivo de la Pascua

 

Publicado en Wadi As en su edición del 13 de abril de 2012

 

Definitivamente aquí el personal está hecho de otra pasta y aguanta el ritmo vertiginoso que el tiempo gasta por estos lares. Conclusión: que una, nacida bajo un sol que alumbra aconteceres cocidos poco a poco, se siente de continuo fuera de juego. Porque aquí en Berlín no sólo aprendo al día una cantidad determinada de palabras en este idioma tan bonico, sino a moverme bajo unas coordenadas raras y ajenas a mi GPS personal, del cual preciso en todo momento que me recalcule ruta. Esto es, el marco que yo traía de fábrica, el bagaje adquirido durante mis treintaypocos no me sirve para afrontar lo nuevo que sucede, y a qué velocidades. La adaptación al medio no me está resultando, verdaderamente, tan progresiva y paulatina como se habría deseado –no seamos ilusos, una cosa es lo que uno se figura y otra distinta lo que pasa-. Pero esto, que hasta hace poco me generaba cierto agobio, me confiere de alguna manera una categoría de observador en tierra de nadie, como un bichejo en su fase intermedia de metamorfosis, ni de allí donde pertenecí ni de aquí donde no acabo de instalarme. Así que prefiero vivir en esta posición predispuesta a la sorpresa que a residir en la angustia de la nostalgia o el desarraigo. Mero mecanismo de supervivencia. Y, desde esta perspectiva, es desde la que afirmo que es propio de aquí, al menos de los berlineses, al menos de aquellos con los que he tenido la oportunidad de interaccionar en mi año y medio de estancia en la capital alemana, quedar siempre por delante de uno.

 

Este modus operandi, que yo enmarco en ese desenfreno en el que se vive, se puede aplicar casi a cualquier contexto: ahí están, acelerando el paso en el portal para llegar antes que tú al ascensor, cogerlo y no tener que compartir viaje contigo; o corriendo por los pasillos del super para alcanzar la caja antes que tú; o no respetando la cola para subir al autobús o entrar en el vagón del metro por delante de ti, pese a que ya llevabas un buen rato más que él/ella esperando; o sobreactuando mientras se está en clase de gimnasia, con ejecuciones perfectas e ininterrumpidas de los ejercicios; o extremando las sonrisas en días soleados y las caras largas en los nublados. Sea como fuere, tienen la gran habilidad de quedar ellos en una situación ventajosa respecto a ti. No es cuestión de echarle jeta al asunto y de ponerse a dar pisotones y codazos a cascoporro, sino más bien de asumir que aquí los modales, incluso ante las más nimias situaciones de la vida diaria, están subyugados al pulso tiránico del tiempo. El que no corre, vuela. ¡Claro!,  ¿qué se puede esperar de un sitio en el que los trenes y autobuses parten en un minuto concreto, pese a que no se haya completado el pasaje? Berlín no sólo significa para mí museos, parques, restaurantes exóticos: está siendo, sin duda,  una trepidante experiencia.

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